Europa
se está inclinando muy
peligrosamente hacia la derecha,
así lo afirman los principales
titulares del día a día,
y hay que confesar que no mienten.
Dinamarca, Austria y Alemania;
Italia de Berlusconi y Fini;
Holanda de los herederos de
Fortuyn; la España subterránea
de Aznar intentando desestabilizar
con su franquismo vestido con
los disfraces de una seudo democracia
al gobierno socialista; y los
gobiernos de algunos “landers”
alemanes; y Portugal que acaba
de revertir su voto hasta hace
poco mayoritariamente de izquierda,
ya están – directa o
indirectamente - gestionando
los dineros públicos
de acuerdo con el Manual del
más salvaje de los liberalismos,
transformando conquistas sociales
en papel mojado, y usando con
maestría los medios de
comunicación para crear
cortinas de humo, fabricando
enemigos mortales que les faciliten
la imposición del pensamiento
único, el tal que “nos
protege”, bastando, para que
eso ocurra, con reducir la “excesiva”
libertad individual y construir
una mayor y omnipotente y omnipresente
realidad virtual que tenga –
en la identificación
y estigmatización de
los que a ella se oponen - la
base simplista pero electoralmente
efectiva del avance progresivo
del nuevo fascismo cibernético,
militarizando el pensamiento,
jerarquizándolo de arriba
para abajo, suprimiendo todo
que no sea blanco (ellos) o
negro (los otros).
Europa está volcándose
a la derecha, garantizan los
analistas políticos,
y debemos reconocer que dicen
la verdad. La peor, la más
dolorosa y definitiva prueba
de que no mienten es la comprobación
de que la izquierda europea
– incluida la sueca - también
está volcándose
a la derecha.
La Inglaterra del “izquierdista”
Tony Blair recorta derechos
ciudadanos a mansalva, mientras
el resto de Europa mira para
otro lado. Sí, para el
mismo lado que mira la izquierda
europea – Suecia incluida -
cuando escucha el discurso xenófobo
del gobierno de Dinamarca, y
de Austria y de Italia. Para
el mismísimo lugar que
mira el socialismo europeo –
incluido el sueco - cuando Le
Pen dice lo que dice y Berlusconi
propone lo que propone y Bush
& Blair hacen lo que quieren.
La fórmula por la cual
la derecha conquista espacios
es antigua, pero sigue rindiendo
beneficios. Primero acapara
los principales medios de comunicación
(empezando por los servicios
públicos de radio y TV
donde los haya). Después
instaura su modelo económico,
ése que concede privilegios
al capital frente al trabajo,
y la mezcla resultante necesariamente
conduce al adelgazamiento del
poder de comparar y de comprar
de los trabajadores; al aumento
del índice del desempleo;
a la violación cada vez
menos disfrazada de los contratos
colectivos de trabajo, ya sea
por mano de la robotización
de las líneas de producción
- cuya finalidad es sustituir
la mano de obra de carne y hueso
a la que hay que pagarle todos
los meses, por programas informáticos
que cuestan solamente una vez
- o por vía de los recortes
de las conquistas sociales obtenidas
por los trabajadores durante
el siglo XX, aumentando desproporcionadamente
los contratos temporales de
trabajo o reduciendo de forma
drástica los derechos
sociales adquiridos a lo largo
de la Historia.
La globalización, esa
fórmula mágica
que mundializa los precios pero
no la paga mensual; que abre
los mercados para los productos
oriundos de países industrializados
pero crea barreras aduaneras
para los productos originarios
de los países más
pobres, es la antítesis
de la globalización tal
cual la definen los diccionarios,
ya que en última instancia
lo que realmente hace es concentrar
en la mano de pocas empresas
con domicilio fiscal y legal
en poquísimos y conocidísimos
países – Suecia incluida
- la propiedad de los grandes
medios de producción,
lo que propicia que en esos
pocos países suba el
nivel de vida de las clases
media y alta, mientras que en
los otros la miseria se alastra
imparable desde el centro hacia
la base de la pirámide
social, porque los sueldos percibidos
por los integrantes de los estratos
inferiores de la clase media
pierden peso específico
y transforman a quienes dependen
de ellos en clase pobre, y los
pobres, que poco podían
antes, pierden ese casi nada
y pasan a engrosar el colectivo
de los miserables, que víctimas
de la desesperanza se hunden
aún más en la
imposibilidad de proveer a sus
dependientes el mínimo
alimento indispensable para
poder sobrevivir dignamente.
El “aburguesamiento” de los
ideales de izquierda, promovido
en la Europa Occidental – Suecia
en primera línea - por
líderes “socialistas”
a cada año mejor vestidos,
dirigiendo coches cada vez más
potentes, viviendo en casas
cada vez más elegantes,
pero cada vez menos socialistas
tanto en el hacer como en el
decir, no empezó con
los acontecimientos del 11 de
septiembre.
Ella – la izquierda europea
en general - se encontraba dentro
de un proceso de depauperación
programática que la fue
degradando ideológicamente
hasta el punto en que era y
es difícil diferenciar
izquierda de derecha cuando
se analiza con profundidad,
ya que mientras la derecha europea
adoptó un discurso populista
y optó por conquistar
el poder a cualquier precio,
la izquierda – en pocas oportunidades
con su tímida protesta,
en más con su aullante
silencio, y en muchas más
veces con su complicidad - sirvió
de trampolín para que
finalmente ocurriera lo inimaginable:
la derecha hablando en nombre
de los trabajadores.
Un factor importantísimo
de la pérdida de credibilidad
de la izquierda europea, fue
y es la forma esdrújula
que usó y continúa
usando para definir y enfrentar
el controvertido problema de
la inmigración, y eso
a pesar de que en la Europa
rica no es difícil -
dado el bajísimo índice
de natalidad - justificar la
entrada de grandes contingentes
de inmigrantes.
La izquierda europea – y Suecia
no es una excepción ni
mucho menos - arrastrada por
la sistemática presión
de los principales medios que
están monolíticamente
controlados por los tentáculos
económicos de la mundialización,
cayó en la más
cruel de las emboscadas, que
es, ni más ni menos,
quedarse sin discurso, porque
con miedo de decir que defiende
la inmigración y con
ello perder votos y consecuentemente
representatividad parlamentaria,
cerró la boca, concordando
así por omisión
con el mensaje xenófobo
y no pocas veces racista de
ciertas parcelas de la derecha
europea, y ésta, aprovechándose
de la apatía inoperante
de la izquierda sin rumbo ni
programa ni discurso, radicalizó
sus posiciones hasta que éstas
germinaron y de ellas fructificaron
los Heider y Le Pen y Fortuyn
y Fini y Aznar et cætera.
Esa encrucijada - no podemos
olvidarlo - no nace por generación
espontánea, pues tiene
fundamento y raíces.
La inmigración que llamó
y llama a las puertas de la
Europa comunitaria (o que entró
y entra por la puerta trasera,
sin permiso), se compone fundamentalmente
de ciudadanos de la África
negra, del Magreb y de Medio
Oriente por un lado, y de europeos
de baja extracción social,
oriundos de la zona de los Balcanes
y demás países
que hasta no hace mucho tiempo
eran satélites de la
Unión Soviética
por el otro, significando esa
particularidad que la inmigración
llegó y llega con un
equipaje cargado de realidades
que “dificultan” su integración,
como puede ser el color de la
piel, la fe musulmana, la falta
de especialización profesional
y la pobreza material.
Con el color de la piel encienden
la llama del racismo enraizado
en los subterráneos genéticos
de la cultura europea. Con la
fe en el Corán levantan
contra sí al Cristianismo
en todas sus variantes - hasta
no hace mucho tiempo mayoritario
y dominante, casi monopolista,
y con la falta de especialización
profesional y la pobreza material
asustan a las clases más
desfavorecidas, ésas
que siempre engrosaron las filas
de la izquierda hasta que la
inmigración llegó
y "amenazó"
y "amenaza" directamente
con apropiarse de sus fuentes
de trabajo, porque inescrupulosos
patrones de derecha de no pocos
países europeos - y Suecia
es uno de ellos - usan la mano
de obra indocumentada para reducir
costos, ya que estos inmigrantes
sin papeles aceptan recibir
menos que los nacionales por
el mismo trabajo, porque la
alternativa a ese trabajo casi
esclavo es morirse de hambre,
y ni siquiera reciben la cobertura
social obligatoria en los países
de la Europa Comunitaria. Y
eso ocurre – claro - con el
beneplácito de los gobiernos
de turno; unos por acción,
y otros por omisión.
Ante un cuadro como ese, que
muestra a una izquierda esclerosada
y en estado comatoso, el enfermo
– en este caso el socialismo
europeo, Suecia incluida - tiene
un repto crucial que debe enfrentar
con ideas claras, proyectos
viables, y mucha, muchísima
astucia política, para
poder superar el bajón
y volver a ser un actor predominante
sobre el escenario de la política
comunitaria.
Ha llegado la hora de modernizar
la izquierda en Europa, dando
un paradójico paso hacia
atrás. Sí, volviendo
a los comités de barrio;
a la prensa alternativa; a la
denuncia sistemática
de las violaciones de los derechos
sociales; a los piquetes en
las puertas de las fábricas;
a las campañas para mejorar
la situación de los inmigrantes;
a la promoción de encuentros
de colectivos de inmigrantes
e indocumentados con grupos
de trabajadores nacionales;
al refuerzo de la actuación
sindical dentro de los locales
de trabajo; a la defensa sin
fisuras ni excepciones de los
derechos humanos de todos los
humanos.
También ha llegado la
hora de modernizar el componente
humano de la izquierda europea,
dando otro paso hacia atrás.
Sí, volviendo a elegir
dirigentes hechos a la medida
de los programas, y no lo contrario
como ocurre en los últimos
muchos años. Líderes
que deban obediencia a los principios,
y no principios elaborados al
gusto y capricho de ellos.
La derecha es hoy ni más
ni menos que lo que la izquierda
le permitió ser. Urge
recuperar las riendas del Humanismo
progresista, asumiendo la responsabilidad
que ser izquierdista nos impone,
o – en caso contrario – no nos
quedará más remedio
que clausurar la esperanza,
declararnos en quiebra moral,
y exhalar el último suspiro.
“publicado en www.elcorreo.eu.org
y actualizado por el autor para
Estocolmo.se