Según una primitiva visión
darwiniana —propia de los neoconservadores
antidarwinianos—, el mundo sigue siendo
una competencia entre neandertales y
cromagnones. Sólo sirve ganar,
porque "nuestros valores"
son superiores, ya que son "los
valores de Dios". Otros pensamos
lo contrario: este tipo de dinámica
no podría llevar al éxito
de los cromagnones sino a la extinción
de ambos contendientes bajo la lógica
arbitraria de Superman, según
la cual "los buenos somos nosotros
y por eso debemos aniquilar a los malos".
Hay una diferencia con nuestros tiempos:
no estamos totalmente en aquella prehistoria
y, si suscribimos mínimamente
un posible progreso de la historia según
los valores del humanismo, podemos interpretar
que estas leyes darwinianas no se aplican
en crudo en la especie humana o la cultura
de cooperación y solidaridad
es parte de la misma selección
natural que ha superado el estado cavernícola.
No obstante todavía quedan en
pié algunos principios de aquella
época. Por ejemplo, la fortaleza
que confiere una creencia sólida,
sin importar su veracidad. Así
se levantaron todos los imperios como
el romano, el islámico y los
subsiguientes europeos y americanos.
Alguno de ellos tenía que estar
teológicamente equivocado, pero
todos tuvieron éxito gracias
a algún tipo de fanatismo mesiánico.
Así también se hundieron.
Si los antiguos mitos totémicos
favorecieron a unas tribus sobre las
otras, los modernos mitos sociales discriminan
de forma más compleja favoreciendo
a clases sociales, grupos o sectas financieras,
intereses nacionales y a veces raciales,
etc.
Veamos un ejemplo contemporáneo.
No hace mucho alguien me señalaba
con inconmovible obviedad la derrota
del marxismo en el mundo.
—¿Por qué piensa usted
que el marxismo ha fracasado? —pregunté.
—Basta con ver lo que ocurrió
en la Unión Soviética
y en los países socialistas y
con terroristas como Che Guevara.
Este señor nunca había
leído un solo texto de Marx o
de sus continuadores, pero había
visto mucha televisión y, sobre
todo, había recibido algunos
cursos sobre "lucha antisubersiva",
así que estaba dotado de una
docena de lugares comunes sazonados
con la elocuencia de la repetición.
—En realidad, sacar a un país
analfabeto de la periferia y convertirlo
por varias décadas en potencia
mundial no parece un gran fracaso —comenté
de puro contra, a pesar de mi profundo
desprecio por los tiempos de Stalin
y sus consecuentes.
—La lucha de clases, por ejemplo, es
un acto criminal.
—Del todo de acuerdo. Sobre todo porque
existe. Aunque ahora no se trate de
princesas de sangre azul y campesinos
criminales con cara de sapo.
Claro que ver a la Unión Soviética
como el marxismo puesto en práctica
es una arbitrariedad de propios y ajenos.
De haber vivido Marx por entonces y
en aquella tierra, igualmente hubiese
sido exiliado a Inglaterra. No porque
Inglaterra fuese un imperio bondadoso
sino porque era un imperio arrogante,
como todo imperio, que nunca se sintió
amenazado por los intelectuales. Lo
cual era una considerable ventaja para
alguien que debía escribir un
análisis histórico como
El Capital para ser leído y discutido
por los siglos por venir, aún
cuando la Unión Soviética
y el Imperio Británico hubiesen
desaparecido.
Pero aún si asumiésemos
que el marxismo ha fracasado como organización
política eso no quiere decir
que el marxismo haya fracasado como
corriente de pensamiento y de acción
social. Paradójicamente, donde
más vivo está hoy en día
el marxismo es en las universidades
norteamericanas, donde, de una forma
o de otra, se lo usa como uno de los
más recurrentes instrumentos
de análisis de la realidad. De
esa realidad que no quieren ver los
realistas neandertales. Y no se puede
decir que estos centros viven en las
nubes porque, aún medido según
los valores tradicionales de los "pragmáticos
hombres de negocios", son estas
universidades a través de sus
diferentes rubros los centros económicos
que directa e indirectamente dejan al
país astronómicas ganancias
económicas, sin contar cada uno
de los inventos, sistemas e instrumentos
contemporáneos que se usan en
los rincones más remotos del
planeta, para bien y para mal.
Dejando de lado este detalle, bastaría
con situarse en el siglo XVIII o en
el XIX para darse cuenta que eso que
llaman "marxismo" no ha fracasado
sino todo lo contrario. (Claro que el
marxismo inspiró barbaridades.
Pero los bárbaros y genocidas
se inspiran de cualquier cosa. Si no
pregúntenle a cualquier religión
si en su historia no tienen toneladas
de perseguidos, torturados y masacrados
en nombre de Dios y la Moral.) Sin la
herencia del marxismo, el pensamiento
actual, aún el antimarxista,
se encontraría desnudo y perdido
en el mundo del siglo XXI. Y no sólo
le pensamiento. Una buena parte de los
logros y del reconocimiento de las igualdades
de los oprimidos —de la humanidad oprimida—
fueron acelerados por esta corriente
radical, desde las exitosas luchas sociales
en el siglo XIX por los derechos de
los obreros, por el combate de la esclavitud
en América y la de campesinos
en las venenosas factorías de
la Revolución Industrial en Europa,
por los derechos igualitarios de la
mujer hasta la rebelión de los
pueblos colonizados en el siglo XX.
Todas revisiones y reivindicaciones
que se continuaron con éxito
relativo y siempre precario en el siglo
XXI hasta olvidar que en su momento
fueron combatidas como propias del Demonio
o de subversivos resentidos, no pocas
veces condenados por esa "voz del
pueblo" hecha por el sermón
a medida del interés de una minoría
en el poder.
Algunos intelectuales de derecha han
publicado que todos esos progresos humanistas
se lograron gracias al "buen corazón"
de los hombres y mujeres de fe religiosa.
No obstante, sus iglesias e instituciones
no sólo estuvieron históricamente
allí, condenando estas luchas
de liberación como "corrupciones
inmorales del progreso", justificando
represiones y matanzas durante los tiempos
de barbarie sino que además sus
esferas de acción casi siempre
tenían sus centros en el poder
mismo, no para criticarlo sino para
legitimarlo. Lo cual no es una condición
natural de ninguna iglesia en particular,
sino una de esas plagas que transmiten
los humanos en cualquier otra esfera
social, tal como lo revelan los pocos
Evangelios que nos quedaron.
Por otro lado, el rechazo epidérmico
a la tradición del pensamiento
marxista tampoco se debe únicamente
a un aparente ateísmo, ya que
los Teólogos de la liberación
demostraron que se puede creer en Dios,
ser cristiano y al mismo tiempo suscribir
con coherencia un pensamiento marxista
o, al menos, progresista de la historia.
De hecho podemos entender el cristianismo
primitivo como un humanismo radical,
opuesto a las estructuras jerárquicas
y políticas del cristianismo
posterior, surgido bajo la bendición
y a la medida política del emperador
Constantino.
Hasta ese momento, el cristianismo
nacido de un subversivo condenado a
muerte, llevaba tres siglos de derrotas
y persecución por parte del Imperio.
Pero también tres de sus mejores
siglos, antes del espectacular éxito
político del año 313.