Son muy pocos los casos de escritores
que sostienen una total indiferencia
por la ética de su trabajo. No
son pocos los que han entendido que
en la práctica literaria es posible
separar la ética de la estética.
Jorge Luis Borges, no sin maestría,
practicó una forma de política
de la neutralidad estética y
quizás estuvo convencido de esta
posibilidad. Así, el universalismo
del precoz posmodernismo borgeano no
era otra cosa que el mismo eurocentrismo
de la Era Moderna matizado con el exotismo
propio de un imperio que, como el británico,
se aferraba con la nostalgia de viejo
decadente a los misterios de la India
sometida y de las noches de una Arabia
fuera de los peligros de la historia.
No era el reconocimiento de la diversidad
—de la igual libertad— sino la confirmación
de la superioridad del canon europeo
adornado con souvenirs y botines de
guerra.
Quizás hubo un tiempo en que
verdad, ética y estética
eran lo mismo. Quizás fueron
los tiempos del mito. También
ha sido un rasgo propio de lo que llamamos
literatura del compromiso. No una literatura
hecha para la política sino una
literatura integral, donde el texto
y el autor, la ética y la estética
van juntos; donde literatura y metaliteratura
son la misma cosa. Diferente ha sido
el pensamiento publicitario de la posmodernidad,
estratégicamente fragmentado
sin conexiones posibles. Legitimados
por esta moda cultural, los críticos
del establishment se dedicaron a rechazar
cualquier valor político, ético
o epistemológico de un texto
literario. Para este tipo de superstición,
el autor, su contexto, sus prejuicios
y los prejuicios de los lectores quedaban
fuera del texto puro, destilado de toda
contaminación humana. Pero ¿qué
quedaría de un texto si le quitamos
todo lo metaliterario? ¿Por qué
el mármol, el terciopelo o el
sexo repetido hasta el vacío
habrían de ser más literarios
que el erotismo, un drama social o la
lucha por la verdad histórica?
Rodolfo Walsh dijo que una máquina
de escribir podía ser un abanico
o una pistola. ¿No ha sido esta
fragmentación y posterior destilación
una estrategia crítica para convertir
la escritura en un juego inocente, en
un calmante más que en un instrumento
de inquisición contra la musculatura
del poder?
En su nuevo libro Eduardo Galeano contesta
estas preguntas con su inconfundible
estilo —Borges reconocería: con
amable desdén—, sin ocuparse
de ellas. Como sus libros anteriores
desde Días y noches de amor y
de guerra (1978), Espejos está
organizado con la fragmentación
posmoderna de la cápsula breve.
No obstante todo el libro, como el resto
de su obra, muestra una inquebrantable
unidad. Sus estética y sus convicciones
éticas también. Aún
en medio de las más violentas
tormentas ideológicas que sacudieron
la más reciente historia, esta
nave no se ha resquebrajado.
Espejos amplía a otos continentes
el área geográfica de
América latina que había
caracterizado por décadas el
interés principal de Eduardo
Galeano. Su técnica narrativa
es la misma que de la trilogía
Memoria del Fuego (1982-1986): con un
narrador impersonal que cumple con el
propósito de aproximarse a la
voz anónima y plural de "los
otros" y evitando la anécdota
personal, con un orden temático
algunas veces y con un orden cronológico
casi siempre, el libro se inicia con
los mitos cosmogónicos y culmina
en nuestros tiempos. Cada breve texto
es una reflexión ética,
casi siempre reveladora de una realidad
dolorosa y con el invalorable consuelo
de la belleza de la narración.
Quizás no otro es el principio
de la tragedia griega: la lección
y la conmoción, la esperanza
y la resignación o la lección
mayor del fracaso. Como en sus libros
anteriores, el paradigma del escritor
comprometido latinoamericano, y sobre
todo el paradigma de Eduardo Galeano,
parece reconstruirse una vez más:
la historia puede progresar, pero ese
progreso ético-estético
tiene por destino utópico el
origen mítico y por instrumentos
de lucha la memoria y la conciencia
de la opresión. El progreso consiste
en una regeneración, en la recreación
de la humanidad tal como lo hiciera
el más sabio, justo y vulnerable
de los dioses amerindios, el hombre-dios
Quetzalcóatl.
Si quitásemos el código
ético desde el cual se realiza
la lectura de cada texto, Espejos estallaría
en fragmentos brillantes; pero no reflejarían
nada. Si quistásemos la maestría
estética con la cual fue escrito
este libro dejaría de ser memorable.
Como los mitos, como el pensamiento
mítico que revindica su autor,
no hay forma de separar una parte del
todo sin alterar el sagrado orden del
Cosmos. Cada parte no es sólo
un fragmento alienado sino una pequeña
pieza que ha desenterrado un arqueólogo
consecuente. La pequeña pieza
vale por sí sola pero mucho más
vale por los otros fragmentos que han
sido ordenados y éstos valen
aún más por aquellos fragmentos
que se han perdido y que ahora se revelan
por los espacios vacíos que se
han formado, revelando el jarrón,
toda una civilización sepultada
por el viento y la barbarie.
La primera ley del narrador, no aburrir,
se cumple. La primera ley del intelectual
comprometido también: en ningún
caso la diversión se convierte
en narcótico sino en lúcido
placer estético.
Espejos ha sido publicada este año
simultáneamente en España,
México y Argentina por Siglo
XXI, y en Uruguay por Ediciones del
Chanchito. Esta última continúa
una colección ya clásica
de tapas negras alcanzando el número
15, representado significativamente
con la letra ñ. Los textos van
acompañados de ilustraciones
a manera de pequeñas viñetas
que recuerdan el cuidadoso arte de la
edición de libros en el Renacimiento
además de la época juvenil
del autor como dibujante. Aunque su
concepción del mundo lo lleva
a pensar de forma estructural, es difícil
imaginarse a Eduardo Galeano pasando
por alto algún detalle. Como
buen joyero de la palabra que pule en
búsqueda cada uno de sus diferentes
reflejos, así también
es cuidadoso en las ediciones de sus
libros como objetos de arte.
Con cada entrega, este icono de la
literatura latinoamericana nos confirma
que otros premios formales, como el
Premio Cervantes, se están demorando
demasiado.
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