• Pero
el error de Edwards, Richardson y Clinton
radica en no entender que la política,
especialmente la política norteamericana,
no se mueve según argumentos, razonamientos
o datos. Éstos sólo sirven
para legitimar un deseo popular o una acción
de gobierno. Como lo anotamos en otro ensayo,
son los estados de ánimo el motor
de los electores. Si hay un candidato que
representa una fuerte esperanza de ser o
de estar —motivada
por el miedo o por el cansancio—, más
allá de cualquier realidad, ése
será el vencedor. Si ese candidato
es capaz de hacer volar a sus electores
como Peter Pan en Neverland, no sólo
resultará vencedor, sino que Neverland
terminará por imponerse como el paradigma
de la realidad y el pragmatismo. No hay
nada más poderoso que la imaginación.
Lo mismo ocurrió con el imperio islámico,
movido por una fe radical que habían
perdido los romanos, y con otros imperios,
como el español —al principio inferior
cultural y militarmente al imperio musulmán—
que surgió por la fuerza de la creencia
en su destino celestial, contra los musulmanes
y los aztecas, y cayó por la burocratización
de esa misma fe. Esto será sí
por unas décadas más, hasta
que la sociedad global madure su perfil
multipolar.
"No basta con repetirlo —dijo la
senadora Clinton—; hay que saber hacerlo.
Y para saber quién puede hacerlo
se debe ver la experiencia y el historial
de cada candidato. ("Change is just
a word if you don't have the strength
and experience to actually make it happen.")
La observación iba dirigida, no
sólo con la mirada de un rostro
rígido y sin paciencia, sino por
la repetida alusión al senador
de Illinois, Barack Obama, de no tener
experiencia política necesaria
para gobernar. Obama se mostró
débil en esta oportunidad, con
ideas un poco vagas. Hubiese bastado con
recordar que al ahora atacado presidente
le había sobrado experiencia desde
el principio. A diferencia de John Edwards
que insistió apasionadamente con
cifras sobre la catástrofe del
gobierno del presidente Bush, Obama se
limitó a insistir en los aspectos
positivos de un "nuevo comienzo".
Respondiendo a la senadora Clinton, titubeó
unas palabras que al principio pudieron
sonar "políticamente inconvenientes".
Cuando lo correcto y tradicional es asociarse
al prestigio los "hechos" y
las "acciones", tal vez porque
no tenía la experiencia del gobernador
hispano de Nuevo Mexico, Bill Richardson,
para responder a la senadora, Obama balbuceó
unas palabras que en principio pudieron
sonar débiles, pero que la realidad
de la voluntad popular está confirmando
como su mayor fuerza: "Las
palabras valen —dijo—; con las palabras
se puede cambiar esta realidad".
Esta expresión me recordó
el reciente
libro colectivo de la UNICEF Las
palabras pueden, en el cual fuimos
invitados a participar. Muchas veces insistí,
tal vez por mi doble experiencia de arquitecto
y escritor, que la realidad está
hecha más con palabras que con
ladrillos. Esta afirmación se debía
al aspecto negativo de las palabras organizadas
en las narraciones sociales de una cultura
hegemónica: me refería a
las palabras del poder, a la manipulación
ideológica, a lo "políticamente
correcto", a los clichés,
a los ideoléxicos, etc. Sin embargo,
por otro lado, podemos ver su aspecto
positivo o, al menos, optimista: con las
palabras se puede cambiar el mundo. Es
demasiado optimista pero no del todo utópico.
Esta confianza en las palabras puede ser
más propia de nuestro amigo Eduardo
Galeano, pero nunca pensamos escucharla
en un candidato serio a la presidencia
de Estados Unidos en su sentido de cambio,
de (tibia) rebelión. Primero por
la historia político partidaria
y geopolítica de este país.
Luego por la excesiva confianza de la
cultura angloamericana en los "hechos"
y su menosprecio por las "palabras",
las ideas y todo lo que proceda del lado
intelectual del ser humano.
Estados Unidos está a un paso
de un cambio significativo. Como previmos,
este cambio, en medio de una marea conservadora
que lleva treinta años, puede producirse
en la próxima década. Y
este es el año crucial.
Lo más probable es que un candidato
demócrata se lleve la presidencia.
Hace cuatro años pensé que
sería una mujer, Hillary. Como
es casi la norma, una mujer hija o esposa
de algún prestigioso exgobernante,
como ha sido la norma hasta ahora. Desde
hace un buen tiempo pensamos que ese presidente
puede ser Obama. Aunque el poder destruye
cualquier cambio significativo, podemos
pensar que de todos los candidatos, salvo
el disidente republicano Ron Paul —con
un sorprendente apoyo que casi iguala
al obtenido por Rudy Giuliani, pero lejos
de llegar a la presidencia—, Barack Obama
es quien mejor representa ese posible
cambio y, más, es quien mejor está
habilitado para encarnarlo. No a pesar
de su escasa experiencia, sino por eso
mismo.
Barack Hussein Obama parece ser un candidato
marcado por un fuerte y hasta paradójico
simbolismo. Su nombre no lo beneficia,
a no ser por una radical interpretación
psicoanalítica (que también
se dio en la Reconquista ibérica):
recuerda fonéticamente tres veces
a personajes musulmanes, un presidente,
un dictador y la obsesión número
uno de este país. Por otro lado,
si en los siglos anteriores era común
que el patrón blanco embarazara
a la sirvienta negra, Obama es producto
de una simetría. No es descendiente
de esclavos africanos, sino el hijo de
un musulmán negro de Kenia y una
laica blanca de Missouri. La pero combinación
para los influyentes conservadores. Nació
en Honolulu, cuando sus padres estudiaban
en la universidad, y se crió en
Indonesia, el país musulmán
más poblado del mundo. No fue amamantado
por nodrizas negras sino por una familia
blanca, típica clase madia norteamericana,
luego de la separación de sus padres.
Obama es un universitario exitoso, según
los cánones actuales, abogado y
conferencista. Es, en el fondo, no sólo
un ejemplo para la minoría negra
norteamericana, sino para la blanca también:
representa el paradigma del despojado,
del Moisés nacido en desventaja
que se encumbra en lo más alto
de la pirámide política-económica
de un pueblo.
Pero por esto mismo también representa
la mayor amenaza para el ala conservadora
de esta sociedad, que es la que retiene
el mayor poder económico y sectario,
aquel que nunca saldrá a la luz
sino como meras especulaciones o bajo
etiquetas como "teorías de
la conspiración".
Obama se ha opuesto desde el principio
a la guerra de Irak, ha dicho que se entrevistaría
con Fidel Castro, que socializaría
la salud y otros servicios, además
de una larga lista de manifestaciones
de voluntad políticamente incorrectas
que poco a poco comienzan a ser premiadas
ante la mirada atónita de los radicales
y hasta de los más moderados "neocons",
acostumbrados al poder. La acusación
de vivir en Neverland puede terminar emocionalmente
asociándolo al consolidado precepto
de "I have a dream" de Martin
Luther King.
Tal vez Obama triunfe en las internas
demócratas. Si lo hace, más
fácil le resultará vencer
a los republicanos y llegar a la presidencia.
Tal vez impulse esos cambios que, tarde
o temprano llagarán a este país.
Ojalá no alcance el mismo destino
trágico de John F. Kennedy o del
otro soñador negro.