- Amor
y solidaridad es lo que esperamos expresar
el 6 de junio, cuando se celebre el día
nacional, nos dice Miguel Bonett, un joven
de Orminge, responsable de la organización
del desfile bajo el nombre Sverigeparaden
que tendrá lugar entre Skeppholmsbrunn
y Gärdet en Estocolmo.
Una loable meta si se piensa que paralelamente
van a marchar miembros de la extrema
derecha en otro sector de la ciudad,
con la finalidad de resaltar la pureza
y superioridad de la raza nórdica,
en contraste con el resto de las otras
celebraciones que tendrán lugar
en la capital. Por otro lado organizaciones
de la izquierda radical tratarán
de impedírselo, con el riesgo
de una confrontación violenta
y con un alto precio en daños
humanos y materiales. La policía
por lo menos cree que puede ocurrir,
y ha enviado señales de que están
preparados para tal eventualidad. Sin
embargo aquí también la
experiencia muestra que nunca es suficiente.
Fuera de este aspecto que puede ensombrecer
el día nacional, existe una dura
realidad, más terca que los deseos
de los gobernantes y funcionarios públicos
que buscan darle a la celebración
un fuerte aire de patriotismo, orgullo
y unidad.
El Día de la Bandera se ha transformado
así en una especie de catalizador
para todos aquéllos que independientemente
de la realidad que viven, buscan alegrarse
por el hecho subjetivo de pertenecer
a un colectivo que en la vida diaria
no muestra siempre a los que vienen
de otros continentes y culturas la mejor
de sus sonrisas.
Y es que por más que se lo proponga
esta sociedad tiene a menudo mensajes
dobles que hablan dos lenguajes distintos.
Por un lado el humanista y solidario,
y por otro el de los hechos crudos y
sin apelación.
Basta hechar un vistazo sobre cómo
las comunas abren (mejor dicho cierran)
sus puertas a los que llegan como refugiados.
El nuevo director general de Migración
Dan Danielsson ha tenido que amenazar
con denunciar públicamente a
las comunas que no acepten recibir refugiados
a pesar que cuentan con los recursos
para hacerlo. Por el contrario se sigue
permitiendo que se hacinen en los suburbios
de algunas ciudades junto a familiares
y/o amigos que no pueden decir que no
a quienes llegan perseguidos, o bajo
los efectos de un trauma sufrido por
la guerra y la violencia. Si miramos
a otro rincón de este patio escandinavo,
veremos como por efecto de esa marginación,
algunos grupos étnicos, ya sea
por la religión que profesan
o el color de la piel, están
cada vez más lejos de obtener
un trabajo remunerado.
Tal vez Sverigeparaden nos una realmente
a todos por un momento, con su música
y bailes, discursos y vibraciones, y
se viva la ilusión de que por
fin pertenecemos a algo más concreto
que una bandera y un himno que muchos
ni siquiera hemos aprendido de memoria.
Falta de patriotismo? Bueno, digamos
que las barreras impiden ver a veces
más allá de nuestras narices,
y el entusiasmo por ser parte de ese
espíritu colectivo se esfuma
ya que nos acostumbramos casi a ignorarlo,
porque no hay que olvidarlo, esta celebración
es de “última generación”.
Los noruegos y daneses agitan banderas
y se inflan de orgullo desde hace siglos,
mientras que aquí los suecos
se la habían tomado con calma,
y sin mayores aspavientos festejaban
con más entusiasmo el middsommar
que el día de la bandera.
Esta fiebre por los festejos patrios
habla mucho del complejo que arrastra
el país frente a sus vecinos.
En todo caso la fiesta será para
muchos una ocasión para divertirse
junto a sus seres más queridos,
y vivir como la Cenicienta el sueño
de lo que puede ser. A lo mejor como
en esta leyenda, algún día
el príncipe descubre dónde
estaban los verdaderos dueños
del zapatito perdido. Pero claro, hay
que verlo para creerlo.
Alberico Lecchini