Las clases nobles siempre fueron internacionales:
entre ellas hicieron la guerra y el
amor, sin importar la cultura, la religión
ni el idioma. Pero siempre se cuidaron
de no mezclarse con sus propios pueblos,
que les proveían de alimentos
y carne de cañón para
la guerra, inevitablemente sazonada
con el conmovedor sentimiento de la
propaganda patriótica cuando
no del sacrificio religioso. Excepto
en los cuentos de hadas donde encontramos
algunas excepciones, como valerosos
campesinos que llegan a ganarse a la
princesa en una contienda entre machos.
Pero en ningún caso se trata
de contestatarios sino precisamente
en restauradores de los privilegios
del rey o de la aristocracia.
Ahora, si consideramos que el cristianismo
moderno se funda en el año 325,
con la eliminación arbitraria
de decenas de evangelios tachados de
apócrifos, no es raro pensar
que todos aquellos textos que mencionaban
la rebelión de Jesús y
otros grupos subversivos contra Roma
hayan sido pudorosamente silenciados.
De la misma forma, de la responsabilidad
del imperio romano por el magnicidio
se pasó a la culpa del pueblo
judío hasta el éxito político,
económico y militar de Israel
en el siglo XX, donde el mismo asumido
se convirtió en un tabú
políticamente incorrecto. (El
antisemitismo, que era una virtud ética
en la Europa del Renacimiento, siempre
estuvo en contra de los principios del
humanismo profesado por católicos
y ateos —como el principio de igualdad
y el derecho a la diferencia— pero no
pasó decisivamente a la clandestinidad
sino hasta el fin de la Segunda Guerra.)
Al fin y al cabo la Iglesia que decidió
de forma mística la validez de
sólo cuatro Evangelios fue la
misma que había recibido la legitimación
y oficialización del poder doce
años antes, por parte del emperador.
Constantino no sólo puso su nombre
a la capital del mundo, antes Bizancio,
sino que puso también su firma
en la nueva religión oficial
del imperio, de la cual entendía
poco o nada pero fue capaz de decidir
la teología final de la Iglesia
según sus intereses políticos
de unificación. El Imperio ya
no perseguía ni tiraba cristianos
a los leones y había que olvidar
y culpar a algún otro. Sobre
todo olvidar el factor político
del Hijo de Dios que, paradójicamente,
no fue ajeno a nada humano.
La tradición teológica
y el discurso eclesiástico nunca
vieron el factor político detrás
de sus acciones, detrás de su
propia historia. Pero esta dimensión
se puede ver desde muchos puntos de
vista en la revolución provocada
por el Mesías, incluso desde
la misma teología. La superación
del nacionalismo anterior del Padre
no deja de ser un ejemplo. Pero la ceguera
política fue por muchos tiempos
una contagiosa de visión de clase.
Cuando el pensamiento europeo, especialmente
desde el marxismo, advirtió esta
dimensión ideológica del
discurso hegemónico y de la dinámica
de la historia, el sermón tradicional
atribuyó la capacidad de ser
político e ideológico
a todo lo que fuese pensado y producido
fuera de los espesos muros de las iglesias.
Se pretendió que la política
incompatible con la religión
o, al menos, se podía expurgarla
de un claustro, de un convento o de
una ermita mientras el clero se ocupaba
de ella.
El sermón religioso tradicional
continúa siendo incapaz de ver
esta realidad más allá
del individuo, razón por la cual
cualquier referencia a la historia,
a la sociedad como algo más que
un conjunto de almas aisladas hace sonar
todas las alarmas dialécticas.
Para éstos, una sociedad es el
cúmulo de individuos, una especie
de Sociedad Anónima, por momentos
autista. La salvación es un problema
individual, al extremo que un hombre
o una mujer puede alcanzar el Paraíso
y ser feliz aunque su amada de toda
la vida haya sido derivada al infierno
por atea o por discrepar con el canon
religioso.
Por otra parte, entiendo que hoy en
día es la Iglesia Católica
una de las iglesias que más ha
cambiado desde el Vaticano II de 1962.
No gracias al Vaticano sino a pesar
de él. A pesar de la reacción
conservadora de Juan Pablo II y del
persistente rechazo teológico
del entonces cardenal Joseph Ratzinger
en los años '80, la iglesia o
las iglesias católicas cada día
se identifican más con los valores
de los teólogos de la liberación.
La historia se repite: los cambios surgen
de los derrotados, desde la clandestinidad,
desde los márgenes del poder
político. Aunque con un lenguaje
siempre conservador, sus valores, sobre
todo en América Latina, continúan
alejándose progresivamente de
aquella práctica tradicional
que consistía en legitimar y
apoyar las clases oligárquicas
cuando no explícitamente bendecían
las dictaduras militares, nacidas de
los propios intereses agrícolaganaderos
de las clases dominantes. El olor a
antigüedad que se respira en las
pequeñas iglesias católicas
poco a poco pasa de representar la opresión
a las minorías para convertirse
en refugio político-espiritual
de esas minorías. La razón
estriba en que la intolerancia político-religiosa
se ha asentado en las sectas protestantes
que rodean los centros del poder mundial,
hoy en declive pero aún con la
fuerza suficiente para dictar por la
fuerza de sus músculos la "moral
correcta" y la política
de los héroes tipo Rambo. El
narcótico salvador de los televangelistas
ha tomado definitivamente el rol político
que alguna vez tuvieron los sermones
católicos de la Edad Media y
hasta bien avanzado el siglo XX, cuando
se confundía el mártir
celestial con el soldado que caía
defendiendo al imperio al tiempo que
se acusaba de político o de marxista
a quien se atrevía a cuestionar
esta relación incestuosa.