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| Ensayos |
| Historia
y ficción |
Por
Jorge Majfud
Abril 2008
The University of Georgia
jmajfud@yahoo.com |
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Basándose
en los descubrimientos teóricos de
Karl Marx, Louis Althusser (1966) sintetizó
el concepto de ideología como aquella
realidad objetiva que conforma una “totalidad
orgánica” junto con los niveles económico
y político. Es decir, una ideología
no es una realidad que depende exclusivamente
de la subjetividad de cada individuo sino
aquello que los individuos de un grupo o
de la sociedad comparten como idea de la
realidad. Está de más decir
que una ideología es una construcción
interesada de una forma de entender esa
realidad que la produce y es reproducida
por ella. Algo diferente, la idea de los
paradigmas de T. S. Kuhn (1962), aunque
radicalmente vincula la epistemología
científica con una sociedad en un
determinado momento histórico, está
más desvinculada de las motivaciones
políticas del momento. No obstante,
al igual que en la Grecia de los primeros
filósofos profesionales, la verdad
sigue siendo un sinónimo de realidad
y ésta o aquella —diferente a la
Revelación religiosa— estaban siempre
detrás de un proceso cognitivo de
revelación progresiva. No en otro
precepto se basan las ciencias y las humanidades
de cualquier tipo: aún lo más
evidente es producto de una interpretación,
de una operación intelectual de conferirle
sentido al mundo. |
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En una investigación académica
asumimos el ejercicio de una aspiración
utópica: la objetividad. Sabemos
que la objetividad absoluta no existe
—incluso en las ciencias físicas
es cuestionada, desde el momento en que
el observador modifica inevitablemente
el fenómeno observado o éste
depende de aquel— y que también
es una paradoja: pretende no ser un punto
de vista particular, cuando nace en el
Renacimiento como ejercicio de la perspectiva
cónica, que significaba un punto
de vista. La misma idea de que la Tierra
gira alrededor del Sol pertenece al conjunto
de los (imaginarios) puntos de vista exteriores
al Sistema solar, ya que desde cualquier
otro punto de vista, interior al mismo,
la realidad objetiva mostraría
lo contrario. Y si no hay punto de vista
de observación privilegiado, entonces
no hay objetividad absoluta en el sentido
de ser válido para todos los casos
posibles.
Pero si bien la objetividad absoluta no
es posible, podemos pensar que sí
lo es un grado relativo, en su sentido
opuesto al de subjetividad como simple
percepción de un individuo. Para
el caso de la crítica, si digo
que Cien años de soledad es un
libro maravilloso, que me ha llevado de
nuevo a mis años de infancia, no
estaré aportando el juicio que
se espera de un lector especializado.
En un reciente concurso de novela de la
Editorial Bruguera, su única jurado,
la reconocida escritora española
y miembro de la RAE, Ana María
Matute, leyó las diez obras finalistas
y premió una porque “Este es mi
mundo literario. Hace años [yo]
hubiera podido escribir este libro”. Nada
más subjetivo y opuesto a la tradicional
labor del crítico que, aún
reconociendo la imposibilidad de una objetividad
absoluta, se plantea el desafío
de poner de lado sus percepciones primarias.
De otra forma, también podemos
entender la guía telefónica
de nuestra ciudad como una Gran novela,
llena de nombres, espacios urbanos y números
que representan para nosotros amor, indiferencia,
odio, curiosidad y una gama infinita de
otras emociones personales que se le escapan
a otro lector.
Por otro lado, en el caso de la literatura
crítica (política) o aquella
literatura equívocamente llamada
“literatura comprometida”, el problema
es doble. El crítico no debe abandonar
su pretensión original de objetividad
relativa, pero ésta, que además
pretende ser un punto de vista ideológicamente
neutral, puede convertirse en una “neutralidad
cómplice”. Hace muchos años
la revista Times publicó la fotografía
de un fusilamiento. Muchos lectores escribieron
al semanario preguntándose qué
hacía el enviado de Times fotografiando
la barbaridad en lugar de tomar partido
por la defensa de la víctima (se
trataba de un acto ilegal en un país
lejano, es decir, una barbaridad contra
la que se supone un periodista puede hacer
algo a favor de la víctima a diferencia
de la pena de muerte que administran los
Estados). Más allá de las
discriminaciones infundadas del concepto
de justicia, de legalidad y legitimidad,
aquí reconocemos la dimensión
ética como problema en un periodista:
se plantea que su compromiso con la víctima
es superior a su compromiso con la información,
con la supuesta neutralidad del periodista,
razón por la cual obtiene pase
libre en un lado y en el otro de una guerra,
como la cruz roja etc. En el caso del
crítico comprometido, no renunciará
a un primer momento de objetividad pero
tampoco se afirmará en la idea
de neutralidad. Si bien aquella, la objetividad,
no tiene concesiones, ésta, la
neutralidad (ética, ideológica)
no existe desde el momento en que es siempre
funcional al poder mayor. Entendido aquí
“poder” como aquella diferencia relativa
que resuelve un conflicto, por lo cual
se convierte en poder absoluto. Es decir,
la neutralidad ética, en este sentido,
no puede existir (nada menos neutral que
la ética). Sólo existe un
heroico ejercicio, —nunca libre de sospechas—
de objetividad.
Desde un punto de vista crítico,
es válido analizar el paradigma
histórico en El Quijote o en Cien
años de soledad, tanto como psicoanalizar
a uno de sus personajes, aún asumiendo
que nunca existió en el mismo plano
ontológico que su autor o que el
rey Enrique III de Inglaterra. En este
caso, se desprende otro problema, quizás
más allá de la crítica
literaria, perteneciente a la filosofía:
¿qué significa un análisis
psicológico de Sancho Panza? ¿Involucra
a (1) su autor, (2) a su tiempo, como
podría significar el análisis
de un autor a través de su obra
ensayística? Estoy convencido que
sí. El paradigma manifiesto de
una novela, por más esfuerzos de
ficción y transmutación
que realice su autor, de una forma u otra
revelará un paradigma dominante,
porque no es posible carecer de él.
Es decir, si aceptemos la premisa onettiana
—opuesta a la de Ernesto Sábato—
de que los personajes nada tienen que
ver con su autor, aún así
podemos asumir una posición que
no se contradice con ninguno de los dos:
los personajes piensan y sienten como
individuos independientes del autor, pero
al expresarse reflejan su época
y el paradigma que enmarca su cosmovisión.
Los protagonistas de una novela de 1960
toman Coca-Cola, conducen automóviles,
critican una película, etc. Es
decir, representan una época, un
espacio y un tiempo. ¿Por qué
no habrían de representar igualmente
sus ideas políticas, sus cosmogonías,
sus supersticiones, aún cuando
representen un drama en el siglo XVI o
en los tiempos de las independencias iberoamericanas?
Es decir, ¿por qué no habría
de tomarse en serio los pensamientos y
las creencias de los personajes al igual
que tomamos en serio los pensamientos
de sus autores?
Aquí radica, entiendo, uno de los
elementos radicales del análisis
literario del género de ficción.
Ahora, de la misma forma en que la ideología
o la religión de una persona no
se manifiestan de forma explícita
en cada uno de sus actos o de sus opiniones
—a veces nunca de forma explícita—,
sí podemos asumir que estas dimensiones
siempre articulan un modo de ser y de
pensar (si no son la misma cosa). Así
también la literatura no se reduce
ni está determinada por el paradigma
de una época, pero hay momentos
en que ese paradigma compartido se manifiesta
en la actividad literaria. Por tratarse
de un paradigma asumimos que no es particular
de cada autor o de cada personaje, es
decir, dicho paradigma o “forma de ver
el mundo” debe ser razonablemente un factor
común de obras diversas.
Entendido este fenómeno en un marco
histórico y teórico más
general, debemos remover la letra que
ha sido escrita sobre los restos de un
texto anterior, tal vez un texto básico.
Este ejercicio hermenéutico está
lleno de riesgos. Es decir, una lectura
como cualquiera, pero una lectura que
asume, como los antiguos gnósticos,
la existencia de un más allá
del texto cubierto por diferentes velos.
Pero aquí develar no significa
un acto absoluto en sí mismo. Su
validez, su verdad, consistirá
en su capacidad de integrarse, por una
continuidad inteligible, a otras narraciones
que no son ella misma. Por lo tanto, asumimos
una idea opuesta a la posmoderna: el autor
no sólo existe; además es
una de las principales claves de lectura.
Junto con el autor, todos los más
allá textuales —la ideología,
el contexto cultural, etc.— que le dan
sentido a cualquier texto. Sin un más
allá textual, sin eso que llaman
“meta-literatura” —como si la literatura
fuese posible sin algo más que
letras—, no hay signo sino música
o pintura abstracta, un cúmulo
de dibujos o fonemas monótonos
repitiéndose infinitamente.
Si además consideramos que la narrativa
de ficción y la narración
de la historia tienen más semejanzas
que diferencias, no sólo debemos
replantearnos el espacio desde el cual
leemos la historia sino la ficción
misma. Ni una es tan objetiva ni la otra
es tan inocente, ni una se limita al género
realista ni la otra está libre
de la realidad que la rodea.
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