12 de Diciembre 2006
¡Qué experiencia la que estamos viviendo hoy!
Es una mezcla
de tiempos y de espacios concentrados aquí. Es el tiempo
de una hija con sus primeras sonrisas y preguntas. Es la hora
de la joven esposa, quizás con el último te quiero
en la voz. Es la hermana mayor o menor, con su consejo o su juego.
Es la amiga entrañable, una prima querida. Es la madre
que se eternizó, simplemente por todo. Desde qué
ventana, de cuál casa, en qué ciudad del país
o de otro país, vino la luz que te recuerda su mirada la
primera vez o la última vez. Sin embargo, hoy sólo
puede ser hoy, y este lugar es sólo aquí.
Son las memorias de estas mujeres, desaparecidas, ejecutadas,
que traspasan el tiempo buscando un sitio, y ese sitio es la historia.
Porque las memorias, como hecho normal en nuestras vidas, se
van configurando con las pequeñas y grandes cosas que hacemos
cotidianamente, con los sentimientos y emociones que poseemos
como seres humanos, con los sentidos, que nos permiten nombrar
y comprender nuestra vida y su entorno.
Pero estas memorias, estas particulares memorias, son especiales,
porque tienen una parte que no es humanamente comprensible. El
grito que salió desde lo más hondo, preguntando
¡¿por qué?! o ¡¿dónde
están?! y cuya respuesta, más de una vez ha sido
verdad mentida, justicia cómplice, no encuentra paz.
La historia, esa historia que nos negó siempre y que, sin
embargo, las propias mujeres nos encargamos de develar, ya consignó
las grandes batallas que libraron las mujeres de fines del siglo
XIX y comienzos del XX, junto a los obreros del salitre, del carbón,
de ferrocarriles, por mejores condiciones de vida. Las luchas
de las mujeres por el acceso a la educación superior y
por el derecho a voto.
La historia, también nos recuerda la difícil integración
de las mujeres a los partidos políticos en los años
50, esas mujeres que traían el impulso de haber conquistado
el derecho a elegir, pero se les mezquinaba el derecho a ser elegidas.
Pasaron décadas, en que ni siquiera fuimos minoría
en los cargos de decisión política. Una mujer en
instancias de decisión era siempre una excepción.
Y ahora, hemos elegido a una mujer, Presidenta de Chile.
Cómo no vivir nuevamente el recuerdo del vigoroso movimiento
de mujeres que emergió durante la dictadura militar; las
infatigables jornadas de organización y movilización,
en que lográbamos unirnos mujeres de tan distinta procedencia
social y tendencias políticas.
Ese movimiento que tenía rostros y pasión: de mujeres
que buscaban a sus familiares entre los detenidos; de mujeres
que suplieron con creatividad y dignidad los recursos para el
sustento diario; de las que se organizaron, por razones éticas,
religiosas, ideológicas o políticas para la defensa
de los derechos humanos y la recuperación democrática;
de las detenidas, torturadas, exiliadas. De las 118 mujeres que
fueron ejecutadas y las 72 mujeres que permanecen desaparecidas.
Cómo no recordar que recién ahora, en el proceso
de construcción de este Monumento, dos hechos nos remecieron:
Uno, fue que a raíz del Informe Valech, se empezó
a develar el tipo de tortura sufrida por la mayoría de
las mujeres, y omitida en sus relatos por pudor. Supimos que la
represión política tuvo el mismo sello de la violencia
de género contra las mujeres, que sucede tanto en guerras
y dictaduras, como en “tiempos de paz”. A las mujeres se las violó
como forma de tortura, así como en tiempos de paz se viola,
se agrede, se acosa sexualmente, se controla los cuerpos y las
vidas de las mujeres, y a veces se las mata, por el sólo
hecho de serlo.
Partimos denunciando la represión política por
parte de agentes del Estado, y nos encontramos con que ello representó
el sentir de otras mujeres agredidas, antes y ahora, y en cualquier
lugar. Democracia en el país y en la casa, fue la consigna
del Movimiento Feminista chileno que recorrió el mundo
durante la dictadura, y que nos sigue interrogando sobre cuánto
nos queda por hacer todavía.
Otro, fue que cuando nos aprestábamos a sentir orgullo
de que este Monumento fuera el único de su tipo en América
Latina, supimos del femicidio en Ciudad Juárez en México,
y el de Guatemala y el de El Salvador, sin que se supiera cabalmente
quién los cometió. Entonces, nos dimos cuenta que
era el único por la peor de las razones, porque en otros
lugares de América Latina aún no han terminado los
crímenes contra las mujeres, atribuibles al aparato estatal.
Por eso, el Monumento es también para las mujeres latinoamericanas,
para aquellas que estuvieron detenidas junto a nosotras en Villa
Grimaldi, en el Estadio Nacional y otros lugares, para las que
dieron la vida luchando contra la dictadura en nuestro país,
y para todas sus compatriotas, que seguro encontrarán en
él, el espíritu de las luchas que hemos librado
las mujeres por una vida mejor en el Continente.
El Monumento
“Mujeres en la Memoria” es una contribución cultural contra
el olvido, pero trasciende su propio fin, y se convierte en expresión
política de las mujeres, en la memoria que nos impulsa
como colectivo a transformar la sociedad en que vivimos.
Aquí está el espíritu de Nalvia Rosa, de
Cecilia, de Carolina, de todas nuestras Marías, de todas
esas vidas que ya tienen un lugar en nuestro corazón y
que encontrarán un lugar en la historia de Chile.
Aquí está el espíritu de ellas, que nos
legaron tanto, y de quienes decidimos no callar ante la injusticia,
la violencia, la corrupción; las que dicidimos valorarnos
y apoyarnos así nomás tal como somos; las que decidimos
vivir cada día con ganas, para que sepan los que quisieron
doblegarnos que no lo lograron; para que sepan nuestras hijas
e hijos que en gran medida la fuerza y el coraje de las mujeres,
han hecho un poco más democrática, un poco más
libre, un poco más amable la sociedad en que les ha tocado
vivir.
El tirano, que murió traidor, cobarde, asesino y ladrón,
se hará cenizas, mantenidas ocultas o lanzadas en lo desconocido,
porque ya lo saben ellos, no hay ni habrá lugar de descanso
para él.
En cambio aquí, en el sitio más visible, se levanta
un símbolo de los cuerpos desaparecidos, de las vidas segadas
con tanta crueldad. Aquí, justo aquí, donde se cruza
la Carretera Panamericana que recorre nuestro país de Norte
a Sur, y la Alameda Bernardo O’Higgins que lo atraviesa de Cordillera
a Mar.
La Carretera que une a nuestro país… “largo como lazo
de arriero y angosto como catre de pobre”, como dijera nuestro
poeta Pablo de Rocka, y la Alameda, “las grandes Alamedas, por
donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”,
que nos legara Salvador Allende.
Este es un lugar para ustedes queridas compañeras. Un
muro de cristal que nos permite verlas al trasluz de la Historia.
Muchas Gracias
Comité Monumento Mujeres en la Memoria