Por Bruno Kampel
bkampel@home.se
Los empujaban vivos desde los
aviones. Por el honor de la patria,
dijeron con orgullo cuando los
juzgaban.
Y las mataban y se quedaban con
sus hijos a los que educaban en
el odio a los que pensaban como
sus padres verdaderos. Por el
futuro de Argentina, declararon
cuando se los juzgaba.
Y los enterraban vivos en cementerios
clandestinos como si fueran ratas.
Todo por la libertad y los valores
cristianos, decían ufanos
cuando se los juzgaba.
Y llegó la democracia,
y sin perder tiempo impuso el
borrón y cuenta nueva.
Todo por la reconciliación,
decían los profetas de
la nueva patria.
Y vino el punto final que de
un plumazo condenó retroactivamente
a los muertos inocentes y absolvió
de culpa y cargo a los asesinos,
a los torturadores, a los mandantes
de crímenes horrendos y
a los ejecutores de los mismos.
Hoy, 30 años después
de la ignominia, aún cuelgan
fotos de Videla y de las Juntas
en los establecimientos militares,
y los verdugos están libres
o “presos” en sus lujosos pisos,
en sus amplias quintas, en sus
modélicas haciendas, y
el perdón por decreto que
premió a todos los culpables
y condenó a los muertos
inocentes y a sus familias sigue
siendo la última palabra.
Mientras tanto, el pueblo se
entretiene con el clásico
de fútbol o con el último
chisme de la farándula
o, peor todavía, haciendo
cuentas que nunca le salen para
poder comer treinta días
por mes doce meses por año.
Pobre Argentina que no aprendió
la lección. Los corruptos
siguen administrando el patrimonio
nacional. Los aprovechadores siguen
dirigiendo los bancos y las grandes
corporaciones. El capital extranjero
sigue siendo dueño y señor
de las riquezas minerales Los
vendedores de sentencias siguen
impartiendo Justicia. La policía
casi siempre es más peligrosa
que los delincuentes. Los políticos
casi siempre son peores que la
Policía. Los gobiernos
casi siempre son peores que la
suma de la Policía la Justicia
y los políticos. Y así
sucesivamente hasta que el país
exhale su último suspiro.
Que ganas de llorar… en esta
tarde gris…
© Bruno Kampel
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