Desde un punto de vista simplemente
militar, ni Cortés ni Pizarro
se recordarían hoy de no haber
sido por la mala conciencia de dos imperios
como el azteca de Moctezuma y el inca
de Atahualpa. Ambos se sabían
ilegítimos y les pesaba como
no les pesa a ningún gobernador
moderno. Los españoles conquistaron
primero estas cabezas o las estrujaron
y cortaron para poner en su lugar a
caciques títeres y privilegiar
la vieja aristocracia nativa, una historia
que le puede ser muy familiar a cualquier
pueblo periférico del siglo XXI.
La principal herencia estratégica
de esta historia fue la progresiva división
social y geográfica. Mientras
se admiraba primero la revolución
cultural de Estados Unidos, basada en
teorías utópicas y luego
simplemente se admiró su fuerza
muscular, la que aparentemente procedía
por uniones y anexiones, la América
del sur procedía con el método
inverso de las divisiones. Así
se destruyeron los sueños de
los hoy llamados libertadores, como
Simón Bolívar, José
Artigas o San Martín. Así
explotaron en fragmentos de pequeñas
naciones como las de América
Central o las de América del
Sur. Esta fragmentación fue conveniente
a los nacientes imperios de la revolución
Industrial y del celebrado caudillismo
criollo, donde un jefe representante
de la cultura agrícola-feudal
se imponía sobre la ley y el
progreso humanista para salvar su prosperidad,
la que confundía con la prosperidad
del nuevo país que iban creando
estos egoísmos. Paradójicamente,
como en la democracia imperial de la
Atenas de Pricles, tanto el imperio
británico como el americano se
administraban de forma diferente, como
democracias representativas. Paradójicamente,
mientras el discurso de las clases prósperas
en América Latina imponía
el ideoléxico "patriotismo",
su práctica consistía
en servir los intereses extranjeros,
los suyos propios como minorías,
y someter a la expoliación, expropiación
y ninguneo de una mayoría que
estratégicamente se consideraban
minorías.
En Bolivia los indígenas fueron
siempre una minoría. Minoría
en los diarios, en las universidades,
en la mayoría de los colegios
católicos, en la imagen pública,
en la política, en la televisión.
El detalle radicaba en que esa minoría
era por lejos más de la mitad
de la población invisible. Algo
así como hoy se llama minoría
a los hombres y mujeres de piel negra
en el Sur de Estados Unidos, allí
donde suman más del cincuenta
por ciento. Para no ver que la clase
dirigente boliviana era la minoría
étnica de una población
democrática, se pretendía
que un indígena, para serlo,
debía llevar plumas en la cabeza
y hablar el aymará del siglo
XVI, antes de la contaminación
de la Colonia. Como este fenómeno
es imposible en cualquier pueblo y en
cualquier momento de la historia, entonces
le negaban ciudadanía amerindia
por pecado de impureza. Para ello, el
mejor recurso ahora consiste en la burla
sistemática en libros harto publicitados:
se burlan de aquellos que reclamaban
su linaje amerindio por hablar español
y encima hacerlo a través de
Internet o de un teléfono celular.
Por el contrario, a un buen francés
o a un Japonés tradicional nunca
se le exige que orinen detrás
de un naranjo como en Versailles o que
su mujer camine detrás con la
cabeza gacha. Es decir, los pueblos
amerindios no tienen más lugar
que el museo y el baile para turistas.
No tienen derecho al progreso, eso que
no es invento de ninguna nación
desarrollada sino de la Humanidad a
lo largo de toda su historia.
Los recientes referéndums separatistas
de Bolivia —evitemos el eufemismo—,
es parte de una larga tradición,
lo que demuestra que la habilidad para
retener el pasado no es patrimonio exclusivo
de quienes se niegan a progresar sino
de quienes se consideran la vanguardia
del progreso civilizador.
Desde la inauguración del humanismo
en Europa, su evolución ha estado
basada en principios como la igualdad
entre individuos y entre grupos humanos
al mismo tiempo que en la diversidad.
La libertad ha sido el otro pilar, pero
no la libertad del más fuerte
sino la igual-libertad de todos, que
es la única que hace fuerte a
la especie humana. Quienes sostuvieron
el falso dilema libertad-igualdad, nunca
miraron que la historia demostraba la
superioridad de los valores humanistas.
Cada vez que hubo algún tipo
de liberación la igualdad se
ha visto radicalizada. Cada vez que
un grupo ha impuesto su libertad sobre
otros, lo ha hecho por la fuerza y en
lugar de la diversidad hemos tenido
uniformización.
Sin embargo, si las ideologías
y las culturas medievales (es decir,
pre-humanistas) defendían con
sangre en los ojos y en sus sermones
políticos y religiosos las diferencias
de clase, de raza y de género
como parte de la naturaleza o del derecho
divino y ahora han cambiado el discurso,
no es que hayan progresado gracias a
su propia tradición sino a pesar
de esa tradición. No han tenido
más remedio que reconocer e incluso
tratar de apropiarse de ideoléxicos
como "libertad", "igualdad",
"diversidad", "derechos
de minorías", etc., para
legitimarse y extender una práctica
contraria. Si la democracia era "un
invento del demonio" hasta mediado
del siglo XX, según esta mentalidad
feudal, hoy ni el más fascista
sería capaz de manifestarlo en
una plaza pública. Por el contrario,
su método consiste en repetir
esta palabra asociándola a prácticas
musculares contrarias hasta vaciarla
de significado.
Así, el levantamiento de muros
y fronteras es una de las características
fundamentales del fascismo, sea de izquierda
o de derecha, el principal adversario
del humanismo radical. El fascismo siempre
tiende a pensar en términos de
fronteras arbitrarias. Fronteras que
separan los sexos, las razas, los países,
las clases. Para crear estas fronteras
no sólo recurren al derecho a
una seguridad conveniente, sino a la
libertad e incluso a la retórica
de la igualdad donde ésta no
existe. Por ejemplo, se iguala el feminismo
al machismo, cuando existe una diferencia
de partida. Es decir, para legitimarse,
el opresor procura igualarse a su adversario
rebelde o se apropia de sus palabras.
Así, tampoco es lo mismo el patriotismo
que construye un imperio para expandirse
y legitimarse que el patriotismo de
un país o de una comunidad en
desventaja que crea este sentimiento,
muchas veces con los instrumentos de
una ideología contestataria,
para defenderse y liberarse reclamando
la igualdad del humanismo. Es fácil
advertir por qué un patriotismo
o un nacionalismo puede ser fascista
y el otro humanista: uno impone la diferencia
de su fuerza muscular y el otro reclama
el derecho a la igualdad. Pero como
tenemos una sola palabra y dentro de
ella se mezclan todas las circunstancias
históricas, usualmente condenamos
o elogiamos indiscriminadamente.
Ahora, la fuerza muscular del opresor
no es suficiente; es necesaria también
la tara moral del oprimido. No hace
mucho una Miss Bolivia —con unos trazos
de rasgos indígenas para una
mirada exterior— se quejaba de que su
país sea reconocido por sus cholas,
cuando en realidad había otras
partes del país donde las mujeres
eran más lindas. Esta es la misma
mentalidad de un impuro llamado Domingo
Sarmiento en el siglo XIX y la mayoría
de los educadores de la época.
Pero el coloniaje militar ha dejado
paso al coloniaje político y
éste le ha pasado la posta al
coloniaje cultural. Esta es la razón
por la cual un gobierno compuesto de
etnias históricamente repudiadas
por propios y ajenos no sólo
debe lidiar con las dificultades prácticas
de un mundo dominado y hecho a la medida
del sistema capitalista, cuya única
bandera es el interés y el beneficio
de clases financieras, sino que además
debe lidiar con siglos de prejuicios,
racismo, sexismo y clasismo que se encuentran
incrustados debajo de cada poro de la
piel de cada habitante de esta adormecida
América.
Como reacción a esta realidad,
quienes se oponen recurren al mismo
método de elevar a la cúspide
caudillos, hombres o mujeres individuales
a quienes hay que defender a rajatabla.
Desde un punto de vista de un análisis
humanista, esto es un error. Sin embargo,
si consideramos que el progreso de la
historia —cuando es posible— también
está movido por los cambios políticos,
entonces habría que reconocer
que la teoría del intelectual
debe hacer concesiones a la práctica
del político. No obstante, otra
vez, aunque dejemos en suspenso esta
advertencia, no debemos olvidar que
no hay progreso humanista luchando eternamente
con los instrumentos de una vieja tradición
opresora y antihumanista.
Pero primero lo primero: Bolivia no
se puede partir en dos en base a una
Bolivia rica y blanca y otra Bolivia
india y pobre. ¿Qué fundamento
moral puede tener un país o una
región autónoma basada
en principios de agudo retardo histórico
y mental? ¿Por qué no
se llegó a estos límites
separatistas —o de "unión
descentralizada"— cuando el gobierno
y la sociedad estaban dominados por
las tradicionales clases criollas? ¿Por
qué entonces era más patriótico
una Bolivia unida sin autonomías
indígenas?