• Sin embargo,
en el fondo, lo que aún no ha cambiado
radicalmente son los viejos problemas raciales
y de género. El centro y, sobre todo,
el fondo de los debates han sido eso: gender
or race, al mismo tiempo que se afirma lo
contrario. Es significativo que en medio
de una crisis económica y de temores
de recesión, las discusiones más
acaloradas no sean sobre economía
sino sobre género y raza. En la potencia
económica que, por su economía,
ha dominado o influido en la vida de casi
todos los países del mundo, la economía
casi nunca ha sido el tema central como
puede serlo en países como los latinoamericanos.
Igual, entiendo que el desinterés
por la política es propio de la población
de una potencia política a nivel
mundial. Cuando hay déficit fiscal
o caídas del PBI o debilitamiento
del dólar, los más conservadores
siempre han sacado sus temas favoritos:
la amenaza exterior, la guerra de turno,
la defensa de la familia —la negación
de derechos civiles a las parejas del mismo
sexo— y, en general, la defensa de los "valores",
esto es, los valores morales según
sus propias interpretaciones y conveniencias.
Pero ahora las más recientes encuestas
de opinión indican que la economía
ha pasado a ser uno de los temas principales
de atención para la población.
Esto ocurre cada vez que la maquinaria económica
se aproxima a una recesión. Sin embargo,
los candidatos a la presidencia temen desprenderse
demasiado del discurso conservador. Quizás
Obama ha ido un poco más lejos en
este desprendimiento, criticando el abuso
de la religión y cierto tipo de patriotismo
mientras Hillary ha rescatado la breve y
eficaz multilla de su esposo que en 1992,
en medio de la recesión de la presidencia
de George H. Bush, lo llevó a la
victoria: "it's the economy, stupid".
Su fácil consumo se debe a esa sencillez
que entiende la generación McDonald.
Hillary Clinton es hija de un hombre y una
mujer pero, a pesar de lo que pueda decir
el psicoanálisis, todos la ven como
una mujer, and period. Barack Obama es hijo
de una blanca y un negro pero es negro,
y punto. Esto último se deduce de
todo el lenguaje que se maneja en los medios
y en la población. Nadie ha observado
algo tan obvio como el hecho de que también
puede ser considerado tan blanco como negro,
si caben esas categorías arbitrarias.
Esto representa la misma dificultad de ver
la mezcla de culturas en el famoso "melting
pot": los elementos están entreverados,
pero no se mezclan. De la fundición
de cobre y estaño no surge el bronce
sino cobre o estaño. Se es blanco
o se es negro. Se es hispano o se es asiático.
El perjudicado es John Edwards, un talentoso
hombre blanco que salió de la pobreza
y parece no olvidarla, pero no tiene nada
políticamente correcto para atraer.
Ni siquiera es feo o maleducado, algo que
mueva a un público compasivo.
Pero las palabras pueden —y en política
casi siempre lo hacen— crear la realidad
opuesta: Hillary Clinton dijo hace pocos
días, en Carolina del Sur, que
amaba estas primarias porque parece que
se nominará a un afro-americano
o a una mujer y ninguno va a perder ni
un solo voto por su género —aquí
se evita la palabra "sexo"—
o por su raza ("I love this primary
because it looks like we are going to
nominate an African-American man or a
woman and they aren't going to lose any
votes because of their race or gender").
Razón por la cual Obama le habla
a las mujeres y Clinton a los afroamericanos.
Razón por la cual Florida y California
—dos de los estados más hispanos
de la Unión— se resistirán
a apoyar a Obama, el representante de
la otra minoría.
Así, mientras la costumbre ha
pasado a despreciar la calificación
de "políticamente correcto",
nadie quiere dejar de serlo. Los debates
de las elecciones 2008 me recuerdan a
la Cajita Feliz de McDonald. Tanto derroche
de alegría, de felicidad, de sonrisas
alegres no necesariamente significan salud.
La Secretaria de Estado de la mayor potencia
mundial es una mujer negra. Desde hace
años, una mujer afroamericana tiene
más influencia sobre vastos países
que millones de hombres blancos. Sin embargo,
la población negra de Estados Unidos
—como la de muchos países latinoamericanos—
continúa sin estar proporcionalmente
representada en las clases altas, en las
universidades y en los parlamentos mientras
que su representación es excesiva
en los barrios más pobres y en
cárceles donde compiten a muerte
con los hispanos por la hegemonía
de ese dudoso reino.