Tal vez no
haya habido más sincero conductor
de un proceso de paz con ETA entre
los tres últimos presidentes
españoles –es decir Felipe
González, José María
Aznar y José Rodríguez
Zapatero- que este último.
Por lo menos en lo formal y respetando
la reglas básicas democráticas.
Basándose en un acuerdo parlamentario
con todas las fuerzas políticas
donde sólo el Partido Popular
de Mariano Rajoy quedó fuera
por decisión propia, Zapatero
recibió el mandato de las
Cortes para que su gobierno socialista
iniciara un proceso de diálogo
y más tarde un acuerdo definitivo
de paz con la organización
separatista vasca ETA.
La bomba del 30 de diciembre pasado
en el aeropuerto de Barajas dio
por tierra con ese proyecto, y junto
a los escombros de la Terminal 4
y los dos ecuatorianos muertos,
los separatistas enterraron una
legítima esperanza de paz
entre los españoles, probablemente
por mucho tiempo.
En estas últimas semanas
paradójicamente no hubo
mejores aliados que ETA y el PP
en la política de española.
El partido de Rajoy porque desde
el inicio del nuevo gobierno de
ZP -como lo denomina al presidente
de España la derecha en
general- no aceptó su derrota
después del atentado de
Atocha el 11 de marzo 2002, y
se propuso en temas como la lucha
antiterrorista, la inmigración,
las autonomías entre otras,
hacer lo imposible por oponerse
a cualquier iniciativa del gobierno
en estos temas, desprestigiarlo
y recuperar el poder en 2008.
Por su lado ETA, busca sacar
petróleo de una situación
sumamente comprometida para su
futuro político a través
de debilitar a Zapatero, luego
que su organización fuera
diezmada por las acciones policiales
y judiciales a ambos lados de
las fronteras de España
y Francia. Su lucha armada por
la independencia del país
vasco es tan anacrónica
y repudiada en la actualidad,
como legítima y admirada
durante la dictadura del general
Franco. Sin embargo el fanatismo
nacionalista de la denominada
izquierda abertzale
ha llevado a esta organización
a aislarse del propio pueblo que
dice defender, y arrinconarse
dando manotazos con kale
borroca y dinamita, pensando
que con este tipo de atentados,
tanto el gobierno como la sociedad
española se amedrentarán.
En una España con fuertes
autonomías y con un gobierno
que pone el diálogo como
arma principal para negociar y
llegar a acuerdos políticos
con los sectores nacionalistas,
los atentados de ETA y el discurso
de su brazo político -la
ilegalizada Batasuna- llevan sólo
agua nauseabunda a su propio molino
y al de los del PP. Y en vez de
allanar el camino hacia una convivencia
en paz, aumenta los odios y la
demonización del enemigo.
ETA ha dejado de ser la organización
separatista vasca para convertirse
sólo en banda terrorista,
y sus militantes en asesinos,
canallas, psicópatas, cobardes
y fascistas, según
la opinión de la gran mayoría
de los españoles, y que
la prensa reproduce a placer.
A su vez, la división
entre populares y socialistas,
los dos partidos mayoritarios,
debilita el frente político
que debería ser monolítico,
para obligar a ETA a entregar
las armas y dedicarse a hacer
política en forma pacífica
con todas las reivindicaciones
que deseen. La estrategia pepecista
en este caso ha dado sus frutos
por lo menos a corto plazo. El
presidente Zapatero que anunciaba
un día antes del atentado
que las negociaciones con ETA
marchaban bien y que el año
que se iniciaría sería
aún mejor, quedó
desvestido y en offside
cuando la bomba hizo explosión
en Barajas. Sus intervenciones
públicas inmediatamente
después del suceso fueron
vacilantes y confusas, dando muestras
que el golpe lo había dejado
casi noqueado.
Mariano Rajoy salió inmediatamente
a exigir que se volviera al pacto
antiterrorista que habían
acordado en el 2000 el PSOE
y el PP, y donde
otros partidos nacionalistas como
el Partido Nacionalista Vasco
y el catalán CiU
habían quedado fuera junto
con Izquierda Unida. La propuesta
que había sido lanzada
en su momento por los propios
socialistas y aceptada a regañadientes
por el PP, habría quedado
obsoleta en la actualidad según
la evaluación que hace
el propio PSOE. Hoy es necesario
sumar las fuerzas democráticas
de esos otros partidos que en
aquél momento quedaron
fuera del pacto. Sin embargo el
PP se ha negado
hasta el momento de escribir esta
crónica a aceptar la necesidad
de ampliar el pacto si no es bajo
las condiciones que ellos mismos
suscriben. Esto es que las fuerzas
políticas no dialoguen
ni con Batasuna ni con ETA. Un
muro total alrededor de ambos
grupos es la única forma
de acabar con la violencia, afirma
el PP. Con esta postura ponen
al PNV en una
situación límite,
ya que el lehendakari
sigue predicando el diálogo
con Batasuna, e indirectamente
con ETA.
La razón del PP no puede
ser más pueril y demagógica,
opinan allegados al PNV
y otros partidos nacionalistas,
ya que el único objetivo
que persigue es querer demostrar
que incluso en la oposición
son el único partido que
puede hacerle frente a ETA, derrotarlos
a través de la represión
policial y ahogar cualquier aspiración
autonómica no sólo
en el país vasco, sino
en cualquier otra comunidad autonómica.
La fuerza y la represión
son los medios que la derecha
predica, y que ETA por supuesto
alienta, con la fatua esperanza
de convencer a la gran mayoría
de los vascos que no hay otro
camino para la independencia que
la lucha armada, sin importarles
las consecuencias y el precio
en vidas humanas, dolor, destrucción
y siembra de rencores y odios
entre los pueblos y sectores de
la sociedad española.
ETA ha regado en su laberinto
político una serie de pistas
falsas donde el propio presidente
Zapatero se ha perdido por lo
menos momentáneamente.
ETA rompió el diálogo
sin previo aviso, algo que no
había hecho nunca hasta
el 30D. A su vez Batasuna después
de afirmar todo el tiempo que
el proceso se iba al diablo antes
del atentado de Barajas, inmediatamente
después afirmaba que había
que mantenerlo, y exigía
al gobierno mayor responsabilidad,
como si fuera Zapatero el que
había roto la tregua. Y
ETA en su único comunicado
después del atentado culpa
al gobierno de ser el responsable
de la bomba y afirma que el “proceso
de paz no se ha roto”.
Zapatero ha diseñado sin
embargo una nueva estrategia contra
el terrorismo tratando de incluir
a todas las fuerzas que quieran
sumarse. Reuniones bilaterales
para empezar y conjuntas un poco
más adelante. Un proyecto
que es la única vía
para obligar a ETA a convencerse
que la vía violenta es
un callejón sin salida,
según el ministro del interio
Rubalcaba. Un trabajo que requerirá
la mayor buena voluntad de todos
los implicados y el coraje político
de dejar de lado viejos rencores
y enfrentamientos pasados y recientes.
Varias manifestaciones contra
el terrorismo tendrán lugar
en estos días en algunas
ciudades de España, principalmente
en Madrid y Bilbao. Pero las intenciones
no son las mismas ni las consignas,
lo que despierta recelos y la
división. Los intereses
partidarios terminan predominando
sobre el valor humanista y ético
de una protesta que se hace cada
vez más urgente y necesaria.
En medio de todo esto se destacaba
la lucha de los bomberos por rescatar
los cuerpos de los dos ecuatorianos
que perecieron en el atentado,
y a los que la policía
no logró evacuar por estar
descansando en sus respectivos
coches aparcados en la Terminal
4 de Barajas. Ambos fueron finalmente
recuperados y trasladados a su
país natal.
500 kilos o más de explosivos,
truncaron la vida de esos dos
inmigrantes que habían
llegado a España -junto
a casi medio millón de
compatriotas suyos- a trabajar
y ayudar a sus familias en Ecuador.
Un broche de sangre más
para colgar en la ikurriña
tricolor de los etarras.
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