Por
© Bruno Kampel
Permítanme
discordar una discordancia irreconciliable
de todos aquellos que le atribuyen
a la libertad de expresión
el derecho inalienable que tienen
los diarios de publicar las caricaturas
de Mahoma.
Em primer lugar – y de acuerdo
a mi ver, saber y entender – tal
publicación no se ampara
en la libertad de expresión,
sino muy por el contrario, la
degrada, pues se vale de ella
para crear opinión pública
antagónica al Islam, y
no contra alguno de sus líderes
locales o contra pequeños
grupos de exaltados fundamentalistas
que anidan en su seno. La bomba
en el turbante de Mahoma deja
de ser una simple caricatura y
se transforma en una aberrante,
injusta y subliminal acusación
contra toda la religión
musulmana. Y eso no es libertad,
sino política, digna de
un Le Pen o de un Goebbels, pero
no de un diario cuya función
es informar sin deformar y publicar
sin denegrir.
La libertad de expresión
no es ni puede ser un salvoconducto
con el cual se pueda viajar desde
la verdad hacia la calumnia, transitando
por la mentira y la difamación,
sino que es y deberá seguir
siendo una conquista que protege
nuestro derecho de decir lo que
pensamos, atacando ideas sin miedo
a ser castigados; combatiendo
ideologías sin el riesgo
de ser preso; cuestionando dogmas
religiosos sin temer la reacción
de los creyentes de esos dogmas
cuestionados, pero nunca, jamás,
valerse de ella para generalizar
conductas individuales, criminalizando
el todo y no la parte, como en
el caso en disputa.
No es ningún secreto que
a la sombra de las religiones
fructificaron guerras; florecieron
cruzadas; germinaron inquisiciones
y holocaustos que hoy – a posteriori
- el mundo civilizado condena
con vigor, pero mientras que esas
aberraciones fueron incubadas,
paridas y amamantadas por la generalidad
de las gentes y/o tuvieron el
beneplácito de las máximas
autoridades eclesiásticas
y/o políticas, el terrorismo
islámico del presente es
absolutamente minoritario dentro
del universo de más de
mil millones de fieles de ese
credo.
Tampoco es ningún secreto
el hecho de que está en
fase adelantada de orquestación
una feroz campaña contra
esa religión, organizada
por los sectores más fundamentalistas
del cristianismo y del judaísmo,
con el apoyo de la extrema derecha
laica, todos tan intolerantes
y fanáticos como los grupos
de fanáticos que usan el
nombre de Alá, del profeta
Mahoma y de la lectura manipulada
de sus libros sagrados, para cometer
y justificar sus barbaries asesinas.
Sí, es la famosa guerra
de civilizaciones iniciando los
trabajos de parto.
Nada a objetar cuanto a la afirmación
de que el racismo y la xenofobia
que imperan em Dinamarca y Holanda
(si comparamos su fuerza y penetración
con los mismos sentimientos existentes
por ejemplo en Suecia y Suiza,
estos dos últimos países
sería considerados un modelo
de tolerancia y convivencia pacífica,
aunque sepamos que están
muy pero muy lejos de serlo) fueron
la mecha que encendió la
hoguera y la razón principal
por la cual tal asunto no desapareció
de la actualidad informativa,
como casi todos los asuntos parecidos.
Y fue ese racismo y esa intolerancia,
bien plantados en la Europa comunitaria,
que sirvieron de caja de Pandora
y de leitmotiv, y no la libertad
de expresión. En este caso,
esa libertad de expresión
está siendo usada y manoseada
para alcanzar fines racistas y
de hegemonía de la cultura
occidental y cristiana sobre la
cultura islámica.
Lluis Foix, un periodista catalán
de La Vanguardia de Barcelona,
escribía hace un par de
dias, que el problema es que Europa
vive como si dios no existiera,
y los musulmanes viven como si
dios existiera. Ese abismo no
es transponible. Ni Europa volverá
a arrodillarse ante un altar,
ni los musulmanes dejarán
de hacerlo.
Como todo judío con memoria,
me niego a olvidar que el nazismo
empezó con algunas caricaturas.
Y mucho me temo que en este conflicto
haya una escalada brutal, aunque
progresiva y selectiva.
Pienso que en este caso en particular,
los que apoyan la publicación
de las caricaturas por un lado,
como los que la condenamos por
el otro, estamos defendiendo la
libertad de expresión,
aunque la entendamos de forma
diversa y hayamos elegido caminos
y armas diferentes.
Solo sabremos a quién le
cupo la razón, cuando podamos
analizar fríamente los
destrozos que tales caricaturas
dejaron sobre el tenue entramado
de las relaciones entre las sociedades
hoy enfrentadas en este pandemónium
en que se transformó el
asunto.
(Tomado de www.argentina.co.il)
Fuente: Bruno Kampel/
El
portal de los argentinos en Israel
02/06/2006
|