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América y la utopía que descubrió
el capitalismo |
Por
Jorge Majfud
Febrero 2008
The University of Georgia |
| Si
el humanismo de la Era Moderna significa
una reacción y un desafío
a la hegemónica autoridad eclesiástica
y escolástica en el siglo XIV, al
bordear el siglo XVI los humanistas reaccionan
contra la realidad presente del Renacimiento.
Por un lado contra el poder arbitrario de
la iglesia católica y por el otro
contra el poder creciente de la nueva cultura
capitalista. En Diálogo de las cosas
ocurridas en Roma (1527) de Alfonso de Valdés,
por ejemplo, podemos reconocer la voz crítica
desde dentro de la iglesia contra la corrupción
del Vaticano. Otros humanistas católicos,
como Erasmo de Rótterdam, sin preverlo,
allanaron el camino crítico a la
revolución protestante de Martin
Lutero. |
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Pero un fenómeno significativo
consiste en la aparición esporádica
de utopías no relacionadas con
la tradición bíblica. En
palabras de Gramsci "la religione
è la piú 'mastodontica'
utopia" (Quaderni del Carcere, 1933).
Una de ellas, quizás la más
famosa, fue Utopia (1516) de Tomás
Moro. Si bien esta obra tiene similitudes
con La República de Platón,
y se enmarca en una misma tradición
intelectual, difiere en algunos elementos
significativos. También es significativo
el hecho que esta isla fuese ubicada en
lo que sería después América
y fuese descrita por Raphael Hythloday,
un supuesto marinero al servicio de Américo
Vespucio, el primer explorador en dejar
constancia de su conciencia de un nuevo
mundo. Sir Thomas More fue un lector atento
de las crónicas de Vespucci. Esta
isla de perfecta armonía, ética
y material es, al decir de Joyce Herthzler,
todo lo contrario de lo que era la Inglaterra
de la época (History, 133). Según
una de sus voces, Hythloday se encontró
con ciudades llenas de gente y organizadas
sobre códigos éticos y sabias
leyes que trascendían las meras
leyes del mercado. Uno de los valores
centrales de Utopia radica en el concepto
de igualdad, propia de los humanistas
anteriores y fundamental en los revolucionarios
de siglos posteriores, desde la revolución
Francesa hasta las promovidas por el pensamiento
marxista en el siglo XX. En materializar
esta igualdad consiste el paso ético
y revolucionario de una sociedad que progresa.
Pero esta igualdad básica, entendida
como inherente a la condición humana,
encuentra su obstáculo más
grande en la propiedad privada que conduce
al ansia de conquista y a desarrollar
el instinto de codicia. "Thus I do
fully persuade myself, that no equal and
just distribution of things can be made,
nor that perfect wealth shall ever be
among men, unless this propriety be exiled
and banished". En el Segundo libro
de Utopia, Moro describe la sociedad perfecta
donde sus individuos han alcanzado un
nivel ético necesario para no desear
tomar más de lo que necesitan.
Si no existe la codicia, nadie debe temer
que escaseen los bienes materiales. Si
éstos no escasean, nadie pedirá
más de lo que necesita. "Seeing
there is abundance of all things, and
that it is not to be feared, least any
man will ask more than he needeth".
El elemento simbólico, el signo
de estos tiempos, otra vez, es el oro.
El símbolo de la codicia no significa
nada donde no existe la codicia. La fiebre
del oro es representada como un síntoma
de infantilismo, es decir, de inmadurez
histórica, propia de un individuo
proveniente de una sociedad enferma o
atrasada. Cuando un embajador cargado
de joyas llega a Utopia, un niño
se lo señala a su madre y ésta
responde: "creo que ese debe ser
el embajador de los tontos".
Todos estos valores inversos a la naciente
cultura capitalista y cristiano-renacentista
aparecen anotados y repetidos en las cartas
y crónicas de Américo Vespucio,
casi siempre dirigidas a Lorenzo di Pier
Francesco de Medici, en Florencia, entre
1500 y 1505. Sin embargo, Vespucio, a
quien podemos considerar el primer antropólogo
en América, es más un representante
de la nueva mentalidad cristiano-capitalista
que Moro, quien estaba preocupado por
una crítica a su propia Europa
desde un punto de vista humanista. Vespucio
deja claro que los habitantes del Nuevo
Mundo son bárbaros y se cuida de
detallar y hacer verosímil el canibalismo
de sus habitantes y la falta de "reglas".
No obstante muchas otras poblaciones carecían
de estas costumbres aborrecibles por la
sensibilidad civilizada. Vespucio encuentra
grandes poblaciones "donde había
tanta gente que era maravilla, y todos
estaban sin armas, y en son de paz; fuimos
a tierra con los botes y nos recibieron
con gran amor". Hablando de canibalismo,
anota que "ellos se maravillan porque
nosotros no matamos a nuestros enemigos,
y no usamos su carne en las comidas".
Vespucio condena el canibalismo de los
nativos al mismo tiempo que celebra sus
propias matanzas. Allí donde no
eran recibidos por las buenas se hacían
recibir por las malas, hasta que "al
fin de la batalla quedaban mal librados
frente a nosotros, pues como están
desnudos siempre hacíamos en ellos
grandísima matanza, sucediéndonos
muchas veces luchar 16 de nosotros con
2.000 de ellos y al final desbaratarlos,
y matar muchos de ellos; y robar sus casas".
En una oración, casi derrotados,
un portugués de 55 años
se puso a orar y, gritando, dijo "hijos,
dad la cara a las armas enemigas, que
Dios os dará la victoria; y se
puso de hinojos e hizo oración
[…] y al fin los desbaratamos, y matamos
a 150 de ellos quemándoles 180
casas". Cuando encuentran mujeres
excepcionalmente grandes que los llevan
para darles refresco, Vespucio y sus soldados
se ponen de acuerdo "en raptar dos
de ellas, que eran jóvenes de quince
años, para hacer un regalo a estos
Reyes". Vespucio demuestra la misma
mentalidad conquistadora que legitima
sus crímenes por una empresa imperial
y religiosa. En este mismo siglo, otro
humanista, Michel de Montaigne acusaría
en 1589 a los europeos de ser peores que
los caníbales, ya que por ambición
se permitía esclavizar a la mayor
parte de la humanidad en nombre de la
religión y la justicia. Shakespeare,
poco después razonará que
no era posible calificar de bárbaros
y salvajes a los pueblos de la periferia;
"lo que ocurre es que cada cual llama
barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres".
(Continúa)
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