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CESAR OLLERO,
PADRE DE UNA SECUESTRADA POR LA ESMA
“Zaffaroni me
ayudó a investigar” Los críticos
de la designación de Raúl Zaffaroni
en la Corte Suprema argumentan ahora que cuando
era juez rechazó un hábeas corpus.
Aquí el padre de una desaparecida cuenta
por qué eso es falso.
Por Martín Granovsky
Sin buenos argumentos a mano, los críticos
de la designación de Raúl Zaffaroni
en la Corte Suprema ya probaron todo. Primero,
por derecha, presentaron a Zaffaroni como un
enemigo de la familia porque no es casado. Y
ahora, por “izquierda”, fabricaron el caso de
un juez, presuntamente Zaffaroni, que durante
la dictadura denegó el habeas corpus
en favor de una desaparecida, Inés Ollero.
El problema es que Zaffaroni no lo firmó,
tal como ayer aclaró a Página/12
César Ollero, padre de Inés. Todo
lo contrario: “Zaffaroni me ayudó durante
cuatro años y su trabajo sirvió
para investigar la Escuela de Mecánica
de la Armada”.
Inés era una militante de 21 años
de la Federación Juvenil Comunista cuando
el 19 de julio de 1977, mientras volvía
a su casa en el colectivo 187, una pinza militar
hizo bajar a los pasajeros y los llevó
a la comisaría 49. Inés tenía
encima lo que en ese momento se llamaba “literatura
extremista”. Una patota la secuestró
en la comisaría. Ocho años después,
en 1985, dos ex detenidas-desaparecidas dirían
en el juicio a los ex comandantes que habían
visto a Inés con vida en la ESMA. Ella
sigue desaparecida.
Cuando César Ollero comprobó que
su hija no volvía y que una de las hipótesis
era un secuestro recurrió a su propia
experiencia como ex secuestrado y antiguo preso.
–Lo primero, en esos casos, es blanquearse –dijo
ayer a Página/12–. Pasar de secuestrado
a preso. Y para eso se necesitan pistas y testimonios.
Ollero nació en 1920. Hoy es un tipo
hiperquinético de 84 años con
una memoria maravillosa. Contó que en
1936, a los 16 años, era obrero metalúrgico
y dibujante y ayudó a la España
republicana decorando los cines y teatros para
los actos. Como metalúrgico era empleado
de Klögner, una fábrica de carpintería
metálica que terminó elaborando
y proveyendo armas a los nazis alemanes.
–No era fácil. De 900 obreros, 400 estaban
enrolados en el Frente del Trabajo alemán.
Eran nazis. Una vez, para combatirlos, los demás
nos pusimos de acuerdo y quemamos en una pira
los diarios nazis que les llegaban todos los
días.
Klögner quedaba en Villa del Parque, pegada
a la casa de los Ollero. César era delegado
sindical, pero no siempre podía volver
a su casa. Era peligroso. Lo curioso es que
muchas veces no iba a su casa pero sí
a la fábrica. Cuando lo conseguía,
a las siete de la mañana golpeaba una
pared que daba a la cocina, para que la familia
supiera que estaba bien. Y si no iba a trabajar,
los encargados de golpear la pared eran sus
compañeros. Así, la familia tenía
noticias.
Hasta julio de 1941 Ollero desarrolló
solo su militancia sindical. Llegó a
ser secretario de organización del sindicato
metalúrgico. Pero en el ‘41 se afilió
al Partido Comunista, del que se desprendería
pocos años después.
–Me hice comunista el día en que Adolfo
Hitler invadió la Unión Soviética
–contó ayer, recordando una lógica
que habría compartido entonces André
Malraux.
Ollero estuvo 45 días secuestrado en
el Departamento de Policía. Se encargó
de él la famosa Sección Especial,
creada en 1930 y precursora de la aplicación
sistemática de la picana eléctrica
en la Argentina. César se salvó
porque lo vio en la policía un grupo
de obreros gráficos que entró
en manifestación al Departamento. Quedó
blanqueado. En adelante sería un preso
legal que recalaría en un campo de concentración
montado por el gobierno pronazi que asumió
en 1943 en la isla Martín García.
–Estuve ahí hasta el 19 de julio de 1945.
Fíjese qué coincidencia. El mismo
día en que en 1977 detuvieron a Inés.
–¿Usted conoció a Zaffaroni ya
en 1977?
–Sí. Era juez de primera instancia.
–¿Cómo lo conoció? –Llegué
con el caso de mi hija y le dije: “Antes de
rechazar el habeas corpus déme 15 días”.
No solo me creyó sino que firmó
un papel avalándome. Puso que yo era
una persona honorable cuando ni me conocía.
Y le cumplí. Le llevé al chofer
del colectivo y a dos de los 15 pasajeros que
habían sido demorados.
–¿A él le presentó el recurso
de habeas corpus por su hija?
–Sí.
Los nuevos críticos de la designación
de Zaffaroni en la Corte Suprema, como lo declaró
a Ambito Financiero la senadora Liliana Teresita
Negre de Alonso, del Partido Justicialista de
San Luis, anunciaron que se opondrán
a Zaffaroni entre otros motivos porque “sus
familiares presentaron un habeas corpus que
rechazó Zaffaroni, el 4 de octubre de
1977”. Negre dijo que la Cámara Federal
ratificó el fallo, pero no la Corte Suprema
del mismo proceso militar, que criticó
al juez de primera instancia por no haber tomado
las medidas necesarias para garantizar la vida
de Inés Olleros”. La “s” está
de más. Ollero es así, sin ese.
Según la senadora la Corte dijo que “el
juez debió extremar la investigación
a fin de establecer el estado y situación
personal de la víctima, privada de la
libertad por obra de funcionarios públicos”.
El concepto es sustancialmente el mismo, pero
las palabras no. ¿Negre citó de
memoria, fue mal transcripta o leyó un
dossier incompleto?
–¿Qué contestó Zaffaroni
a su pedido de habeas corpus? –preguntó
ayer Página/12 a César Ollero.
–No lo contestó.
–¿Y qué hizo?
–Nada. Zaffaroni estaba de licencia.
En ese punto de la charla Ollero extendió
un papel fechado el 4 de octubre de 1977. El
juez dice que “de las contestaciones recibidas”
de los organismos de seguridad “se desprende
con claridad que Inés Ollero no se encuentra
privada de su libertad por disposición
de ninguna de dichas autoridades”, y rechaza
el habeas corpus.
–Mire la firma –pidió Ollero–. No es
la de Zaffaroni, es la del juez subrogante,
León Arslanian. Aunque debo decirle que
incluso Arslanian dejó una puerta abierta
para la investigación.
La puerta quedó expresada de este modo:
“Pudiendo la beneficiaria de este recurso ser
sujeto pasivo de algún delito de acción
pública, tal como privación ilegal
de su libertad, corresponde que tal supuesto
sea investigado en sede judicial por el magistrado
que, por sorteo, corresponda intervenir”.
Luego de que el caso pasara por la Cámara
Federal y por la Corte Suprema, Zaffaroni siguió
con la investigación. Ordenó comparecer
a los 35 policías de la seccional 49
que trabajaron no solo el 19 sino también
el 20 de julio de 1977, a los presos que estaban
en la comisaría, a los representantes
de las líneas de colectivos números
111 y 187, al colectivero y a los pasajeros.
Por informes llegó al director de la
Escuela de Mecánica de la Armada, en
ese momento Rubén Chamorro, y también
recabó datos al Cuerpo de Ejército
Uno, el Ministerio del Interior, el Comando
en Jefe del Ejército y la Policía
Federal.
Cuando el expediente ya tenía 240 fojas,
algo poco habitual para un trámite de
habeas corpus, y más con los jueces de
tiempos de la dictadura, Zaffaroni se lamentó
en un fallo del 25 de septiembre de 1978 que
no hubiera “quedado, hasta ahora, establecido,
de un modo incontrastable, qué autoridad
pública ha restringido o restringe sin
derecho la libertad de la beneficiaria señorita
Inés Ollero, y ni siquiera si, en efecto,
se trata de alguna autoridad”.
Según Zaffaroni otros trámites
serían razonables, pero excederían
el marco de una acción de habeas corpus,
típica para determinar un paradero y
conseguir que cese una privación injusta
de la libertad. Ollero y la defensa habían
pedido identificar al personal militar que había
intervenido. “Carezco de las facultades que
tienen los jueces deinstrucción, lo que
me impide, entre otras muchas cosas, ordenar
el secreto de las actuaciones y, por otra parte,
de seguir avanzando en la investigación,
corro el riesgo de insistir en tomar declaraciones
testimoniales a personas que eventualmente podrían
llegar a ser procesadas”, opinó. “De
aquí en adelante lo único que
puede haber es la investigación de un
delito y, por consiguiente, el medio naturalmente
pertinente para hacerlo no es ya un recurso
de habeas corpus”, escribió Zaffaroni
antes de fallar, ahí sí y después
de una profunda investigación, que rechazaba
el habeas corpus.
El 15 de diciembre de 1977 un fallo de la Cámara
Federal, firmado por Guillermo de la Riestra,
Horacio Vera Ocampo y Néstor Nicolás
Gómez, con José Massoni de secretario,
ordenó a Zaffaroni seguir investigando
luego de elogiar su “exhaustiva y tan meritoria
investigación cumplida”, a tal punto
que acreditó que el procedimiento “fue
efectuado por personal de la Escuela de Mecánica
de la Armada, al mando de un oficial presumiblemente
de grado de teniente”.
Ya con el aval de la Cámara, Zaffaroni
avanzó hasta construir lo que César
Ollero definió ayer como “el juicio de
habeas corpus más completo del mundo”.
–La investigación fue tan buena que la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos
de la OEA eligió el caso de mi hija para
dar referencias, en 14 páginas, de todo
el andamiaje de la dictadura. Y la posibilidad
de llegar a expresar al conjunto de los afectados
se desprendió de aquel trámite
de habeas corpus. La misma Comisión elogia
“las investigaciones realizadas por el juez
de la causa”.
–¿Usted vio a Zaffaroni desde aquel momento,
señor Ollero?
–No.
–¿Por qué se preocupa tanto ahora?
–Porque lo atacan injustamente. Trabajó
bien. Yo tengo una modesta opinión: “A
tal señor, gran honor”.
César Ollero no sigue en el Partido Comunista.
En 1946 no se hizo peronista, a pesar de que
el nuevo gobierno intentó convencerlo
y hasta seducirlo con dinero, pero no soportó
la alianza con los conservadores en la Unión
Democrática. En cuanto a la militancia
sindical, la mantuvo hasta que cambió
de trabajo. Eso fue cuando consiguió
un pequeño préstamo de un amigo,
de 1400 pesos, y en una casa de Dock Sud montó
una heladera comercial tan grande que para sacarla
de allí debió recortar la ventana.
Ollero vivió como industrial (fabricó
las heladeras Turena y las motocicletas Tehuelche)
y un día de julio de 1977 dio por terminada
esa etapa. “Con Inés bajé la cortina”,
dijo ayer. “Tenía que dedicarme a ella.”
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