Mientras Ortiz-Venegas escribe
sobre lo que dice la izquierda
(proclamas, programas, consignas,
ideario), yo relato lo que hace
la izquierda. Esa dicotomía
es una característica
peculiar a la Política
y al Análisis político,
sea en Suecia o en Viña
del Mar, en Bogotá o
en Barcelona: el político
inventa una realidad en la que
quepa su discurso y no al revés,
y el analista trabaja sobre
la realidad para detectar y
mostrar el divorcio entre los
dichos y los hechos, y no al
revés.
Mientras Ortiz-Venegas se vale
de poquísimas palabras
para excluir de la izquierda
“verdadera” a los millones de
trabajadores ingleses que lo
votaron a Blair y suecos que
apoyaron a Persson y europeos
en general, “patrimonializando”
la titularidad de dicha ideología
en manos de minorías
activas pero improductivas,
yo respeto a todos los izquierdistas,
incluídos los que gobiernos
como el de Blair y Persson y
Zapatero manosean a través
del uso y mal uso del Poder,
y lo hago apuntando a los espacios
donde los discursos suplantan
a los hechos, generando una
imagen digna de un espejo de
parque de diversiones y no un
reflejo fiel de la realidad.
El artículo al que contesto
ahora es una prueba cabal de
lo que digo: parole…parole…parole…
Mientras Ortiz-Venegas intenta
transformar una realidad virtual
dentro de la cual “su” izquierda
sueca “hace” lo que de hecho
la izquierda en general dejó
de hacer palulatinamente desde
mediados de los 80, en una incuestionable
realidad “de carne y hueso”,
yo insisto en desmitificar esa
virtualidad sin fondo ni forma,
porque ella se compone de verdades
a medias y gruesas falsedades.
Mientras la dirigencia izquierdista/socialista/social-demócrata
se emborrache en los bares de
moda todos los fines de semana,
y vaya al teatro cuando un tsunami
barra del mapa a cientos de
suecos, y continúe desunida,
fraccionada, atomizada en partículas
sin peso específico en
el parlamento, y cuando gracias
a su “nihil obstat” sigan violentando
todas las leyes internacionales,
embarcando sin decisión
judicial a niños apáticos
y despachados hacia un destino
incierto, poco o nada podrá
hacer la izquierda para salir
del atolladero al que nos condujo.
La vida tatuó sobre
mi memoria una lección
que jamás olvidaré
y que la resumo en pocas palabras:
En campaña electoral,
vale lo que se dice y no lo
que se hace, pero en el resto
del tiempo, que es casi todo
el tiempo, vale lo que se hace
y no lo que se dice. Y es sobre
ese hacer que discurro, y no
sobre el decir, que como todos
sabemos, a las palabras y a
las promesas el viento se las
lleva.
Termino diciendo que acompaño
par y paso la realidad sueca
desde 1976. Conozco los detalles,
los altibajos, los personajes,
los matices cambiantes dentro
de la ideología del socialismo
sueco. Tengo argumentos de peso
con los cuales probar el desbarranque
ético del liderazgo de
la izquierda (podría
hablar de la derecha, pero no
lo hago por dos razones: porque
no conozco al detalle su decálogo
ético, y porque a mí
lo que realmente me importa
es la izquierda).
Lo que no me permito, ni le
permito a nadie, es transformar
mi discurso en un alegato contra
Suecia, ya que se trata de todo
lo contrario, o sea, de mostrar
lo que a mi juicio debe hacerse
para que este país vuelva
a ser un ejemplo – como lo fue
no hacen muchos años
– y no uno más del montón,
como lo perciben muchos en el
presente.
Me despido reiterando que el
problema no es la ideología,
sino las personas encargadas
de implementarla, porque la
falla reside en un sistema de
prioridades a mi juicio completamente
equivocado.
Kafka, el pobre, no tenía
la más mínima
idea de lo que es realmente
el poder de la burocracia.
© Bruno Kampel