A la
hora en que la gente termina de salir
por fin de sus oficinas y los embotellamientos
en las afueras de Manhattan comienzan
a disolverse lentamente, a esa hora en
que los comercios del downtown cierran
sus puertas y bajan sus cortinas de acero
hasta las casas de mascotas, adelantándose,
con precaución y estrépito,
a la oscuridad precoz de los atardeceres
de un invierno que todavía no llega,
un hombre ligero y sin prisa camina hacia
el sur, escondido detrás de una
barba blanca, casi amarilla por un misterioso
efecto del atardecer, con la mirada fija
en sus próximos dos pasos, tal
vez pensativo o simplemente cansado, con
una bolsa de tela gris en la espalda que
deja adivinar el cuerpo ahora frío
y tímido de un saxo. Luego se detiene.
Deja de murmurar pensamientos largos e
indescifrables, pensamientos que arrastran
reflexiones poco claras sobre los efectos
del atardecer en el ánimo melancólico
de alguien que se narra a sí mismo
su propia vida, y entra en un viejo edificio
del Village, reciclado y extremadamente
pulcro en su interior, alfombrado contra
los pasos indiscretos, iluminado estratégicamente
para que sus salas y pasillos dejen ver
los pies y los cuerpos que entran y salen,
disimulando con imprecisión los
rostros que los acompañan. Un olor
agradable de velas frutales llena cada
recinto, mientras diferentes pantallas
informan al cliente sobre los servicios
accesibles esa noche. El hombre de la
barba blanca, ahora azul, se acerca a
una de las máquinas y lee con cuidado.
Con un dedo, también azul, elige
una opción en la pantalla y la
máquina le extiende un ticket que
dice F. y, sin querer o sin pensarlo,
como un hombre cansado que se sumerge
distraídamente en un sueño
profundo, continúa reflexionando
sobre las cosas que lo envuelven y se
introducen en esa repentina nostalgia,
como un huracán mudo e invisible
se introduce en una casa y extrae de ella
los muebles, los pedazos de puertas, los
cuadros que colgaron allí por años
y los va desparramando por la ciudad.
Diferentes pasillos lo conducen, como
en un aeropuerto, a una pequeña
puerta que vuelve a repetir F. Entra y
deja el bulto en una pequeña mesita.
Se sienta al lado y espera. Mira: la cámara
F es pequeña y familiar, apenas
más grande que un cuarto de baño
y desprovista de los aparatos que se pueden
encontrar en uno de esos.
Una de las paredes mayores es de vidrio
y comunica visualmente con la otra cámara
gemela, tan parecida a la anterior que
cualquiera confundiría el cristal
transparente con un espejo, si no fuera
por el detalle de que del otro lado
no se encuentra el que mira.
El músico espera que se encienda
la luz roja. Generalmente no demora
más de tres o cuatro minutos,
pero hay que considerar que a esta altura
del año la gente está
más concentrada en su trabajo.
No tardará; de todas formas,
no tardará en encenderse la luz
y el tiempo sólo comenzará
a correr desde entonces: cinco minutos.
Y mientras repite "no tardará",
saca el saxo de la bolsa y comienza
a tocar algunas notas sin demasiado
orden. Sospecha del correcto funcionamiento
de uno de los botones. El temor de que
el instrumento se descomponga le recuerda
los días de su juventud. Hasta
que por fin se enciende la luz y aparece
alguien.
Alguien. Como era de esperar, es una
mujer. Una mujer muy joven con uniforme
de empleada, aunque nunca es posible
determinar si lo que la persona lleva
se corresponde realmente con alguna
de sus actividades diarias o ha sido
elegida para la ocasión. Casi
siempre es así. Como la máscara
de calavera que lleva puesta. Mucha
gente opta por las máscaras,
porque si bien Nueva York es infinita,
siempre queda la posibilidad de que
uno reconozca en la calle a alguien
que pudo haber visto en un Confesionario,
deformado por la luz azul pero en ocasiones
reconocible por la fuerza de sus ojos.
A juzgar por sus piernas, se podría
decir que la joven aún no ha
terminado la secundaria. Hay otros detalles
que lo confirman: su timidez, por ejemplo.
Ha pasado un minuto y aún se
mantiene de pie, explorando con su máscara
de muerte la cámara, como si
fuese la primera vez que entra a una,
mirando a través del cristal
como si quisiera reconocer al hombre
de barba blanca, sentado en una silla,
contra la otra pared, con un saxo sobre
las rodillas y con la mirada triste,
fija en ninguna parte. Por un instante
piensa que el hombre es ciego, pero
es sólo una impresión
pasajera. Sería absurdo y además
acaba de mover los ojos hacia sus pies.
Eso le recuerda que el tiempo se va
y que hay que comenzar. Entonces tantea
con una mano la solidez del cristal,
como un movimiento instintivo y que
sólo sirve para perder más
tiempo. Sabe que tiene tres centímetros
de espesor y que es antibalas, pero
igual se asegura con disimulada fuerza.
Luego verifica que ha cerrado la puerta
con llave y comienza a desnudarse.
Sin duda es una joven vergonzosa. Sus
caderas aún no se destacan excesivamente
del resto del cuerpo: predomina su altura,
cierto parecido con algún personaje
de El Greco que ha visto la semana anterior
en el MOMA, acentuado por esa luz fría
del confesionario, a un paso de ser
confirmada o descartada por un sentimiento
trágico que amenaza con instalarse
del otro lado del cristal. La máscara
no es lo más apropiado, piensa
el músico. Una vez un hombre
se suicidó en un confesionario.
Pero es preferible no recordar esas
cosas ahora; bastante tiempo le ha llevado
limar las aristas filosas de algunos
recuerdos. De acuerdo, el olvido es
un arte de moda, aunque es mal practicado:
los médicos nos obligan a recordar
lo más desagradable de nuestra
existencia, aquello que la sensibilidad
echó a los sótanos de
la memoria, al tiempo que la estupidez
se divierte destruyendo lo que queda
en el salón principal.
No ha terminado de desnudarse completamente,
pero se detiene. Observa otra vez a
través del cristal. El viejo
que le ha tocado en la gemela no se
ha movido desde que ella entró.
No está ciego. Tampoco está
muerto. Podrían haberla engañado
poniendo un maniquí, uno de esos
hologramas animados que alguna vez estuvieron
de moda, antes que volvieran los hombres
de carne y hueso. Pero no; está
tan vivo como triste. Su tristeza se
contagia a través del vidrio.
Es como la pobreza: salpica. Una amiga
le había contado que los hombres,
apenas las ven entrar, se pegan contra
el cristal, casi siempre exponiendo
lo suyo, y tarde o temprano terminaban
por ensuciarlo. Incluso, una vez le
había tocado una mujer que mordía
el cristal como si estuviese rabiosa,
allí mismo donde otros hombres
habían hecho sus necesidades
esparciendo su semen idiota. De esta
historia le había quedado en
la retina la imagen casi imposible de
una mujer mordiendo un vidrio por el
lado plano, hasta que en la casa de
otra amiga descubrió a una perra
haciendo lo mismo para pedirle a su
dueña que le abriese la puerta
del fondo. De todas formas no había
de qué temer, porque así
como la seguridad de aquellos recintos
era implacable, también lo era
la higiene: un minuto después
de desocupada la sala, se llenaba automáticamente
con una espesa radiación, por
lo cual no había posibilidades
de contagio alguno.
Eso le habían contado de los
hombres. No era el caso de este viejo.
Así que se sintió segura
del todo y terminó por desnudarse.
Se paró cerca del cristal y dio
media vuelta, con la punta de los pies
resistiéndose al giro. Luego
se quedó mirándolo un
instante. Él también la
miraba, aunque ahora sus ojos demostraban
sorpresa, más sorpresa que desinterés.
Ella insistió y fue mucho más
allá: con el corazón agitado,
se sacó la máscara y lo
miró a la cara. Una sonrisa viva
se formó en sus ojos y en su
boca, un segundo antes que sonara la
alarma. Excederse un minuto del tiempo
límite significaría el
pago de un ticket nuevo, por lo que
la joven tomó apresuradamente
la ropa que estaba en el suelo, se vistió
y salió sin volver a mirar hacia
atrás.
El músico salió sin la
misma prisa, notando que la joven había
olvidado su máscara en el piso.
Imaginó que en ese preciso instante
ella estaría saliendo por la
Quinta, mientras su camino lo conducía
lentamente a la Sexta. En la Quinta
tal vez tomaría un taxi y se
perdería entre los diez millones
de anónimos que habitan la ciudad.
No volvería a ver esa sonrisa
y esa mirada viva, o casi viva, que
había esperado ver (eso lo pensaba
ahora) durante años, desde que
se inventaron los confesionarios. Durante
años sólo había
visto mujeres ensayando y repitiendo
poses de todo tipo, esperando furiosas
que él reaccionara a sus encantos
intentando romper inútilmente
el cristal, como si les hiciera falta
algo del peligro que se evitaban en
los confesionarios.
Era noviembre. La conmemoración
de Acción de Gracias marcaba
un dramático descenso en la población
de pavos salvajes. Algunos copos de
nieve flotaban en el aire mientras en
la pantalla de Time Square el presidente,
como cada año, le perdonaba la
vida a un gran pavo blanco.