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España
ZP EN EL LABERINTO DE ETA
 
Alberico Lecchini
Alicante, 2007-01-09
 
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Tal vez no haya habido más sincero conductor de un proceso de paz con ETA entre los tres últimos presidentes españoles –es decir Felipe González, José María Aznar y José Rodríguez Zapatero- que este último. Por lo menos en lo formal y respetando la reglas básicas democráticas. Basándose en un acuerdo parlamentario con todas las fuerzas políticas donde sólo el Partido Popular de Mariano Rajoy quedó fuera por decisión propia, Zapatero recibió el mandato de las Cortes para que su gobierno socialista iniciara un proceso de diálogo y más tarde un acuerdo definitivo de paz con la organización separatista vasca ETA.

La bomba del 30 de diciembre pasado en el aeropuerto de Barajas dio por tierra con ese proyecto, y junto a los escombros de la Terminal 4 y los dos ecuatorianos muertos, los separatistas enterraron una legítima esperanza de paz entre los españoles, probablemente por mucho tiempo.

En estas últimas semanas paradójicamente no hubo mejores aliados que ETA y el PP en la política de española. El partido de Rajoy porque desde el inicio del nuevo gobierno de ZP -como lo denomina al presidente de España la derecha en general- no aceptó su derrota después del atentado de Atocha el 11 de marzo 2002, y se propuso en temas como la lucha antiterrorista, la inmigración, las autonomías entre otras, hacer lo imposible por oponerse a cualquier iniciativa del gobierno en estos temas, desprestigiarlo y recuperar el poder en 2008.

Por su lado ETA, busca sacar petróleo de una situación sumamente comprometida para su futuro político a través de debilitar a Zapatero, luego que su organización fuera diezmada por las acciones policiales y judiciales a ambos lados de las fronteras de España y Francia. Su lucha armada por la independencia del país vasco es tan anacrónica y repudiada en la actualidad, como legítima y admirada durante la dictadura del general Franco. Sin embargo el fanatismo nacionalista de la denominada izquierda abertzale ha llevado a esta organización a aislarse del propio pueblo que dice defender, y arrinconarse dando manotazos con kale borroca y dinamita, pensando que con este tipo de atentados, tanto el gobierno como la sociedad española se amedrentarán.

En una España con fuertes autonomías y con un gobierno que pone el diálogo como arma principal para negociar y llegar a acuerdos políticos con los sectores nacionalistas, los atentados de ETA y el discurso de su brazo político -la ilegalizada Batasuna- llevan sólo agua nauseabunda a su propio molino y al de los del PP. Y en vez de allanar el camino hacia una convivencia en paz, aumenta los odios y la demonización del enemigo. ETA ha dejado de ser la organización separatista vasca para convertirse sólo en banda terrorista, y sus militantes en asesinos, canallas, psicópatas, cobardes y fascistas, según la opinión de la gran mayoría de los españoles, y que la prensa reproduce a placer.

A su vez, la división entre populares y socialistas, los dos partidos mayoritarios, debilita el frente político que debería ser monolítico, para obligar a ETA a entregar las armas y dedicarse a hacer política en forma pacífica con todas las reivindicaciones que deseen. La estrategia pepecista en este caso ha dado sus frutos por lo menos a corto plazo. El presidente Zapatero que anunciaba un día antes del atentado que las negociaciones con ETA marchaban bien y que el año que se iniciaría sería aún mejor, quedó desvestido y en offside cuando la bomba hizo explosión en Barajas. Sus intervenciones públicas inmediatamente después del suceso fueron vacilantes y confusas, dando muestras que el golpe lo había dejado casi noqueado.

Mariano Rajoy salió inmediatamente a exigir que se volviera al pacto antiterrorista que habían acordado en el 2000 el PSOE y el PP, y donde otros partidos nacionalistas como el Partido Nacionalista Vasco y el catalán CiU habían quedado fuera junto con Izquierda Unida. La propuesta que había sido lanzada en su momento por los propios socialistas y aceptada a regañadientes por el PP, habría quedado obsoleta en la actualidad según la evaluación que hace el propio PSOE. Hoy es necesario sumar las fuerzas democráticas de esos otros partidos que en aquél momento quedaron fuera del pacto. Sin embargo el PP se ha negado hasta el momento de escribir esta crónica a aceptar la necesidad de ampliar el pacto si no es bajo las condiciones que ellos mismos suscriben. Esto es que las fuerzas políticas no dialoguen ni con Batasuna ni con ETA. Un muro total alrededor de ambos grupos es la única forma de acabar con la violencia, afirma el PP. Con esta postura ponen al PNV en una situación límite, ya que el lehendakari sigue predicando el diálogo con Batasuna, e indirectamente con ETA.

La razón del PP no puede ser más pueril y demagógica, opinan allegados al PNV y otros partidos nacionalistas, ya que el único objetivo que persigue es querer demostrar que incluso en la oposición son el único partido que puede hacerle frente a ETA, derrotarlos a través de la represión policial y ahogar cualquier aspiración autonómica no sólo en el país vasco, sino en cualquier otra comunidad autonómica. La fuerza y la represión son los medios que la derecha predica, y que ETA por supuesto alienta, con la fatua esperanza de convencer a la gran mayoría de los vascos que no hay otro camino para la independencia que la lucha armada, sin importarles las consecuencias y el precio en vidas humanas, dolor, destrucción y siembra de rencores y odios entre los pueblos y sectores de la sociedad española.

ETA ha regado en su laberinto político una serie de pistas falsas donde el propio presidente Zapatero se ha perdido por lo menos momentáneamente. ETA rompió el diálogo sin previo aviso, algo que no había hecho nunca hasta el 30D. A su vez Batasuna después de afirmar todo el tiempo que el proceso se iba al diablo antes del atentado de Barajas, inmediatamente después afirmaba que había que mantenerlo, y exigía al gobierno mayor responsabilidad, como si fuera Zapatero el que había roto la tregua. Y ETA en su único comunicado después del atentado culpa al gobierno de ser el responsable de la bomba y afirma que el “proceso de paz no se ha roto”.

Zapatero ha diseñado sin embargo una nueva estrategia contra el terrorismo tratando de incluir a todas las fuerzas que quieran sumarse. Reuniones bilaterales para empezar y conjuntas un poco más adelante. Un proyecto que es la única vía para obligar a ETA a convencerse que la vía violenta es un callejón sin salida, según el ministro del interio Rubalcaba. Un trabajo que requerirá la mayor buena voluntad de todos los implicados y el coraje político de dejar de lado viejos rencores y enfrentamientos pasados y recientes.

Varias manifestaciones contra el terrorismo tendrán lugar en estos días en algunas ciudades de España, principalmente en Madrid y Bilbao. Pero las intenciones no son las mismas ni las consignas, lo que despierta recelos y la división. Los intereses partidarios terminan predominando sobre el valor humanista y ético de una protesta que se hace cada vez más urgente y necesaria.

En medio de todo esto se destacaba la lucha de los bomberos por rescatar los cuerpos de los dos ecuatorianos que perecieron en el atentado, y a los que la policía no logró evacuar por estar descansando en sus respectivos coches aparcados en la Terminal 4 de Barajas. Ambos fueron finalmente recuperados y trasladados a su país natal.
500 kilos o más de explosivos, truncaron la vida de esos dos inmigrantes que habían llegado a España -junto a casi medio millón de compatriotas suyos- a trabajar y ayudar a sus familias en Ecuador. Un broche de sangre más para colgar en la ikurriña tricolor de los etarras.


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