Por ejemplo, si bien es una simplificación
hablar, como fue común en el
pensamiento poscolonialista, de opresor/oprimido,
no hay pruebas ni argumentos que nieguen
la existencia de grupos humanos que
se benefician o creen beneficiarse de
su dominación sobre otros grupos,
sea de género, de raza, de clase
o simplemente de intereses diversos.
Paradójicamente, quienes niegan
esta dicotomía suelen ser ideólogos
del neoliberalismo o “pragmáticos
gerentes” que están a favor de
la ley darwiniana en los negocios y,
por extensión, en la vida de
las personas y de los países.
Por competitividad no se refieren, precisamente,
a cooperación, sino simplemente
a “supresión de la competencia”.
Es decir, la construcción de
las dicotomías, de dilemas estratégicos,
no sólo existe de hecho y puede
ser un instrumento consciente de análisis
para desenmascarar una relación
inconsciente de dominación sino,
sobre todo, sirve para su contrario:
la construcción de falsos dilemas
—o dilemas arbitrarios— es el arma fundamental
de la política y también
de las campañas ideológicas
a largo plazo y a gran escala.
Pongamos a elegir entre hormigas, gansos,
tigres y gaviotas y el electorado, tarde
o temprano se dividirá entre
partidarios de tigres y hormigas, o
de gansos y gaviotas hasta que un cinco
por ciento de diferencia determine el
triunfo de los tigres o de los gansos
y con ellos la mitad de la especie zoológica
que los apoyaron previamente en el dilema.
Esto no quiere decir que hoy en día
tengamos un sistema mejor para organizar
y distribuir el poder político
y social de una comunidad, sino que
la historia electoral induce a pensar
que esa es la mecánica más
común de la democracia representativa:
al división en dos, el partido
(en dos), más allá de
si los intereses son múltiples.
Pero como el humanismo asume una progresión
posible de la historia al mismo tiempo
que una igualación a través
de la diversidad de sus partes, podemos
pensar que ese mecanismo no es fatal
ni inevitable sino sólo un necesario
paso de transición hacia algo
mejor.
Ahora, los ejemplos del abuso del recurso
del falso dilema con el fin de una dominación
absoluta a través de ese cinco
por ciento relativo, son incontables.
Como el recurrente falso dilema de “Están
con Nosotros o Están Contra Nosotros”.
Además de arrogante es falso
porque traza una línea en un
espacio bidimensional que impide elegir
entre otras opciones: ustedes o nosotros,
izquierda o derecha, sin atrás
ni adelante, sin arriba ni abajo o al
costado. Es más fácil
y complaciente ver el mundo como un
tablero de ajedrez que con la inabarcable
complejidad de todos sus colores.
Falsos dilemas más sutiles —propios
de talk shows y “debates en vivo”— se
construyen cuando formulamos preguntas
socráticas del siguiente tipo:
“¿un sospechoso tiene derecho
a no ser torturado o es lícita
esta práctica para sacarle información
y así salvaguardar la seguridad
de un grupo social X?” La última
cláusula de la segunda opción
ya es tendenciosa. Pero aún olvidando
esto, observemos que la misma pregunta
asume que hay un dilema, A o B. Como
está presentado en un escenario
dramático y de lucha dialéctica,
no deja otra opción a quien responde
que elegir entre A o B. Casi siempre
por pasión, quien responde elige
rápidamente y dedica el resto
de sus energías intelectuales
a argumentar sobre la razón de
su elección. De esta forma se
eliminan las otras variables de la ecuación.
Es decir, ¿por qué debemos
elegir entre A o B si desde el principio
la pregunta está viciada de ilegitimidad?
Por ejemplo, ¿qué seguridad
puede tener el grupo social X si cualquiera
puede ser privado de su seguridad personal
debido a una sospecha?; ¿por
qué un sospechoso debe ser encarcelado?;
ya que la sospecha suele depender más
de quien sospecha que del sospechado,
y en estos términos fácilmente
un sospechador profesional puede encontrar
que, salvo él mismo, el resto
de la raza humana es objeto de sospecha,
entonces ¿por qué ese
sospechoso y no un millar o un millón
de otros más?; etc.
Avancemos otro ejemplo, con un tono
diferente. Personalmente estoy a favor
del aborto sólo en circunstancias
muy especiales, como cuando la madre
corre riesgo de vida o el feto viene
con graves malformaciones. Aún
así no estoy libre de dudas sobre
el valor moral de esta afirmación,
ya que cuando debí enfrentarme
a esta duda crítica en mi vida
concreta, irracionalmente me negué
a considerar la posibilidad de considerarlo.
La sola palabra aborto me golpea como
un crimen del que no sería capaz.
Pero esta posición personal no
es parte fundamental de un análisis
más general: mis emociones y
mis opciones personales no tienen por
qué ser modelo para las opciones
ajenas. Lo menciono porque los lectores
suelen buscar siempre la posición
del escritor para atacarlo o defenderlo
a rajatabla, aún sin terminar
de leer un ensayo completamente, por
breve que sea. Es parte de la difundida
obligación que solemos imponernos
de tomar partido y es parte de la cultura
de la velocidad y la inmediatez de nuestro
mundo digital y consumista.
Según varios grupos religiosos,
no importa si la vida de la madre está
en peligro o si el feto viene con graves
deficiencias. En ambos casos se trata
de la decisión de Dios, por lo
cual no se debe hacer nada. No aplican
el mismo argumento cuando deciden operarse
del corazón para corregir un
error de nacimiento, cuando defienden
la pena de muerte para un delincuente
o cuando apoyan que se arroje una bomba
sobre una plaza llena de gente que parece
que estaba ahí porque Dios lo
había permitido así. Es
decir, a veces hay que ayudar a Dios
a hacer su propia voluntad. Cuando el
huracán Katrina golpeó
New Orleans, muchos grupos dijeron que
había sido la voluntad de Dios,
ya que se trataba de una ciudad pecaminosa.
Cuando un tornado arrasa con alguna
iglesia en el Midwest, un terremoto
derriba una iglesia en México
o un habub entierra una mezquita en
África o en Medio Oriente, no.
Cuando eso ocurre se trata de la cola
del Diablo o de una prueba del Señor,
como la que impuso a Job. Sinceramente,
no creo que Dios sea el promotor de
este tipo de manipulaciones tan mezquinas,
como no creo que haya sido alguna vez
aficionado al olor de carne asada de
los holocaustos.
Entiendo que sobre este mismo problema
se han creado falsos dilemas que destacan
por su brutalidad ideológica.
Un ejemplo consiste en la práctica
común de definirse por un término
o una idea que incluye todas las virtudes
—un ideoléxico—, como si ese
grupo fuera capaz de colonizar el Bien
y dejar el resto para sus adversarios,
es decir, el Mal. Por ejemplo, cuando
los grupos neoconservadores se definen
como “compasivos” y “pro-life” (pro-vida),
se asume que sus adversarios son “crueles”,
“anti-life” o por lo menos indiferentes
a la vida y a la necesidad ajena. Esta
definición se refiere a la condena
del aborto pero no a la promoción
de guerras, al uso generalizado de armas,
a la afición por la caza deportiva
o a la persecución de inmigrantes
pobres, todas prácticas de las
cuales estos mismos grupos suelen ser
radicales defensores.
El efecto de este falso dilema es devastador:
del otro lado los adversarios se someten
a él defendiendo con todos los
argumentos a su alcance el derecho al
libre aborto como derecho a la libertad
individual, sin importar la circunstancia
concreta.
Creo que algunos grupos feministas,
como parte de las corrientes consecuentes
con la larga tradición contestataria
del humanismo, en su lucha por liberar
a la mujer —reconozco que este último
puede ser otro ideoléxico— no
tienen necesidad de confundir liberación
con irresponsabilidad, sino todo lo
contrario. Por ejemplo, un embarazo
“no deseado” no es argumento suficiente
para interrumpirlo sino un argumento
para imponerle al hombre la media cuota
de responsabilidad que le toca por sus
actos pasados. Desde un punto de vista
secular, toda persona tiene el derecho
de hacer con su cuerpo lo que considere
mejor, siempre y cuando no afecte a
otra persona. Pero argumentar que una
mujer puede decidir por sí sola
la interrupción de un embarazo
(eufemismo que evita decir, “matar a
un feto humano”), que debe ser libre
para hacer con su cuerpo lo que quiera,
es como decir que un padre tiene derecho
a dormir ocho horas seguidas sin importar
que su bebé recién nacido
necesite comer cada dos horas. Y que
lo deje desnutrirse o morir de hambre.
Es parte de toda responsabilidad algún
grado de sacrificio. Eso es lo que distingue
a una mujer y a un hombre libre de un
hombre o una mujer egoísta.
Por lo tanto, tampoco basta alinearse
en la fila de los abortistas o en la
de los antiabortistas porque este no
sólo es un dilema falso y arbitrario
sino además trágicamente
estúpido. Aún aquellos
que pueden “estar a favor del aborto”
en determinadas circunstancias, nunca
están a favor del aborto per
se, como si estuviesen a favor de la
caza deportiva, sólo por placer
de la muerte ajena. Sólo que
no son plenamente conscientes de ello
y toman partido por lo que desprecian.
Al menos que se trate de un monstruo,
de los que tampoco faltan en nuestra
especie.