En tiempos
difíciles, el pueblo deberá
creer que el Presidente no puede dar toda
la información que dispone ni puede
exponer al público toda la complejidad
de las ideas que guían su buen gobierno.
Si su gobierno no tiene ideas, esta tarea
será aún más verosímil.
Una gran Nación debe tener fe; pero
la fe en el Presidente no se construye sin
el misterio de arriba y sin la inocencia
de abajo. El pueblo deberá saber
que no toda la comprensión del mundo
está a su alcance y que el Presidente
es el único capaz de mediar entre
él y la realidad. Sobre todo si la
Nación está enfrentada a un
gran peligro. La renuncia del pueblo al
poder será siempre una renuncia voluntaria,
porque el pueblo es libre gracias a nuestra
protección y por medio de su infinita
voluntad de vencedores.
Por esta razón, el buen presidente
siempre será condescendiente con
su pueblo. Sus demostraciones y sus dichos
tendrán ese único destinatario.
Aún a su esposa y en su propia
mesa hablará bien de su pueblo
y comentará sobre sus buenas intenciones,
como si en ese momento estuviese siendo
escuchado por el Soberano. El Presidente
deberá convencerse que es un servidor
de su patria y no al revés. De
esta forma podrá creer en lo que
dice.
La sobrevivencia de un presidente democrático
radica en saber decir lo que el pueblo
quiere escuchar. Nosotros y las instituciones
nos encargaremos de sus deseos. El pueblo
sabrá defender a su presidente
pero también deberá exigir
otro en su lugar, porque esto demuestra
tolerancia y, sobre todo, que el cambio
es posible. Pero el pueblo nunca olvidará
que sin el Orden seguirá el Caos,
ni el Presidente olvidará que sin
el caos es imposible pregonar el orden.
Desde las campañas electorales,
el Presidente demostrará habilidades
especiales, no sólo para la oratoria
romana sino en el manejo de las ciencias
modernas de las emociones. El Presidente
será diestro y mesurado en el arte
de llorar y sabrá perder con mucho
hábito en la lucha dialéctica.
Su pueblo, nuestro pueblo, se solidarizará
con él, porque es solidarizase
consigo mismo. Si el presidente es inteligente,
nunca lo demostrará en una contienda
pública. Tampoco en las acciones
de su gobierno. La inteligencia o el ejercicio
de ésta es un vicio de seres inferiores
y casi siempre conduce al fracaso y, sobre
todo, al resentimiento. Lo demuestran
los ricos y famosos por un lado y los
hombres y mujeres de ciencia por el otro.
Los enemigos del orden y de la verdadera
religión, aunque habitantes de
la noche y del mundo subterráneo,
tendrán rostros visibles, distintos
al nuestro; sobre todo distinto a los
rostros del pueblo y aún más
distinto al luminoso rostro del Presidente.
Para comprender esto, el Presidente sabrá
inspirarse en al arte de su tiempo, en
las leyes de la publicidad que promueven
lo que reprimen en un eterno coitus interruptus.
Imitará el carácter de los
victoriosos héroes y observará
los hábitos de los temibles villanos,
representados en el arte popular que hemos
creado y dibujado para la sana distracción
del pueblo.
El Presidente no solo deberá aprender
de la respuesta que el pueblo da a sus
palabras; también deberá
aprender de los rebeldes que en cierta
medida son nuestros hermanos caídos.
Como el ángel caído es una
entidad personal, no un sistema abstracto
ni un logos de la historia, así
los enemigos del Presidente serán
hombres y tendrán rostros. Porque
el mundo está compuesto de individuos
y dividido en buenos y malos. Así
lo enseña la sagrada tradición
y así ha de ser mientras cuidemos
la moral del mundo. Así como el
bien y el mal se representan a sí
mismo por la belleza y la fealdad, los
rostros crueles que imprimirán
los diarios y describirán los heraldos
no han de ser nunca hermosos, aunque el
Ángel caído lo sea. Serán
rostros y nombres de la periferia que
cada once años puedan ser eliminados
por el justo brazo del Presidente. El
presidente entenderá y hará
entender que las adargas de los bárbaros
asesinan hombres y mujeres concretos y
por esta razón el trueno de los
cañones bendecidos suprimen esos
demonios con rostros y masas sin nombres.
Los rostros crueles nunca faltarán
en número y en espanto, porque
en la periferia del mundo los bárbaros
recurrirán siempre al espectáculo
de la crueldad en su vana pretensión
de igualar la inevitable crueldad del
espectáculo.
Nuestro creador ha querido que la lucha
sea despareja, concediéndonos por
siempre la victoria a nosotros y la agonía
eterna a nuestros enemigos. Es el sabio
equilibrio del mundo que existan unos
y otros. Pero el Presidente deberá
entender que nuestro trabajo por mantener
este equilibrio deberá ser intenso
y sin tregua. Porque una fuerza aún
indescifrable mantiene al pueblo en un
secreto estado de rebeldía. Por
alguna razón oscura, con frecuencia
y cada vez más, actúa como
si supiera lo que hace. O como si quisiera
saberlo. O como si fuese capaz de moverse
por sí solo, ordenarse por sí
solo, creerse a sí mismo.