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Chile a 30 años - 11 de septiembre de 1973

Actividades y programas en torno a la memoria de los 30 años del 11 de septiembre de 1973


Här finner du information, för 30 ars minne i Stockholms av 11 september 1973 i Chile september 2003.

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Conexión brasileña en el golpe de Chile

El ex embajador estadounidense en Chile Edward Korry declaró en 1977 ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano que tenía "motivos para creer que los brasileños aconsejaron a los militares chilenos". Poco después, agregó: "El apoyo técnico y sicológico del golpe chileno provino del gobierno de Brasil". En 1985, otro ex embajador norteamericano en Chile, Nathaniel Davis, afirmó en su libro "Los últimos dos años de Salvador Allende" que "la conexión brasileña ha sido confirmada por muchas fuentes". En julio de 2001 el alcalde de Río de Janeiro, César Maia, que vivía exiliado en Chile durante la UP, denunció que el levantamiento chileno terminó de fraguarse en una recepción en la embajada de Brasil en Santiago el 7 de septiembre, durante las celebraciones del día patrio brasileño.

Pese a tres décadas de conjeturas y rumores, hasta ahora no se había logrado comprobar la llamada "conexión brasileña". El único hecho indiscutible era la natural cercanía que sentían los uniformados chilenos con el gobierno militar brasileño y la rapidez con que el embajador en Santiago, Antonio Cámara Canto, reconoció al nuevo régimen (ver recuadro). Sin embargo, al cumplirse 30 años del golpe, La Tercera ha accedido a uno de los episodios más desconocidos del 11, que involucra a Brasil en una gestión clave realizada pocos días antes.

El origen de la misión

A finales de agosto de 1973 un emisario civil del almirante José Toribio Merino tomó un avión con destino a Sao Paulo. Camuflado bajo la excusa de un viaje de negocios, este hombre -que pidió mantener su nombre en reserva- llevaba una misión secreta. De su gestión dependía en gran parte la decisión de lanzar el levantamiento militar. El exitoso viaje de este ex oficial de la Marina -que llegaría a ocupar un alto cargo en los inicios del régimen militar- terminó por dar luz verde al golpe.

Poco menos de un mes antes del 11, el tema que más desvelaba a los militares conjurados era el temor de que las FF.AA. se quebraran durante el levantamiento. Si bien Merino sabía que en la Marina y la Fach había total consenso para derrocar a Allende, no tenían igual certeza del Ejército.

La turbulenta salida del comandante en jefe de la Fach, César Ruiz Danyau, el 20 de agosto, les había dado una muestra concreta de lo que podía suceder. Cuando el general Ruiz se negó a renunciar a la Comandancia en Jefe -como le había pedido Allende- y se acuarteló en la base aérea de El Bosque, el titular del Ejército, Carlos Prats, ordenó movilizar varias unidades por si la Fach se rebelaba.

Si el día del golpe el Ejército llegaba a dividirse entre leales y rebeldes, la batalla se extendería. Y en ese escenario, los uniformados temían que interviniera un actor peligroso: Perú.

Gobernado por el general de izquierda Juan Velasco Alvarado (1968-1975), en 1973 no era descabellado pensar que Perú avanzara hacia el sur de la Línea de la Concordia si en Chile había guerra civil. En 1977 se cumplirían 100 años de la derrota peruana en la Guerra del Pacífico. El proyecto de Alvarado era recuperar la "provincia cautiva", y para ello se había rearmado aceleradamente comprando cientos de millones de dólares de material bélico soviético.

El almirante Merino necesitaba alejar el fantasma de un ataque peruano antes de iniciar las acciones contra Allende. Y en busca de una respuesta, envió a su emisario a Brasil. Con uno de los mejores servicios de inteligencia del continente, los militares brasileños -históricamente cercanos de Chile- podían responder la duda.

Interrogatorio en Brasilia

En la última semana de agosto el emisario de la Marina tomó un avión a Sao Paulo. Llevaba el nombre de un contacto que le había dado Merino. Una vez allá, ese nexo le entregó una escueta orden: "Viaje a Brasilia, alójese en tal hotel y espere que lo contacten".

Un día después, el chileno recibió en el hotel un recado con la dirección a la cual debía dirigirse. Allí fue conducido a una sala donde, encandilado y sin poder ver a las personas que estaban en frente de él, fue interrogado sobre su vida personal, su familia y negocios. Cuando terminaron de chequear la identidad del visitante, éste explicó la urgencia de los militares chilenos por saber los planes peruanos.

-Ya sabemos por qué está usted acá, le respondieron. "Vuelva al hotel, no salga a ninguna parte y espere una respuesta", agregaron.

Varias horas después el hombre de Merino recibió un llamado. "No deben preocuparse. Perú no va a ir", le dijeron, exigiéndole que volviera inmediatamente a Chile.

Menos de 48 horas después, Merino recibió personalmente la información de los servicios de inteligencia brasileños. Y el día del golpe no hubo ningún movimiento en la frontera.

Al atardecer del 11 de septiembre, cuando ya Santiago estaba bajo control militar, Pinochet, Merino, Leigh y Mendoza se reunieron en la Escuela Militar para jurar como miembros de la Junta de Gobierno. Hasta allí llegó el representante del primer país que reconocería al nuevo gobierno. Era el embajador brasileño, Antonio de Cámara Canto.

Vuelta de mano

Cuatro o cinco días después del golpe, el personero que había viajado a Brasilia se aprestaba a asumir un alto cargo en el gobierno militar, cuando recibió una llamada telefónica. Su interlocutor hablaba con un fuerte acento germánico y se presentó con un nombre alemán. Al decirle el chileno que, lamentablemente, no recordaba su nombre, el desconocido le respondió: "Estuvimos conversando hace poco en Brasilia. Yo le hice un favor; ahora necesito que usted me haga otro. Debo hablar urgente con usted".

El hombre que había interrogado al emisario de Merino estaba en Santiago. Era un general brasileño, que dominaba varios idiomas y que se hacía llamar Castro, era el número dos de la agencia del Servicio Nacional de Información (SIN) de su país. Reunidos en el Hotel Carrera, el visitante le explicó que el gobierno de la UP había acogido a muchos exiliados brasileños de izquierda. Pero dentro de ese contingente había varios hombres infiltrados por los propios aparatos de seguridad brasileños, que actuaban como agentes. Algunos de ellos no se habían reportado desde el 11 de septiembre, por lo que -suponía- estaban detenidos. "Son hombres míos, los tengo que sacar", dijo.

El encuentro terminó amablemente. El general Castro fue puesto en contacto con un alto uniformado chileno para que lo ayudara en su búsqueda. Al despedirse, el militar brasileño le dio otra noticia. "Me han dicho que su gobierno ha pedido un préstamo urgente a mi país. Le tengo buenas noticias: se le aprobó un crédito de US$ 100 millones".

Efectivamente, según contaría Merino en una entrevista en 1992, el primer dinero fresco que llegó a Chile después del golpe fueron cien millones de dólares, desde Brasil. "Teníamos dos problemas graves en septiembre: los sueldos de fin de mes y la falta de harina en el país", relató el almirante. "Entonces el embajador de Brasil, que tenía un pariente que trabajaba en el Banco de Sao Paulo, entró en comunicación con él y ajustó la posibilidad de ingresar un préstamo que se cerró en US $100 millones".

Según relatan hombres cercanos al almirante Merino, la visita del general Castro también tuvo un aspecto más público. Al enterarse la Marina de su presencia en el país, fue el expositor en una conferencia sobre seguridad que se realizó en la Academia de Guerra de la Armada.

Un mes después, en octubre, un cable de inteligencia de la CIA fue despachado desde Santiago a Washington. "Prisioneros brasileños recientemente liberados del Estadio Nacional han relatado que mientras estuvieron detenidos fueron interrogados por individuos que hablaban fluidamente el portugués, por lo que suponen que eran oficiales de la inteligencia brasileña", informaba el despacho, actualmente desclasificado. Habían comenzado las versiones de que Brasil también entregó asesoría en interrogatorios y técnicas de tortura a los militares chilenos en los inicios del régimen militar.


 

 


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