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Por Bruno Kampel
bkampel@home.se
Estocolmo/ Suecia
Yo aprendí que mi patria
no es un escenario tapizado con
banderas, decorado con escarapelas
o trabajados escudos.
Yo aprendí que mi patria
no es una ideología unilateral
o una filosofía integral
o una tomografía visceral.
Yo aprendí que en el mapa
de mi patria no caben ni cuarteles
ni traidores ni profetas.
Yo aprendí que mi patria
es algo más que un trapo
con un sol o con cincuenta estrellas
en cuyo nombre mueren siempre
los más pobres, los más
negros, los más indios,
mientras los otros engalanan con
banderas de todos los colores
sus balcones, sus jardines, sus
orgullos.
Yo aprendí que en mi patria
caben todos menos sus verdugos,
porque ellos viven al acecho para
hacerse con las riendas, sea a
gritos o a discursos, sea a tiros
o a mentiras, sea a fraudes o
cruentas cuarteladas..
Yo aprendí que mi patria
no es un himno sino todo menos
eso, porque al compás de
sus acordes se mata sin derecho
y se muere sin motivo.
Yo aprendí que mi patria
ni siquiera es fiel reflejo de
su Historia, porque el pasado
es una verdad a medias - que es
la peor de todas las mentiras
- que se cuenta según el
mirar y el pensar de quien la
haga.
Yo aprendí que mi patria
es un pequeño gran espacio
de libertad ocupado por gente
como la gente, cuyo diario trajín
resulta en un país en el
que cabe casi todo menos la prepotencia
de los que intentan definirla
a su gusto y adueñarse
del derecho de decidir quién
es o no parte de ella.
Yo aprendí que la otra
patria que no es mía -
cuya geografía es resultado
de luchas a lo largo de los siglos
- necesita soldados que requieren
fusiles y un teniente que los
dirija, y ese teniente necesita
superiores que lo instruyan y
una carrera militar que lo forme
y un futuro que le ofrezca como
señuelo el generalato en
la meta de llegada. Y así
es que esa patria que no es la
mía tiene que parir a un
ejército que precisa tanques
y aviones y regimientos y héroes,
y entonces el sudado dinero de
la gente no más se destina
a hospitales o escuelas, a libros
o medicinas, sino a la compra
de modernos aviones de combate
o a pagar la factura de la fábrica
norteamericana de cañones
y de bombas cada vez más
inteligentes.
Pero eso no es todo. Yo aprendí
que esa patria que no es la mía
necesita una estructura burocrática
para recaudar impuestos e imponer
conductas, y así es que
surgen los gobiernos hambrientos
de poder y de gloria, y la cuenta
del banquete es la gente que no
come quien la paga.
Yo aprendí que mi patria
es mi idioma, mis circunstancias,
mi entorno, en el que caben no
más que un par de amigos
verdaderos, treinta y tres parientes,
ciento setenta y ocho conocidos,
un territorio de ocho o nueve
manzanas, algunos edificios y
paisajes, un par de árboles
con sus gorriones, una plaza y
sus palomas mariposas y jazmines,
una niñez llena de misterios
y de risas y de amigos, un ayer
en el que no pueden faltar terrazas
y ventanas pobladas por macetas
cargadas de malvones, y también
las impresiones digitales que
los días y sus noches van
imprimiendo en nuestro registro
sensitivo.
Yo aprendí que mi patria
no tiene patria, porque es un
temblor en el alma, un callar
de emoción, un poema insonoro,
un silencio de felicidad, un mutismo
de alegría, un discurso
sin palabras, un amor sin receta,
un ser parte de un todo que es
parte de cada uno.
Yo aprendí que en mi patria
no hay héroes que merezcan
monumentos, a no ser los pobres
explotados, los niños sin
futuro, los tantos sin siquiera
un nombre y apellido.
Yo aprendí que en mi patria
no cabe ninguna patria que se
aprenda en el colegio, ninguna
patria que se enseñe en
los templos religiosos, ninguna
patria que se imparta en los cuarteles,
ninguna patria que se venda en
los kioscos, ninguna patria que
cotice en la Bolsa de Comercio.
Yo aprendí que no importa
dónde uno haya nacido,
o que haya vivido desparramado
por cuatrocientos setenta continentes.
Yo aprendí que uno es
quien elige a su patria y no la
patria quien lo elige a uno.
Sí, yo aprendí
a decidir hora por hora, día
a día, sueño sobre
sueño, agonía tras
agonía, esperanza a esperanza,
lágrima con lágrima,
que mi patria es la vida y sus
actores, que mi patria es la gente
y sus fronteras, que mis brazos
son la patria de todos mis abrazos,
y mis manos la patria de todas
mis caricias.
Aprendí que soy ella,
porque yo la he inventado en mi
conciencia, porque yo la he elegido
en mis cabales, porque yo la he
aceptado en mis entrañas,
porque sí, porque soy el
padre y el hijo de mi patria.
Esa es la patria en la que soy
el cacique y el indio, el general
y el soldado, el producto y el
factor, un verdadero ciudadano
de primera. Esa es mi patria.
Esa es mi única patria.
La otra, no es ni patria ni mía.
Pobre de nosotros si dejamos
que los fabricantes de la desdicha
nos roben el derecho a la utopía
y a soñar y a vivir la
patria que más nos guste.
© Bruno Kampel
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