Suecia - Estocolmo


EROPA
La zozobra del socialismo
Por Bruno Kampel
bkampel@home.se
Estocolmo/ Suecia

Europa se está inclinando muy peligrosamente hacia la derecha, así lo afirman los principales titulares del día a día, y hay que confesar que no mienten. Dinamarca, Austria y Alemania; Italia de Berlusconi y Fini; Holanda de los herederos de Fortuyn; la España subterránea de Aznar intentando desestabilizar con su franquismo vestido con los disfraces de una seudo democracia al gobierno socialista; y los gobiernos de algunos “landers” alemanes; y Portugal que acaba de revertir su voto hasta hace poco mayoritariamente de izquierda, ya están – directa o indirectamente - gestionando los dineros públicos de acuerdo con el Manual del más salvaje de los liberalismos, transformando conquistas sociales en papel mojado, y usando con maestría los medios de comunicación para crear cortinas de humo, fabricando enemigos mortales que les faciliten la imposición del pensamiento único, el tal que “nos protege”, bastando, para que eso ocurra, con reducir la “excesiva” libertad individual y construir una mayor y omnipotente y omnipresente realidad virtual que tenga – en la identificación y estigmatización de los que a ella se oponen - la base simplista pero electoralmente efectiva del avance progresivo del nuevo fascismo cibernético, militarizando el pensamiento, jerarquizándolo de arriba para abajo, suprimiendo todo que no sea blanco (ellos) o negro (los otros).

Europa está volcándose a la derecha, garantizan los analistas políticos, y debemos reconocer que dicen la verdad. La peor, la más dolorosa y definitiva prueba de que no mienten es la comprobación de que la izquierda europea – incluida la sueca - también está volcándose a la derecha.

La Inglaterra del “izquierdista” Tony Blair recorta derechos ciudadanos a mansalva, mientras el resto de Europa mira para otro lado. Sí, para el mismo lado que mira la izquierda europea – Suecia incluida - cuando escucha el discurso xenófobo del gobierno de Dinamarca, y de Austria y de Italia. Para el mismísimo lugar que mira el socialismo europeo – incluido el sueco - cuando Le Pen dice lo que dice y Berlusconi propone lo que propone y Bush & Blair hacen lo que quieren.

La fórmula por la cual la derecha conquista espacios es antigua, pero sigue rindiendo beneficios. Primero acapara los principales medios de comunicación (empezando por los servicios públicos de radio y TV donde los haya). Después instaura su modelo económico, ése que concede privilegios al capital frente al trabajo, y la mezcla resultante necesariamente conduce al adelgazamiento del poder de comparar y de comprar de los trabajadores; al aumento del índice del desempleo; a la violación cada vez menos disfrazada de los contratos colectivos de trabajo, ya sea por mano de la robotización de las líneas de producción - cuya finalidad es sustituir la mano de obra de carne y hueso a la que hay que pagarle todos los meses, por programas informáticos que cuestan solamente una vez - o por vía de los recortes de las conquistas sociales obtenidas por los trabajadores durante el siglo XX, aumentando desproporcionadamente los contratos temporales de trabajo o reduciendo de forma drástica los derechos sociales adquiridos a lo largo de la Historia.

La globalización, esa fórmula mágica que mundializa los precios pero no la paga mensual; que abre los mercados para los productos oriundos de países industrializados pero crea barreras aduaneras para los productos originarios de los países más pobres, es la antítesis de la globalización tal cual la definen los diccionarios, ya que en última instancia lo que realmente hace es concentrar en la mano de pocas empresas con domicilio fiscal y legal en poquísimos y conocidísimos países – Suecia incluida - la propiedad de los grandes medios de producción, lo que propicia que en esos pocos países suba el nivel de vida de las clases media y alta, mientras que en los otros la miseria se alastra imparable desde el centro hacia la base de la pirámide social, porque los sueldos percibidos por los integrantes de los estratos inferiores de la clase media pierden peso específico y transforman a quienes dependen de ellos en clase pobre, y los pobres, que poco podían antes, pierden ese casi nada y pasan a engrosar el colectivo de los miserables, que víctimas de la desesperanza se hunden aún más en la imposibilidad de proveer a sus dependientes el mínimo alimento indispensable para poder sobrevivir dignamente.

El “aburguesamiento” de los ideales de izquierda, promovido en la Europa Occidental – Suecia en primera línea - por líderes “socialistas” a cada año mejor vestidos, dirigiendo coches cada vez más potentes, viviendo en casas cada vez más elegantes, pero cada vez menos socialistas tanto en el hacer como en el decir, no empezó con los acontecimientos del 11 de septiembre.

Ella – la izquierda europea en general - se encontraba dentro de un proceso de depauperación programática que la fue degradando ideológicamente hasta el punto en que era y es difícil diferenciar izquierda de derecha cuando se analiza con profundidad, ya que mientras la derecha europea adoptó un discurso populista y optó por conquistar el poder a cualquier precio, la izquierda – en pocas oportunidades con su tímida protesta, en más con su aullante silencio, y en muchas más veces con su complicidad - sirvió de trampolín para que finalmente ocurriera lo inimaginable: la derecha hablando en nombre de los trabajadores.

Un factor importantísimo de la pérdida de credibilidad de la izquierda europea, fue y es la forma esdrújula que usó y continúa usando para definir y enfrentar el controvertido problema de la inmigración, y eso a pesar de que en la Europa rica no es difícil - dado el bajísimo índice de natalidad - justificar la entrada de grandes contingentes de inmigrantes.

La izquierda europea – y Suecia no es una excepción ni mucho menos - arrastrada por la sistemática presión de los principales medios que están monolíticamente controlados por los tentáculos económicos de la mundialización, cayó en la más cruel de las emboscadas, que es, ni más ni menos, quedarse sin discurso, porque con miedo de decir que defiende la inmigración y con ello perder votos y consecuentemente representatividad parlamentaria, cerró la boca, concordando así por omisión con el mensaje xenófobo y no pocas veces racista de ciertas parcelas de la derecha europea, y ésta, aprovechándose de la apatía inoperante de la izquierda sin rumbo ni programa ni discurso, radicalizó sus posiciones hasta que éstas germinaron y de ellas fructificaron los Heider y Le Pen y Fortuyn y Fini y Aznar et cætera.

Esa encrucijada - no podemos olvidarlo - no nace por generación espontánea, pues tiene fundamento y raíces.

La inmigración que llamó y llama a las puertas de la Europa comunitaria (o que entró y entra por la puerta trasera, sin permiso), se compone fundamentalmente de ciudadanos de la África negra, del Magreb y de Medio Oriente por un lado, y de europeos de baja extracción social, oriundos de la zona de los Balcanes y demás países que hasta no hace mucho tiempo eran satélites de la Unión Soviética por el otro, significando esa particularidad que la inmigración llegó y llega con un equipaje cargado de realidades que “dificultan” su integración, como puede ser el color de la piel, la fe musulmana, la falta de especialización profesional y la pobreza material.

Con el color de la piel encienden la llama del racismo enraizado en los subterráneos genéticos de la cultura europea. Con la fe en el Corán levantan contra sí al Cristianismo en todas sus variantes - hasta no hace mucho tiempo mayoritario y dominante, casi monopolista, y con la falta de especialización profesional y la pobreza material asustan a las clases más desfavorecidas, ésas que siempre engrosaron las filas de la izquierda hasta que la inmigración llegó y "amenazó" y "amenaza" directamente con apropiarse de sus fuentes de trabajo, porque inescrupulosos patrones de derecha de no pocos países europeos - y Suecia es uno de ellos - usan la mano de obra indocumentada para reducir costos, ya que estos inmigrantes sin papeles aceptan recibir menos que los nacionales por el mismo trabajo, porque la alternativa a ese trabajo casi esclavo es morirse de hambre, y ni siquiera reciben la cobertura social obligatoria en los países de la Europa Comunitaria. Y eso ocurre – claro - con el beneplácito de los gobiernos de turno; unos por acción, y otros por omisión.

Ante un cuadro como ese, que muestra a una izquierda esclerosada y en estado comatoso, el enfermo – en este caso el socialismo europeo, Suecia incluida - tiene un repto crucial que debe enfrentar con ideas claras, proyectos viables, y mucha, muchísima astucia política, para poder superar el bajón y volver a ser un actor predominante sobre el escenario de la política comunitaria.

Ha llegado la hora de modernizar la izquierda en Europa, dando un paradójico paso hacia atrás. Sí, volviendo a los comités de barrio; a la prensa alternativa; a la denuncia sistemática de las violaciones de los derechos sociales; a los piquetes en las puertas de las fábricas; a las campañas para mejorar la situación de los inmigrantes; a la promoción de encuentros de colectivos de inmigrantes e indocumentados con grupos de trabajadores nacionales; al refuerzo de la actuación sindical dentro de los locales de trabajo; a la defensa sin fisuras ni excepciones de los derechos humanos de todos los humanos.

También ha llegado la hora de modernizar el componente humano de la izquierda europea, dando otro paso hacia atrás. Sí, volviendo a elegir dirigentes hechos a la medida de los programas, y no lo contrario como ocurre en los últimos muchos años. Líderes que deban obediencia a los principios, y no principios elaborados al gusto y capricho de ellos.

La derecha es hoy ni más ni menos que lo que la izquierda le permitió ser. Urge recuperar las riendas del Humanismo progresista, asumiendo la responsabilidad que ser izquierdista nos impone, o – en caso contrario – no nos quedará más remedio que clausurar la esperanza, declararnos en quiebra moral, y exhalar el último suspiro.

“publicado en www.elcorreo.eu.org y actualizado por el autor para Estocolmo.se

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