En las radios del Sur de Estados Unidos
se suele escuchar con insistencia programas
infantiles didácticos en que
se dramatiza la iluminación de
los niños recorándoles
que la teoría de la evolución
es sólo una teoría. El
dilema preestablecido asume que si una
posición, la evolucionista, es
sólo una teoría, la posición
contraria, la creacionista, es un hecho.
Por creacionismo se refieren sólo
aquel que asume que el mundo fue creado
por Dios en siete días reales,
hace pocos miles de años. Como
si Dios no aceptase la costumbre de
las metáforas y las parábolas,
recurso narrativo principal de su hijo
Jesús. Según esta teoría
interpretativa usada por los creacionistas,
cuando Jesús hablaba del diferente
uso de las semillas, de facto estaría
dando cátedra de agronomía.
Por otro lado, si una escritura debe
ser tomada al pié de la letra,
¿a qué tantos ríos
de tinta teológica tratando de
explicar lo que no está en la
letra? ¿Por qué tantas
leyes interpretativas?
Si fuese por las pruebas o indicios,
la teoría de la evolución
ya le habría ganado la disputa
científica a la teoría
del creacionismo reciente. ¿Pero
en qué cambia esto una religión,
toda una fe? Por alguna paradójica
razón, los religiosos más
ortodoxos de nuestros tiempos no se
conforman con un enunciado arbitrario
de las Revelaciones sino que buscan
obsesivamente legitimarlo con recursos
prestados de la odiada ciencia. Cuando
descubren un tarugo del arca de Noé
recurren entusiasmados a las evidencias
de la arqueología, pero si ese
tarugo está rodeado de toneladas
de fósiles fantásticos,
sólo ven allí teorías.
Si hay una Ley y una Revelación
sagrada, ¿qué necesidad
hay de justificarla? Al fin al cabo
sólo Dios tiene derecho a ser
arbitrario, aunque hay mucha gente que
esté decidida a imitarlo.
Otro tabú intelectual es la
reescritura de la historia, a pesar
de que la práctica más
común de la historia es su propia
reescritura. Es común la idea
de que la historia es escrita por los
vencedores de ayer, pero también
es reescrita por los vencedores de hoy.
Esto no quiere decir que no sea posible
un cierto grado de objetividad o que
los hechos sean algo ajeno a las teorías
o que estén inmunes a los prejuicios
filosóficos, religiosos o cosmogónicos.
La definición de un hecho y la
reconstrucción del mismo es,
en gran parte, una teoría. Lo
demuestra la misma ciencia experimental;
ni que hablar de los hechos históricos.
No existe un solo pueblo en ningún
momento de la historia que no haya reescrito
la historia, por regla adaptándola
a sus propios intereses. Toda interpretación
es como la puesta en escena de un drama
de Shakespeare en un teatro de Broadway.
Nunca podremos saber cómo fue
el drama original, ni cuales fueron
estrictamente las motivaciones del autor
ni las lecturas que en el siglo XVI
hizo cada espectador inglés o
italiano. Sí podemos sospechar
que no eran todas iguales como no son
las nuevas escenificaciones o interpretaciones
de un neoyorkino del siglo XXI.
Claro que detrás de toda esta
relatividad asumimos que existe algún
tipo de verdad o de verdades. Por ejemplo,
no podemos afirmar que Romeo y Julieta
es una tragedia tomada por Américo
Vespucio en sus viajes por el Nuevo
Mundo, aunque podemos especular que
aquellos bárbaros eran capaces
de experimentar amor y odio al igual
que un inglés o un italiano.
Por lo menos no hay pruebas ni indicios
que indiquen lo contrario. Es decir,
hacemos un esfuerzo de renuncia a la
arbitrariedad: si algo nos confirma
o nos siguiere que nuestra teoría
no funciona, debemos modificarla o renunciar
a ella. Pero nadie renuncia a una religión
por razones factuales sino por razones
de fe. Por lo tanto, estamos hablando
de epistemologías diferentes
y la confirmación de una por
los métodos y principios de la
otra no sirve o es pura manipulación
a las órdenes de los intereses
del poder de turno.
Pero si en la historia todo es tan
relativo y al mismo tiempo es posible
algún tipo de verdad o de objetividad
de ciertos hechos, ¿cómo
podemos acercarnos a este último?
Primero, el reconocimiento de aquella
relatividad (o pluralidad de la realidad)
es parte de esta verdad "objetiva",
hasta que se pruebe lo contrario. Segundo,
al menos desde los tiempos de los antiguos
griegos la crítica libre es el
principal instrumento de avance del
conocimiento y, en última instancia,
de esa pretendida verdad. Cada vez que
cuestionamos la historia le hacemos
un bien, no a la historia sino a la
objetividad histórica, no a la
arbitrariedad sino a la racionalidad.
La verdad histórica nunca puede
temerle al cuestionamiento. No podemos
cuestionar unos momentos históricos
y condenar la revisión de otros,
sólo porque puede haber en esta
revisión intensiones que sospechamos
perversas o inconvenientes, como si
estuviésemos cuidando a un niño
que no meta los dedos en el enchufe.
La verdad no necesita de la censura
sino de coraje intelectual, ese del
que nadie puede vanagloriarse de poseerlo
absolutamente siempre que su sobrevivencia
física dependa de su lengua.
Por otro lado, nadie puede erigirse
como la policía del conocimiento
ni de la verdad, sea la verdad histórica,
científica o religiosa. Al menos
que estemos pensando volver a los tiempos
de la Inquisición, cuando se
quemaban todas aquellas personas que
se atrevían a dudar del canon
o a afirmar hechos o interpretaciones
que contradecían las versiones
oficiales de la iglesia o del Estado.
Aunque, como decía Gramsci,
todos somos intelectuales, unos funcionales
y otros críticos, el intelectual
humanista es siempre un radical, desde
el momento en que busca y propone ir
a la raíz dejando de lado cualquier
legitimación o consenso social
sobre el Bien y la Realidad. Razón
por la cual sus planteos serán,
por lo común, señalados
como el Mal y la Fantasía. Es
parte de la estrategia de neutralización.
De cualquier forma, toda tarea intelectual
—que no sea totalmente funcional al
poder en curso— es siempre un revisionismo.
Unas veces resulta en una confirmación
de los hechos oficiales o políticamente
correctos y otras veces los contradice.
Cuando ocurre lo primero, el establishment
premia al revisionista por su madurez
y equilibrio, por su sabio camino del
medio. Cuando ocurre lo segundo, el
Aparato de Legitimación Intelectual
que, junto con los ejércitos
es el principal arma de cualquier poder
instaurado en los Estados y en la sociedad,
recurren a una larga lista de neutralizaciones
que van desde el silencio hasta la condena,
desde la burla, el descrédito
o la demonización hasta el violento
lenguaje de los hechos: la pérdida
de un trabajo, la negación de
acceso a determinados espacios públicos,
sociales o nacionales, cuando no directamente
la desaparición y la muerte.
Pero cuando una verdad histórica
comienza a ser defendida con censuras
y prohibiciones de revisión,
comienza por aparecer como una verdad
sospechosa para luego convertirse en
una verdad inverosímil y finalmente
terminar en la violencia de la verdad,
que se distingue en poco de la violencia
de la mentira