Una
tarde, clara y fría como
un cuchillo de este mes de febrero,
enderecé mis pasos hacia
el viejo hospital de Vårberg,
a las afueras de Estocolmo. Rodeado
de un amplio parque que lo une con
Vårby Gård, el hospital
es un monumento a la arquitectura
de los 60, es decir funcional y
feo. Me acerqué al edificio
con la nieve crujiendo bajos mis
botas, y en vez de entrar por la
puerta principal, rodeé el
edificio pensando que encontraría
fácilmente la puerta de entrada
de Vårljus, una empresa comunal
del ayuntamiento de Solna. Vårljus
alquila un local anexo al hospital,
y allí se alojan unos 50
jóvenes entre 15 y 17 años,
adolescentes que llegaron a Suecia
a pedir asilo de Irak, Somalia y
otros países de Medio Oriente
y de los Balcanes.
La cuestión que me llevaba
allí era la denuncia de que
estos jóvenes que habían
llegado solos a Suecia a pedir asilo,
estaban obligados a esperar semanas
y algunos de ellos meses en estos
centros de acogida que sólo
era temporales, para que luego una
comuna de Suecia les diera el alojamiento
transitorio mientras esperan la
decisión si se les otorga
el asilo o no por parte de la Dirección
General de Migración (DGM)
. Habían sido enviados por
sus familias en un intento de salvarlos
de la creciente violencia y caos
en que se encuentran inmersos muchos
países como Irak y Somalia.
Una última esperanza de salvar
a la última generación
de esa pesadilla diaria que viven
millones de personas en estas regiones.
Desde julio de 2006 son la comunas
del país las encargadas
de darle alojamiento a estos muchachos
y muchachas, luego que el gobierno
y el parlamento pasados tomaran
esa resolución. La intención
era que mejoraran las condiciones
administrativas y humanitarias,
ya que los campamentos ofrecían
poco estímulo y condiciones
para ellos. Para agilizar las
cosas estos chicos una vez llegados
a Suecia, pasarían a alojarse
durante 2-4 días en centros
de acogida, para luego ser reubicados
en las comunas que les ofrecieran
un nuevo alojamiento mientras
esperaban la decisión de
asilo de la DGM.
Sin embargo el fracaso ha sido
total. A tan extremo ha llegado
la inoperancia del nuevo sistema
que Arion Chrissafis, presidente
del comité de asuntos sociales
de la comuna de Solna, demandó
en octubre pasado ante el Procurador
General de Justicia (JK) a Migración,
por no cumplir con lo estipulado
en la legislación.
El hecho que sean cada vez más
los chicos los que están
obligados a pasar semanas o meses
en los centros de acogida transitorios,
obliga a las cuatro comunas que
los alojan (Mölndal, Malmö,
Sigtuna y Solna) a buscar soluciones
cada vez más improvisadas,
nos comentaba Chrissafis.
Las cuatro comunas mencionadas
han contactado a su vez al Ministro
de Migración Tobías
Billström para que estudie
una propuesta de reforma de las
normas actuales sobre la hospitalidad
que deben ofrecer las autoridades
comunales a estas chicas y chicos
que además se encuentran
en un estado psíquico muy
delicado. No son raros los cuadros
de ataques de angustia, depresiones
y agresiones en algunos de ellos.
Una de las cosas que se le critican
a la DGM es el deficitario control
de la edad de esos chicos y la
demora en realizar esas averiguaciones.
Uno de los problemas prácticos
que se enfrentan estos funcionarios,
es que algunos de los jóvenes
llegan sin documentos. Y comprobar
la identidad con los datos que
aportan puede demorar mucho tiempo.
Además nunca falta quien
quiera aprovecharse de esa demora
y dificultades. Recientemente
se denunció la presencia
de un hombre de 30 años
que decía tener 17 en un
local de acogida de Solna.
En los locales de Vårljus
encontramos en la puerta a dos
chicos eritreanos que jugaban
al pingpong, y a pesar de las
dificultades en la comunicación,
pronto llamaron al encargado del
local, Tobías Kronqvist,
vicedirector del centro.
En nuestra conversación
con Kronqvist nos confirmó
lo que se venía denunciando
en algunos medios sobre los retrasos
en darles alojamiento a estos
chicos. En su centro el que más
tiempo lleva esperando es un chico
que hace 4 meses llegó
de Medio Oriente. Y es que del
total de las 289 comunas del país,
sólo 13 hasta ahora han
ofrecido darle alojamiento a los
chicos en busca de asilo, pero
la cantidad de plazas son escasas..
Como las estadías han
ido alargándose han tenido
que colaborar con los centros
de acogida entre otros Rädda
Barnen, Cruz Roja, la iglesia
sueca y otras organizaciones humanitarias.
De esta forma se trata de darle
una estructura a la vida de los
chicos mientras esperan. Además
todos los días reciben
clases de sueco, a cargo de los
profesores de una escuela vecina.
Los locales de Vårljus
son espaciosos y recién
renovados, y en cada habitación
duermen 3 o 4 chicos o chicas.
El comedor sirve también
como salón de reuniones
y para dictar las clases de sueco.
Todo parece tranquilo esa tarde
de mi visita, pero es una tranquilidad
engañosa. Detrás
de cada sonrisa o gesto, hay una
tensión difícil
de ocultar. La espera de una respuesta
que se espera sea positiva, la
lejanía de la familia y
la inseguridad que probablemente
muchas de ellas viven, son probablemente
un ácido en el alma de
estos chicos, que les corroe la
confianza y la esperanza.
Un elemento positivo en este
nuevo mundo de las relaciones
que se van creando, es la presencia
de voluntarios (gode man) que
los ayudan a orientarse en la
sociedad, acompañándoles
a realizar distintos trámites
y diligencias fuera del centro
de acogida. Muchos de estos voluntarios
son personas que pasaron por experiencias
similares y hablan el idioma de
los chicos.
Sin embargo no todos han podido
recibir esa ayuda ya que la creciente
demanda de voluntarios ha sobrepasado
la posibilidad de poder atender
a todos los muchachos. Además,
para algunos de ellos, la imposibilidad
de ir a la escuela todos los días,
encontrarse con otros chicos de
su edad y con aspiraciones fuera
de la rutina que ellos tienen
en el centro, es un gran vacío,
nos dice Ahmed, un chico somalí.
Tobías Kronqvist nos confirma
que la mayoría de estos
jóvenes tienen aspiraciones
de poder estudiar, algunos para
médicos, o para trabajar
en distintos oficios. Una ilusión
que puede ir apagándose
a medida que pasan las semanas
y los meses, advierte.
Actualmente hay 820 chicos en
estas condiciones en Suecia, y
el número crece cada día.
La comuna de Solna ya da alojamiento
transitorio a casi 100 de ellos.
Esta es sólo una muestra
de la posible crisis que se avecina
si se cumplen los pronósticos
de que este año pueden
llegar hasta 40 000 solicitantes
de asilo, la mayoría de
ellos iraquíes. Si las
comunas que tienen mejores posibilidades
económicas no cooperan,
tal es el caso de por ejemplo
Täby y Svedala, por sólo
nombrar dos, las consecuencias
serán aún más
dramáticas para esos miles
de refugiados que ya están
esperando un lugar de acogida.
Mientras el ministro de Migración
aspira a que sean los propios
asilados los que busquen su radicación
en alguna de las comunas que puedan
ofrecerles trabajo y vivienda,
la realidad muestra que el hacinamiento
en barrios como Rosengård
en Malmö o Rinkeby en Estocolmo
es cada vez más insostenible,
ya que plantea problemas como
la inseguridad, la alta delincuencia,
el desempleo y la desesperanza
en muchos de sus habitantes. En
cada barrio hay fuerzas que luchan
denodadamente contra esas tendencias,
pero no pueden contrarrestar las
tendencias negativas que se acumulan
en su entorno si no hay políticas
de apoyo de parte de las autoridades
y más participación
local de los residentes.
Una de las grandes paradojas
de este país, reconociendo
que le ha dado refugio a decenas
de miles de personas de todo el
mundo, es que mientras se está
dispuesto a reunir millones de
coronas en programas de Tv mastodónicos
para ayudar a los niños
que están bien lejos, sin
embargo cierra cada vez más
las puertas para los que están
muy cerca. Una tendencia que hace
pensar que la xenofobia y los
prejuicios en vez de reducirse,
por el contrario van en aumento.
Y si la clase política
no da una respuesta rápida,
veremos crecer con casi toda seguridad
partidos ultraderechistas como
Sverigedemokraterna, que ya ocupa
en decenas de comunas posiciones
claves para ejercer su influencia
en temas relacionados directamente
con inmigrantes y refugiados.
El ejemplo de Landskrona debería
ser la campana de aviso. La cuestión
final es si verdaderamente se
está dispuesto a cumplir
con las convenciones y tratados
internacionales que Suecia dice
apoyar con tanto entusiasmo. O
si por el contrario, es sólo
un discurso de los labios para
afuera. Mientras tanto los chicos
siguen esperando a Godot detrás
de un frío vidrio en un
lugar llamado Vårberg.
|