En la
campaña por el referéndum
de 1980, las radios y la televisión
de Uruguay repetían simpáticos
jingles
a favor del Sí.
"Sí,
por mi país, Sí por Uruguay,
Sí por el progreso y Sí
por la paz. Sí por el futuro, vamos
a votar…" Aquellos que
impulsaban la opción por el No
para impedir que la dictadura militar
se legalizara a sí misma, tenían
negada la misma libertad de propaganda.
Por entonces yo tenía diez años
y no podía entender que los limpiaparabrisas
funcionando un día de sol significaba
un guiño anónimo que decía
"no, no". Por supuesto, como
muchos votantes mayores, yo repetía
esa simpática canción que
aseguraba un país feliz y en paz,
ante la mirada silenciosa y resignada
de mi madre. Ella odiaba profundamente
la dictadura y para evitarme problemas
en la escuela no me aclaraba que esa bonita
canción era parte de la misma violencia
moral organizada por aquellos cavernícolas
en nombre del progreso y la paz. Razón
no le faltaba; una compañera de
mi clase invirtió el jingle
cambiando el Sí por el No y las
maestras la mandaron a un rincón,
a mirar la pared hasta que sonó
la campana del mediodía. La inocencia
que mis padres habían logrado reconstruir
en mí, volvió a tropezar
y darse de nariz ese día. Así
creció mi Generación del
Silencio, alimentada a base de mentiras
y miedo.
El
No ganó en noviembre de 1980.
Es decir, para el caso, felizmente yo
perdí. Aunque el teniente general
Queirolo, convencido del triunfo del
Sí, había manifestado
antes de la derrota que "a los
vencedores no se les ponen condiciones"
—lo que demostraba la mentalidad democrática
de esa Patria—, lo cierto es que toda
la historia de los vencedores democráticos
que siguieron después, como en
otros países del continente,
estuvo siempre especialmente condicionada.
Democracias Especialmente Condicionadas.
Volví
a perder cuando poco después
descubrí la estafa: esa bonita
canción había sido hecha
para aquellos señores mandíbula
de piedra y uniforme que nos miraban
desde arriba. Aprendí que lo
que parece ser, no es. Esta estafa moral
se continuó unos años
después en la secundaria, abundante
de profesores pro-dictadura que enseñaban
materias como "Educación
Moral y Cívica", cuando
nuestro gobierno no era cívico,
ni educado ni mucho menos moral. En
aquellos centros de adoctrinamiento
cívico donde con frecuencia nos
expulsaban por alguna intrascendente
rebeldía, se nos repetía
cada día que vivíamos
en una democracia, aunque en un período
excepcional. Ese período excepcional
duró once años, hasta
1984, y sus consecuencias se prolongaron
por un par de décadas más,
hasta el 2004. Mejor dicho, hasta hoy,
cada vez que la justicia debe mendigar
a la secta de los antiguos militares
una palabra, un dato, un reconocimiento,
un muerto.
En
todas las elecciones que seguí
con pasión en los años
'80, todas ganó el partido Colorado,
cuando mi interés estaba depositado
en el otro partido tradicional, porque
allí estaba un tal Wilson Ferreira,
disidente pero tradicionalista como
mi padre.
En
1989 voté por primera vez en
un referéndum que pretendía
derogar la ley que perdonaba los crímenes
de lesa humanidad a los dictadores todavía
con vida. Por supuesto que volví
a perder, esta vez como feliz votante.
La opción que defendía
la impunidad de los militares había
convencido a la mayoría de la
población de lo bien que habíamos
logrado la Paz perdonando crímenes
de Estado. Al volver a la soledad de
mi pequeño taller de estudiante,
pinté en una pared: "Ha
vencido el miedo. La razón histórica
deberá esperar aún mucho
más". De todas formas siempre
dejo en la razón un espacio para
la duda, ya que la razón es la
única que se atreve a dudar.
En
las elecciones siguientes voté
a un partido nuevo, el partido Verde
Eto-Ecologista del profesor Rodolfo
Tálice (1899-1999), que por entonces
tenía noventa años y una
energía intelectual como pocos.
En la noche del 26 de noviembre de 1989
encendí la radio y, por casualidad,
escuché el recuento de votos
de la escuela donde yo había
votado por la mañana: cientos
de votos para un partido, cientos para
el otro, "y un solo voto para el
Partido Verde", aparentemente anulado
por estar plegado de forma inhabitual.
Durante
los años '90, voté a la
izquierda. Eran los años de la
euforia neoliberal de los partidos conservadores
en Uruguay y de Menem en Argentina.
En mi última elección
en Uruguay, en 1999, estuve a punto
de participar en la fiesta del triunfo
histórico de la oposición.
Más que un triunfo de la izquierda
me interesaba la derrota de la derecha,
enquistada en el poder desde el gobierno
y sus onerosos cargos de confianza
hasta el más humilde y con frecuencia
improductivo cargo de desconfianza.
Esa noche llegué a Montevideo
mirando por la ventana del bus el clima
de fiesta del Frente Amplio. Las encuestas
a boca de urna lo daban como ganador.
Al llegar a mi apartamento no pude entrar
porque la llave se había roto
y tuve que esperar cuatro o cinco horas
hasta que un cerrajero lograse abrirla.
Mientras, por el hall de entrada del
edificio veía cómo los
tradicionalistas poco a poco comenzaban
a tomar las calles con sus banderas
coloradas. Los mismos de siempre. Había
ganado Jorge Batlle. Otra vez había
perdido mi candidato.
Tal
como lo anticipamos repetidas veces
a mediados de esa década, pronto,
cuando se agotara el recurso de ventas
del modelo neoliberal criollo, sobrevendría
la crisis. La crisis llegó en
el 2001 en Argentina y un año
después en Uruguay. Fue la peor
en un siglo. Como a tantos obreros,
profesionales o profesores de la clase
media, a mí me afectó
directamente. Por entonces era común
trabajar siete meses cobrando medio
sueldo. La otra mitad se recibía
en cómodos insultos y humillaciones.
Mientras los bancos se llevaban los
ahorros y nuestros sueldos a otros paraísos
financieros, yo aceptaba la invitación
de un profesor norteamericano para continuar
mi carrera en el exterior.
Cuando
el partido de la oposición en
Uruguay venció por primera vez
en las elecciones del 2004, yo ya estaba
en Estados Unidos. Tuve que imaginarme
a través de los diarios esos
ríos de gente festejando por
las avenidas de todo el país.
Nunca profesé admiración
ciega ni grandes preferencias por ningún
hombre o mujer dentro de ningún
partido. Me lamentaba por no poder experimentar
esa fiesta popular, compartir una vez
en mi vida esa alegría, ese desconocido
sentimiento de haber ganado en una contienda
política, al menos como anónimo
votante.
Ese
mismo año, ese mismo mes, había
asistido muy de cerca el proceso electoral
entre demócratas y republicanos.
Sin muchas esperanzas, estuve meses,
días, horas, minuto a minuto
observando el desarrollo y las estadísticas
de las elecciones. Con un repentino
dolor de muela, la noche de las elecciones
tuve que asistir a la derrota de John
Kerry y John Edwards, aparentemente
la mejor opción.
Este
año de 2008 no he podido evitar
interesarme profundamente por el proceso
electoral de Estados Unidos. Hace pocos
días escuché de principio
a fin el discurso que dio Barack Obama
el 18 de marzo. Supuestamente debía
ser una forma de defensa por las acusaciones
que le hicieran de ser el amigo y aconsejado
de un pastor "antipatriótico"
y teólogo de la liberación.
Obama no se defendió sino que,
con elocuente precisión, pasó
a la ofensiva y apuntó a la tradición
de la disputa política de este
país, a sus tabúes raciales
y a las estrategias propagandísticas
de la derecha en el poder. En un programa
de televisión alguien se quejó
del señor Obama: "nos ha
insultado, por primera vez alguien nos
ha tratado como si fuésemos adultos".
Aunque con algunos lugares comunes —al
fin y al cabo es un político
que necesita votos— me pareció
un discurso intelectualmente impecable,
frontal y organizado con el talento
de un genio de la política. No
obstante, por primera vez en muchas
semanas, su rival demócrata,
Hillary Clinton, lo ha pasado en las
encuestas generales. De ganar Obama
no significará un cambio radical
en nada, pero sí el mayor y el
mejor cambio posible. Aún perdiendo,
no creo que en los años por venir
se pueda evitar un terremoto generacional
que irá más allá
de la política.
He
tenido la dudosa suerte de vivir en
un tiempo interesante. Cruel, casi siempre
abominable, pero interesante. Está
de más decir que mi influencia
en la política de mi país
o de cualquier otro país ha sido
y será siempre nula. No deseo
otra cosa. Pero por las dudas yo le
advertiría a cualquier candidato
que nunca trate de conquistar mi preferencia.