Desde los antiguos egipcios hasta nuestros
días, la moda fue siempre la estrategia
de las clases altas para distinguirse
de la chusma. Como la chusma siempre ha
sido chusma no tanto por su pobreza sino
por su ansiedad por parecerse a las clases
dominantes, trataba de copiar el estilo
de los nobles y ricos hasta que éstos
no tenían más remedio que
volver a cambiar de estilo. Décadas
atrás, se cultivó una especie
de voyeurismo de clase: la clase obrera
miraba y copiaba los pequeños vicios
—ya que no los grandes— de las clases
exitosas, de la farándula y la
antigua realeza europea. Para reponerse
y olvidarse de su agotadora jornada, los
productores consumen todo aquello que
los consumidores producen.
Pero la frivolidad se ha democratizado
y ahora también resulta interesante
introducir una cámara en una
favela de Río o en los suburbios
de Medellín. Para quienes no
soportan emociones tan fuertes está
el voyeurismo sobre un grupo de jóvenes
ociosos de la clase media, como Gran
Hermano, o sobre la vida de un hombre
pobre que se hizo rico vendiendo discos
o tomates, lo que ejemplifica las bondades
democráticas del sistema dominante.
El sistema capitalista —seguramente
no el peor de los sistema que han sido
en la historia— no requiere de grandes
teóricos; le basta con la simplicidad
de un caso exitoso entre un millón
de "todavía sin llegar"
que cuente su asombrosa historia coronada
por la demagógica moraleja de
"querer es poder". Las explicaciones
complejas no tienen lugar porque van
destinadas a los voyeurs del éxito;
a los excitados, no a los exitosos.
Nada mejor que el fracaso para ansiar
el éxito y confirmar la sabiduría
de Niurka Marcos y el Show de Cristina
aleccionando a sus espectadores desde
Miami: "hay que ser positivos.
Yo soy positiva. Es por eso que algunos
tenemos todo lo que tenemos y otros
no tienen nada". Factores extra-anímicos
—como por ejemplo el hecho de que los
inmigrantes cubanos que llegan a América
de forma ilegal reciben estatus legal
mientras el resto no puede aspirar a
otra cosa que mantener su condición
de eternos fugitivos— son meros detalles
propios de mentes pesimistas.
Como las imágenes no bastan,
es necesario que el protagonista de
vertiginosas aventuras, como lo es la
inacción perpetua de Gran Hermano,
exprese cada uno de sus sentimientos
y explique quién es. Los otros
son siempre una buena excusa para hablar
de uno mismo. En los confesionarios
cada uno lucha por ser reconocido como
auténtico, aunque en ningún
otro lugar se finge más que en
la confesión mediática.
"Pienso que voy a ganar porque
siempre he sido yo misma". "Gané
porque en todo momento fui auténtico,
luché a muerte por ser yo mismo
y mostrarme tal cual soy".
Recientemente, en el concurso Nuestra
Belleza Latina realizado por la cadena
Univisión en Miami, las candidatas
confirmaron la regla. Hasta el hastío.
"Pienso que mi mayor virtud ha
sido ser yo misma, nunca cambiar y defender
siempre lo más auténtico
que llevo dentro". "Yo voy
a ganar la competencia porque siempre
he sido yo misma. Ese ha sido mi objetivo
siempre y la gente lo reconoce y aprecia".
"Yo me muestro como soy, siempre
he mostrado mi yo más auténtico".
"Mi hija ha sido reconocida por
ser siempre ella misma. Sólo
le pido eso, que siga siendo así
de auténtica", etc.
Al mismo tiempo que cada bella concursante
lucha por la originalidad que las destaque
del resto, por la lógica del
concurso y de la cultura mediática,
deben evitar esta rara virtud humana.
Basta con verlas caminando o de pié,
sonriendo y haciendo equilibrio con
la eterna pierna derecha por delante
de la izquierda, variación del
canon egipcio impuesto por los faraones
muertos.
Por "mujer latina" siempre
se asume un tipo definido no por la
mirada de América Latina sino
por la mirada de Estados Unidos, por
todo aquello que diferencia a nosotros
de ellos. En América latina no
hay latinos, ni hispanos más
allá de una definición
etimológica, casi siempre producto
de equívocos históricos.
Latino en Perú o Argentina es
un falso cognado de latino en Estados
Unidos. La diferencia semántica
es la misma que existe entre molestar
en español y (to) molest, en
inglés, que significa "abusar
o violar".
Si las americanas son rubias o son
casiamericanas, la Belleza Latina debe
excluir a las Marilyn Monroe, aunque
en Montevideo o Buenos Aires estas sean
un tipo tan común como en Utah
o Nebraska. No obstante, esta diferencia
no debe ser tan grande como para alejarla
del canon de la típica barbie
de piel bronceada. Ni las rubias del
Cono Sur ni las indias de Mesoamérica
y de los Andes. Tanto los rostros indígenas
como los afroamericanos se juzgarán
más hermosos cuanto menos sean
"ellos mismos", lo que se
deduce de la obsesiva necesidad de estirar
motas, aclarar rulos y afinar labios
y narices.
Salvo raras excepciones, todas las
concursantes se parecen como las Marilyn
de Andy Warhol o la serie de barbie
dolls, lo que lleva a los jurados a
otra originalidad:
Animador: No quisiera estar en el lugar
del jurado…
Jurado: Así es, eliminar a una
fue una decisión muy, muy difícil.
Es lógico. Aparte de que todas
cumplen con el canon al que responden
nuestros deseos estéticos y sexuales
—producto hormonal en complicidad con
nuestros prejuicios y fijaciones infantiles—,
una se parece a la otra al tiempo que
repiten la misma ansiedad de ser "una
misma, auténtica".
Si todos somos producto de copias,
herencias y reciclajes, un concurso
de belleza es la exacerbación
de un canon social específico,
en este caso el de la "belleza
latina" que excluye el deseo por
la belleza de la mujer caucásica,
travistiendo una en otra. Nadie puede
ganar fuera de estos límites
estéticos, no obstante otra vez:
"mi mayor mérito es haber
sido siempre yo misma, auténtica,
sin importar lo que digan o hagan las
demás".
Sin embargo, en un realiy show donde
el trabajo es destacarse sin inventar
nada nuevo, el mérito se reduce
a la difícil tarea de ser uno
mismo, sin perder la originalidad y
sin dejar de ser una copia o una parodia
de los demás. Seguramente la
alevosa fantasía de ser "uno
mismo" y de morirse por lo que
dicen los demás no nació
con esta cultura del yo alienado, pero
es allí donde se consolidó
como paradigma ético.
¿No aceptarán nunca que
ese "yo auténtico",
ese "ser yo mismo" no es otra
cosa que la sumatoria de copias, de
retazos de otros, producto inequívoco
de una cultura que fabrica fracturas
ideológicas, psicológicas,
éticas, estéticas y económicas?
¿O acaso esa forma de caminar
con los pies cambiados, con el derecho
a la izquierda y el izquierdo a la derecha
son invenciones originales de cada uno?
¿Esa forma de reír, de
peinarse, de pararse, de hablar, esa
forma de blanquearse con frecuencia,
de parecerse a Marilyn Monroe o a Ricky
Martin, esa forma de cada uno es original
de cada uno o meras repeticiones, desesperados
travestismos del carácter?
Por otra parte, aún asumiendo
que existe una esencia del ego, pura
e incontaminada, surgida en el momento
del parto o formada en la infancia,
¿por qué esa exaltación
ética de "ser uno mismo
sin cambiar jamás"? ¿Será
que no hay nada para mejorar? ¿No
será que hacen falta algunas
mejoras a semejante palacio?
Podemos aceptar que una dosis de frivolidad
es necesaria en la vida de cualquiera.
Pero cuando se convierte en el único
pan de cada día, es lícito
sospechar.