Era sábado. Una noche
mallorquina excepcionalmente
calurosa que no me ayudaba a
dormir, aunque finalmente la
convencí, y así
pude intentar soñar con
los angelitos, o en buen castellano,
a dormir las merecidas 8 horas
que tengo asignadas en la libreta
del Tiempo.
Como ven, nada digno de ser
contado, no fuera por el hecho
de que caí víctima
de un extraño y hermosísimo
sueño erótico,
y como de egoísta no
tengo ni un pelo, se los cuento
en pocas y simples palabras
para que capten el sentido del
sinsentido que se esconde bajo
la superficie de las letras
y de las frases.
Estaba solo en mi cama, como
de costumbre en los últimos
meses. Mejor dicho, casi solo,
porque de repente el calor me
miró de reojo y de un
guiño me invitó
a desnudarme, y acepté
sin chistar. Esclavo amaestrado
de una soledad vitalicia que
me acompaña día
y noche, opté por encender
la tele para que las voces y
figuras que ella fabrica a destajo
me permitieran hacer de cuenta
que estaba acompañado.
Fui cambiando automáticamente
de canal sin mirar fijamente
ni escuchar atentamente. El
calor me humedecía de
punta a punta y me pegaba a
la sábana como si fuera
mi propia piel.
La oscuridad de la habitación
era violada por el reflejo de
luz que la tele escupía,
y yo, sin quererlo ni pedirlo,
sintonicé un canal que
mostraba escenas bastante, como
decir… inauditas e interesantes.
Como quien no quiere la cosa
aumenté el volumen para
tratar de entender las palabras
que pronunciaban mientras hacían
lo que hacían.
Y bueno, qué más
puedo contarles… Eran dos hombres,
pero poco a poco las imágenes
que mostraban esos gestos que
decían todo, me iban
atrapando, y las palabras que
acariciaban mis oídos
me hacían sudar de emoción.
Para que sepan y se rían
o me envidien, en el momento
en que los dos se abrazaron
como si no quisieran separarse
jamás, yo alcancé
el clímax y el orgasmo
solitario más intenso
e interminable de toda mi vida.
Ahora que escribo y lo recuerdo,
otra vez me siento activado.
Lástima que todo no pasó
de ser un sueño erótico,
aunque se tratara de una ceremonia
protocolar. Sí, para
que sepan hasta el último
detalle, el sueño reflejaba
el encuentro en el que el primer
ministro de Israel y el líder
palestino firmaban la paz definitiva
entre ambos pueblos.
Como dije antes, un sueño
verdaderamente erótico.
La primera vez que dos hombres
me arrastraron hasta la mismísima
puerta del Nirvana.
Cuando desperté, lo
primero que hice fue leer los
titulares de la prensa, que
sin importarles un rábano
mi sueño erótico,
me avisaban que mientras yo
tocaba el cielo, un suicida
palestino se explotó
en una fiesta infantil en Tel
Aviv, y que el ejército
de Israel bombardeó dos
escuelas primarias en Yenín
o viceversa cuando yo me despertaba.
Bueno, contado está.
El que no me crea no sabe lo
que significa la Paz para los
pueblos de Palestina e Israel.
Espero que ésta y todas
las noches, sueñen sueños
que al despertar sean una dulce
y palpable realidad, y no un
traicionero pinchazo en el globo
de la esperanza, como fue el
anticlímax que cabo de
contarles.
Bruno Kampel – Suecia