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Desde el siglo anterior, se impuso la
idea de que la palabra es la solución
de todas las cosas. El diálogo
se confundió con la discusión
y la palabra se convirtió en sinónimo
tiránico de "comunicación".
El silencio fue maldecido. Pocos se plantean
la posibilidad de que el uso de la palabra
pueda ser más útil y efectivo
como veneno que como antídoto,
como tortura que como placer. Ya nadie
recuerda que en algún tiempo "sabiduría"
y "silencio" eran sinónimos.
Ahora, si este extremo asiático
es insostenible en la práctica
y en el pensamiento social, también
debería serlo el extremo occidental
de pretender abusar del recurso de la
palabra. Ambos extremos son el mandala
budista y el afiebrado proselitismo judeocristianomusulán.
No sin paradoja, sigue siendo la palabra
el instrumento para acusar a la palabra,
a su uso indiscriminado. La palabra cura
tanto como mata. La palabra sirve para
comunicar y para incomunicar, para develar
y para ocultar, para liberar y para dominar.
Desde que el psicoanálisis entronó
la palabra a un nivel místico de
curación científica, la
palabra ha sufrido una progresiva devaluación
por inflación. La confesión,
que antes servía, entre otras cosas,
como instrumento de dominación
social a través del terror del
individuo angustiado por el pecado sexual,
renovó su superstición original
de liberación de la culpa. Con
la palabra creó Dios el mundo y
por la palabra perdió la humanidad
el Paraíso. Casi todas las grandes
religiones se basan en el misterio de
la palabra tanto como las filosofías
que se oponen a ellas. Sobre todo, la
palabra escrita se ha convertido hoy en
campo de batalla entre la omnipresencia
del poder y la resistencia del margen,
en una lucha por no sucumbir en un mar
infinito de palabras, producto de la estratégica
inflación del mercado, y la revalorización
de la palabra por algún tipo de
razón: razón crítica,
razón histórica, razón
lógica o razón dialéctica.
Pero la razón nunca es un poder
en sí mismo. De nada sirve razonar
ante un paquidermo, ante el César
o ante alguien que sufre los efectos de
una droga poderosa. La razón no
puede hacer nada sino ante quienes pueden
hacer uso de ella y, además, están
dispuestos a renunciar a la fuerza bruta
de su interés propio. La razón
necesita que la fuerza bruta renuncie
a sus propias posibilidades para realizar
esa otra superstición llamada "la
fuerza de la razón", ya que
la razón no posee ninguna fuerza.
Es falso decir que el teorema de Pitágoras
posee una fuerza incontestable, ya que
basta con que alguien diga que no es verdad
y luego nos de con un palo en la cabeza
para demostrarnos que la razón
no tiene ninguna chance ante la fuerza
bruta, que es la única y verdadera
fuerza. Para que la razón tenga
fuerza como para que una moneda tenga
valor, es necesario que haya alguien más,
aparte del interesado, que lo reconozca.
¿Qué valor tendría
un Picasso en un mundo de ciegos o en
el siglo XVI?
Ahora, ¿qué significa "tomar
conciencia" sino advertir correctamente
cuál elección nos beneficia?
De aquí derivamos a dos posibilidades:
si tomamos la opción de bajarle
con un palo en la cabeza a quien pretende
demostrarnos el teorema de Pitágoras,
porque nos perjudica en las ganancias
de otra fe, estamos actuando en beneficio
propio. En principio, ese acto de barbarie
sería una forma de "tomar
de conciencia". Pero cuando esa conciencia
se amplía, puede surgir otro problema.
Mi acto, a largo plazo, tendrá
efectos negativos. Cuando sea más
viejo y más débil alguien
repetirá, por venganza o por buen
ejemplo, mi acción. Es entonces
que decido no bajarle un palo sobre la
cabeza de mi adversario razonador. Eso
comienza a llamarse "civilismo"
o "cultura de la convivencia"
que, en la tradición bíblica
se conoce como la regla de oro: "no
hagas a los demás lo que no quieres
que te hagan a ti mismo". Pero el
egoísmo sobrevive, nada más
que ahora ha tomado conciencia y se ha
hecho más sutil y sofisticado,
como un buen jugador de ajedrez que es
capaz de sacrificar un peón para
salvar una torre o viceversa, si ese movimiento
incomprensible lleva a su adversario a
un seguro jaque mate.
La primitiva prescripción cristiana
de amar a los demás como a uno
mismo, revela que, al menos como punto
de partida, uno mismo es lo más
importante y lo más amado de uno
mismo. Sin embargo, la prescripción
ya significa un cambio sobre la interesada
"regla de oro" y una promesa
de elevación: por este camino de
renuncias la recompensa por el bien de
un acto será el mismo bien del
acto, hasta que olvidemos el origen egoísta
del amor democrático. El egoísmo
es un valor negativo en cualquier cultura,
excepto en la ideología ultracapitalista:
está bien pisarle la cabeza a nuestra
competencia porque eso favorece al conjunto,
es decir, a nuestra competencia. Si le
bajo un palo al razonador de Pitágoras
le estaría haciendo un bien, ya
que con eso me beneficio personalmente.
Luego podré ejercitar el crédito
de la compasión ofreciéndole
una aspirina.
La idea utópica de algunos revolucionarios
soñadores fue, por mucho tiempo,
la creación de un "hombre
nuevo". En síntesis, este
hombre estaría más allá
de los actos egoístas y de la fiebre
materialista por la cual se mide todo
éxito. Evidentemente fracasaron.
Pero como todo éxito y todo fracaso
humano es siempre relativo. Aquellos soñadores,
que en su desesperada necesidad de agarrarse
de algo concreto se agarraron del marxismo,
fueron derrotados por la fuerza del palo:
el capitalismo demostró ser mejor
productor de bienes materiales, aunque
todavía no haya demostrado ser
mejor productor de bienes morales. Pero
no hay que confundir fracaso con derrota.
El socialismo, y sobre todo esa parodia
de socialismo que eran los países
bajo la órbita de la Unión
Soviética, fueron derrotados por
un sistema mucho más efectivo creando
capitales que, como ya lo sabían
Pericles y Tucídides, es la base
de cualquier triunfo militar. Triunfo
que luego se transforma, por la fuerza
de la repetición, en triunfo moral.
No obstante, la derrota de la utopía
no ha sido un fracaso histórico
ni la utopía era una propuesta
imposible. La mayoría de los Derechos
Humanos de los que se jactan los defensores
del capitalismo no han surgido por el
capitalismo mismo sino a pesar del capitalismo.
La moral siempre viene corriendo detrás
de los sistemas económicos: la
abolición de la esclavitud, los
derechos de la mujer y la educación
universal eran antiguas proposiciones
utópicas que no se impusieron en
la práctica y en el discurso hasta
después de la Revolución
industrial, cuando el sistema exigía
asalariados, más mano de obra en
las industrias y en las oficinas y más
obreros capaces de leer un manual o las
señales de tránsito.
Pero quizás todavía podemos
pensar que los seres humanos somos algo
más que simples máquinas
de producir riquezas y justificarlas con
"valores morales" hechas a su
medida.
En el siglo XX, la fuerza principal de
dominación fue la fuerza de los
ejércitos. El siglo XXI dista mucho
de desembarazarse de esa maldición
surgida en el Neolítico y perfeccionada
en los dos últimos siglos. Sin
embargo, si este lenguaje del poder persiste
y se radicaliza, ello se debe a una reacción
a una creciente fuerza histórica,
durante siglos dormida: la fuerza de los
individuos todavía integrante de
"la masa". Cuando esta fuerza
se radicalice, los ejércitos ya
nada podrán hacer. Hay dos áreas
del tablero que están siendo conquistadas:
los medios de creación de riqueza
material y los medios de comunicación.
La palabra seguirá curando y matando,
pero ya no estará al servicio del
poder de una minoría sedienta de
oro y de sangre.