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Conexión brasileña en el golpe
de Chile
El ex embajador
estadounidense en Chile Edward Korry declaró
en 1977 ante el Comité de Relaciones
Exteriores del Senado norteamericano que tenía
"motivos para creer que los brasileños
aconsejaron a los militares chilenos".
Poco después, agregó: "El
apoyo técnico y sicológico del
golpe chileno provino del gobierno de Brasil".
En 1985, otro ex embajador norteamericano en
Chile, Nathaniel Davis, afirmó en su
libro "Los últimos dos años
de Salvador Allende" que "la conexión
brasileña ha sido confirmada por muchas
fuentes". En julio de 2001 el alcalde de
Río de Janeiro, César Maia, que
vivía exiliado en Chile durante la UP,
denunció que el levantamiento chileno
terminó de fraguarse en una recepción
en la embajada de Brasil en Santiago el 7 de
septiembre, durante las celebraciones del día
patrio brasileño.
Pese a tres décadas de conjeturas y
rumores, hasta ahora no se había logrado
comprobar la llamada "conexión brasileña".
El único hecho indiscutible era la natural
cercanía que sentían los uniformados
chilenos con el gobierno militar brasileño
y la rapidez con que el embajador en Santiago,
Antonio Cámara Canto, reconoció
al nuevo régimen (ver recuadro). Sin
embargo, al cumplirse 30 años del golpe,
La Tercera ha accedido a uno de los episodios
más desconocidos del 11, que involucra
a Brasil en una gestión clave realizada
pocos días antes.
El origen de la misión
A finales de agosto de 1973 un emisario civil
del almirante José Toribio Merino tomó
un avión con destino a Sao Paulo. Camuflado
bajo la excusa de un viaje de negocios, este
hombre -que pidió mantener su nombre
en reserva- llevaba una misión secreta.
De su gestión dependía en gran
parte la decisión de lanzar el levantamiento
militar. El exitoso viaje de este ex oficial
de la Marina -que llegaría a ocupar un
alto cargo en los inicios del régimen
militar- terminó por dar luz verde al
golpe.
Poco menos de un mes antes del 11, el tema
que más desvelaba a los militares conjurados
era el temor de que las FF.AA. se quebraran
durante el levantamiento. Si bien Merino sabía
que en la Marina y la Fach había total
consenso para derrocar a Allende, no tenían
igual certeza del Ejército.
La turbulenta salida del comandante en jefe
de la Fach, César Ruiz Danyau, el 20
de agosto, les había dado una muestra
concreta de lo que podía suceder. Cuando
el general Ruiz se negó a renunciar a
la Comandancia en Jefe -como le había
pedido Allende- y se acuarteló en la
base aérea de El Bosque, el titular del
Ejército, Carlos Prats, ordenó
movilizar varias unidades por si la Fach se
rebelaba.
Si el día del golpe el Ejército
llegaba a dividirse entre leales y rebeldes,
la batalla se extendería. Y en ese escenario,
los uniformados temían que interviniera
un actor peligroso: Perú.
Gobernado por el general de izquierda Juan
Velasco Alvarado (1968-1975), en 1973 no era
descabellado pensar que Perú avanzara
hacia el sur de la Línea de la Concordia
si en Chile había guerra civil. En 1977
se cumplirían 100 años de la derrota
peruana en la Guerra del Pacífico. El
proyecto de Alvarado era recuperar la "provincia
cautiva", y para ello se había rearmado
aceleradamente comprando cientos de millones
de dólares de material bélico
soviético.
El almirante Merino necesitaba alejar el fantasma
de un ataque peruano antes de iniciar las acciones
contra Allende. Y en busca de una respuesta,
envió a su emisario a Brasil. Con uno
de los mejores servicios de inteligencia del
continente, los militares brasileños
-históricamente cercanos de Chile- podían
responder la duda.
Interrogatorio en Brasilia
En la última semana de agosto el emisario
de la Marina tomó un avión a Sao
Paulo. Llevaba el nombre de un contacto que
le había dado Merino. Una vez allá,
ese nexo le entregó una escueta orden:
"Viaje a Brasilia, alójese en tal
hotel y espere que lo contacten".
Un día después, el chileno recibió
en el hotel un recado con la dirección
a la cual debía dirigirse. Allí
fue conducido a una sala donde, encandilado
y sin poder ver a las personas que estaban en
frente de él, fue interrogado sobre su
vida personal, su familia y negocios. Cuando
terminaron de chequear la identidad del visitante,
éste explicó la urgencia de los
militares chilenos por saber los planes peruanos.
-Ya sabemos por qué está usted
acá, le respondieron. "Vuelva al
hotel, no salga a ninguna parte y espere una
respuesta", agregaron.
Varias horas después el hombre de Merino
recibió un llamado. "No deben preocuparse.
Perú no va a ir", le dijeron, exigiéndole
que volviera inmediatamente a Chile.
Menos de 48 horas después, Merino recibió
personalmente la información de los servicios
de inteligencia brasileños. Y el día
del golpe no hubo ningún movimiento en
la frontera.
Al atardecer del 11 de septiembre, cuando ya
Santiago estaba bajo control militar, Pinochet,
Merino, Leigh y Mendoza se reunieron en la Escuela
Militar para jurar como miembros de la Junta
de Gobierno. Hasta allí llegó
el representante del primer país que
reconocería al nuevo gobierno. Era el
embajador brasileño, Antonio de Cámara
Canto.
Vuelta de mano
Cuatro o cinco días después del
golpe, el personero que había viajado
a Brasilia se aprestaba a asumir un alto cargo
en el gobierno militar, cuando recibió
una llamada telefónica. Su interlocutor
hablaba con un fuerte acento germánico
y se presentó con un nombre alemán.
Al decirle el chileno que, lamentablemente,
no recordaba su nombre, el desconocido le respondió:
"Estuvimos conversando hace poco en Brasilia.
Yo le hice un favor; ahora necesito que usted
me haga otro. Debo hablar urgente con usted".
El hombre que había interrogado al emisario
de Merino estaba en Santiago. Era un general
brasileño, que dominaba varios idiomas
y que se hacía llamar Castro, era el
número dos de la agencia del Servicio
Nacional de Información (SIN) de su país.
Reunidos en el Hotel Carrera, el visitante le
explicó que el gobierno de la UP había
acogido a muchos exiliados brasileños
de izquierda. Pero dentro de ese contingente
había varios hombres infiltrados por
los propios aparatos de seguridad brasileños,
que actuaban como agentes. Algunos de ellos
no se habían reportado desde el 11 de
septiembre, por lo que -suponía- estaban
detenidos. "Son hombres míos, los
tengo que sacar", dijo.
El encuentro terminó amablemente. El
general Castro fue puesto en contacto con un
alto uniformado chileno para que lo ayudara
en su búsqueda. Al despedirse, el militar
brasileño le dio otra noticia. "Me
han dicho que su gobierno ha pedido un préstamo
urgente a mi país. Le tengo buenas noticias:
se le aprobó un crédito de US$
100 millones".
Efectivamente, según contaría
Merino en una entrevista en 1992, el primer
dinero fresco que llegó a Chile después
del golpe fueron cien millones de dólares,
desde Brasil. "Teníamos dos problemas
graves en septiembre: los sueldos de fin de
mes y la falta de harina en el país",
relató el almirante. "Entonces el
embajador de Brasil, que tenía un pariente
que trabajaba en el Banco de Sao Paulo, entró
en comunicación con él y ajustó
la posibilidad de ingresar un préstamo
que se cerró en US $100 millones".
Según relatan hombres cercanos al almirante
Merino, la visita del general Castro también
tuvo un aspecto más público. Al
enterarse la Marina de su presencia en el país,
fue el expositor en una conferencia sobre seguridad
que se realizó en la Academia de Guerra
de la Armada.
Un mes después, en octubre, un cable
de inteligencia de la CIA fue despachado desde
Santiago a Washington. "Prisioneros brasileños
recientemente liberados del Estadio Nacional
han relatado que mientras estuvieron detenidos
fueron interrogados por individuos que hablaban
fluidamente el portugués, por lo que
suponen que eran oficiales de la inteligencia
brasileña", informaba el despacho,
actualmente desclasificado. Habían comenzado
las versiones de que Brasil también entregó
asesoría en interrogatorios y técnicas
de tortura a los militares chilenos en los inicios
del régimen militar.
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