Con creciente nerviosismo hacía
figuras triangulares doblando el papelito
donde decía 22-A. Trataba de
pensar en las ventajas de la A o de
la K sobre las letras intermedias. Estaba
seguro que iba a pronunciar la palabra
apenas se enfrentase con la mujer de
la puerta H.
Esta certeza absurda lo había
asustado tanto que sin mirar a ningún
lado dio un paso y se salió de
la fila. Fingió un malestar.
Tomó su maleta y se dirigió
al baño. Hizo varios movimientos
sospechosos: tomó por un pasillo
lleno de gente que se dirigía
en dirección contraria; debió
forcejear con diez o veinte personas
que no advirtieron que alguien iba a
contramano. Todos olían a perfume,
a limpio. Los hombres llevaban trajes
negros y azules. Predominaban los perfumes
dulces. Alguno, incluso, olía
a sandía, pero sin el pegote
que produce el azúcar de la sandía
secada en la mano. Al menos cinco mujeres
llevaban joyas auténticas, con
predominancia del oro blanco. Todas
se parecían. Labios carnosos
de una boca que podría abrirse
y tragar a una persona. Ojos gigantes
de párpados sin arrugas.
Aunque había nacido allí,
aunque había vivido cuarenta
años allí, 22-A se sentía
extranjero, o algo le llamaba la atención.
Estaba perturbado por ofender la rigurosa
rutina; últimamente no había
cumplido con los servicios habituales
de los domingos; una reciente experiencia
en la montaña —estuvo una semana
sin conexión, alejado por un
accidente climático de todos
los índices que más ama—
lo había mantenido bajo una leve
pero sospechosa fiebre. Su nuevo estado
se revelaba con enigmáticas freses,
quizás pensamientos. "Un
día para Dios —le decía
a un amigo de la bolsa—; seis días
para Dinero".
Después de varios cambios de
dirección que debieron percibir
las cámaras ocultas en oscuras
esferas de navidad, dio con unos baños.
Entró en un gabinete arrastrando
el carrito de su maleta y se forzó
a orinar. Pero no tenía nada
para hacer y temió que del ducto
de aire lo estuviesen vigilando. Un
agujero negro no revelaba la presencia
de ningún ojo de vidrio. Ni su
ausencia tampoco.
Los diálogos obscenos de los
años sesenta que durante años
fueron borrados por la rigurosa higiene
moral en curso, comenzaban a regresar
de una forma más digna. Con letras
impresas de impecable color rojo, la
empresa W quería recordarle al
feliz orinante que el mundo estaba en
peligro y necesitaba de su colaboración.
Enfrente, en la puerta, otra leyenda
prevenía al defecnate de turno
de los engaños de toda forma
de alivio y de la necesidad de una permanente
alerta máxima.
Guardó el pene con pudor y salió,
absurdamente nervioso. ¿Qué
diría si alguien lo detenía
y lo interrogaba? ¿Por qué
estaba nervioso? Si no tuviese nada
para ocultar no tendría motivos
para esa palidez en el rostro, para
ese sudor revelador en las manos.
Mientras se lavaba las manos pudo verlo.
Esta vez sí, había una
pequeña cámara. O fingía
ser una cámara, no importa. Como
esas semiesferas que cuelgan en las
grandes tiendas. De diez, tal vez una
tenga una cámara que vigila.
Lo importante no es que exista o no,
sino que nadie pueda afirmar con certeza
si existe o no. Vigilancia que nadie
podría acusar como violación
de privacidad, porque todos aquellos
eran lugares públicos, incluido
el sector del baño donde la gente
se lava las manos. Las cámaras
(o la sospecha de las cámaras)
estaban ahí para seguridad de
la misma gente. De hecho nadie estaba
en contra de este sistema, sino todo
lo contrario. Habría que imaginar
qué terrible sería si
no existiesen esos puntos de control.
Quienes de vez en cuando se atrevían
a imaginarlo se horrorizaban o escribían
voluminosas novelas que se vendían
como pan caliente.
Por alguna razón, 22A comprendió
que ir al baño y no poder orinar
no podría ser nada extraordinario.
Menos sospechoso. Esta idea lo calmó.
Tocándose el estómago,
luego la cabeza, tratando de pensar
qué podía haberle hecho
mal, salió de nuevo en dirección
a la puerta H.
—El monstruo debe morir. ¿Qué
opina usted?
—¿Cuál monstruo?
—¿Cuál más? Barbasucia.
—Oh, cierto, Barbasucia, el monstruo…
—Duda de que es un monstruo?
—¿Yo? No, no dudo. Es un monstruo.
—Entonces, ¿por qué pregunta
cuál monstruo? ¿Estaba
pensando en Barbavieja?
—Bueno, no. No precisamente.
—Qué otro monstruo podría
merecer ser juzgado en un tribunal como
el que juzgó a Barbasucia? ¿Puede
explicárselo a la audiencia de
Tú Noticias Show?
—Bueno, no sé…
—Pero duda.
—Sí, claro, dudo. Dudo firmemente.
—Increíble. ¿En quién
está pensando?
—No puedo decirlo.
—¿Cómo que no puede?
¿No vivimos en un mundo libre,
acaso?
—Yes, Sir. Vivimos en un mundo libre.
—Entonces diga lo que está pensando.
—No puedo.
—¿Acaso no es libre de decir
que Barbasucia y Barbavieja son dos
monstruos?
—Sí, señor, soy libre
de decirlo y de repetirlo.
—¿Entonces?
—¿Soy libre de decir todo lo
que pienso?
—Por supuesto. ¿Por qué
lo duda?
—Cualquier cosa que diga podría
ser usado en mi contra. Es mejor ser
una buena persona.
—Claro, libertad y libertinaje no son
lo mismo.
—Yes, Sir.
—¿Me va a decir lo que estaba
pensando?
—Yes, sir.
—¿Estaba pensando que gracias
a Dios los dictadores son juzgados por
la justicia?
—Sí, señor. Siempre he
pensado que todos los dictadores deberían
ser juzgados. Me apena un poco que algunos
se escapen siempre.
—Excelente. El problema es que no vivimos
en un mundo perfecto. Pero sus palabras
son muy valientes. Claro que semejante
acto de rebeldía no hubiera sido
posible bajo una dictadura monstruosa
como la de Barbasucia o la de Barbavieja.
—Sí, señor.
—¿Se da cuenta que puede decirlo
libremente?
—Sí, señor.
—¿Alguien lo está torturando
para decir lo que no quiere decir?
—Señor, no señor.
—Comprende, entonces, el valor de la
libertad?
—Sí, señor.
—Excelente. Volvemos a estudios y seguimos
con Tú Noticias Show, donde Tú
eres la estrella protagónica.
¿Me escucha Rene? ¿Aló,
me escuchan?
Pero no se puso en la fila que estaba
esperando para ingresar. Quiso saber
si estaba seguro de sí mismo.
Por un instante se sintió mejor,
ya no tenía los síntomas
del pánico. Pero todavía
no había alcanzado la certeza
de que aunque lo obligaran, no iba a
pronunciar la palabra. Sabía
que bastaban fracciones de segundo para
pronunciarla. Fracciones que habían
sido fatales para mucha gente que, ignorantes
del peligro, ignorantes de las consecuencias
de sus actos, se habían atrevido
a usarla en broma. Sabía del
caso de un senador extranjero que había
entrado en una tienda para comprar una
pluma. Cuando pasó por la caja
la empleada le preguntó qué
era aquello. ¿Para qué
diablos preguntó eso? ¿No
sabía que una pluma se usa habitualmente
para escribir? Aún si la pluma
tenía otras funciones, por ejemplo
sexuales o para servirse el pan en el
desayuno, ¿qué le importaba
a ella para qué quería
ese objeto diminuto que se vendía
en su propio negocio? Es decir, en el
negocio de alguien que ella no conocía
pero para el cual trabajaba día
tras día bajo de aquellas luces
que no permitían saber si era
de día o de noche, como en los
gallineros industrializados donde las
buenas ponedoras no ven nunca la luz
variable del sol.
Una pluma señorita. Eso debió
responder el senador. Pero no, el muy
torpe dijo la palabra, como si la ironía
fuese reconocida por la ley. Qué
tonto; la ironía sólo
es reconocida por la inteligencia. Si
aquello fuese aquello el senador no
lo hubiese dicho. Lo dijo porque aquello
no era aquello y decirlo debía
ser gracioso, como cuando los surrealistas
ponían en un museo una pipa y
de título Esto no es una pipa.
Apenas llegó a este punto se
dio cuenta que decirla era cuestión
de una leve distracción. De una
leve traición, de esas que un
hombre o una mujer enferma suele ejercer
contra su misma integridad física,
arrojándose de un balcón
sin razones o estampándole un
beso a la mujer más puritana
del continente, que al mismo tiempo
es la jefa de quien depende el trabajo
y la vida de un pobre diablo, un diablo
enfermo.
Se puso de pié sin pensarlo.
Comenzaba a parecer sospechoso, ahora
ya no solo sospechoso para sí
mismo sino para el resto de la gente.
En malas, en pésimas condiciones
llegaría a la mujer de la puerta
H. Se enfrentaría a la menos
linda de todas las funcionarias y le
diría la palabra. Cuanto más
pensara más probabilidades tendría.
De repente, sin recordar los pasos
anteriores, se encontró frente
a la mujer de la puerta H que le preguntaba:
—¿Algo para declarar?
A lo que respondió con un silencio
que sospechosamente se iba alargando.
La mujer de la puerta H lo miró
y miró al guardia. El guardia
se acercó sacando un transmisor
de la cintura. Enseguida aparecieron
dos más.
La mujer repitió la pregunta
anterior.
—Algo para declarar?
—Paz —dijo.
Los guardias lo tomaron de los brazos.
Sintió que unas pinzas hidráulicas
le cortaban los músculos y finalmente
le partían los husos.
—Paz! —gritó esta vez— un poco
de Paz, sí, eso es, Paz! ¡Paz,
carajo! ¡Paz, la concha de tu
madre!
Los guardias lo inmovilizaron con una
dosis eléctrica de alto amperaje.
Fue acusado ante tribunales de atentar
contra la seguridad pública y
más tarde condenado por haber
ocultado a tiempo la Palabra con la
palabra Paz, que también es peligrosa
en estos tiempos especiales. La defensa
apeló el fallo recurriendo a
alteraciones psiquiátricas, producto
de su traumática experiencia
reciente en la montaña.