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Pero ¿por qué el éxito
mediático de esta comunidad
fantasma? La idea de BRIC combina una
percepción de grandes manchas
territoriales en el mapa mundial; sus
PBIs son semejantes a cuatro países
europeos pero sin una moneda común
como la del Euro y con el Dólar
como moneda enemiga en el discurso
pero que ninguno quiere reemplazar
en la práctica. La unidad del
brick no va más allá de
estos intereses puntuales pero se presenta
a sí mismo como algo excepcional.
Brasil, Rusia e India poseen democracias
muy diferentes. Me atrevería
a decir que la brasileña es
la mejor de los tres, dentro de un
casi obsoleto sistema representativo
que impera en el mundo. China ni siquiera
tiene un sistema representativo sino
una especie de comunismo de mercado.
Los cuatro países poseen formas
políticas y sociedades en las
antípodas. Brasil, un país
afroamericano. La mayor comunidad africana
fuera de África vive allí e
impregna casi todos los rincones de
su cultura, excepto en las clases altas
del sur industrializado. Rusia es una
sociedad hecha en el rigor invernal
de zares y moldeada por un siglo de
experimentos comunistas seguido de
un capitalismo abiertamente salvaje.
India, una sociedad subtropical sobre
una cultura milenaria que en algunas
provincias aun distingue por su nacimiento
a intocables, los hombres excremento
que limpian las letrinas, y a castas
un poco más blanquitas que se
consideran el aliento de Brama. Y China,
un país en proceso rápido
de industrialización pero cuya
cultura es en mayor parte rural, todavía
obediente, todavía laboriosa,
todavía populosa pero cada vez
menos austera.
Entonces, ¿qué une al
ladrillo? Dos cosas y poco más:
(1) su interés por jugar un
rol más importante en la geopolítica
y (2) confirmar el éxito de
sus originales proyectos pareciéndose
cada vez más a la sociedad norteamericana,
la que sigue siendo el demonio en los
discursos, el mal ejemplo a evitar
pero el modelo imitado sin tregua.
En palabras orgullosas del ministro
de Asuntos Estratégicos brasileño
—profesor de Harvard y de Obama— Roberto
Unger, “Brasil es el país del
mundo más parecido a Estados
Unidos”. El concepto mismo de “países
emergentes” se define según
los estándares impuestos por
la idea de “éxito” de Estados
Unidos: los índices en las bolsas
de valores, la automovilizacion de
la vida, la nuevayorkización
de las ciudades, la expansión
de las autopistas, de los shopping
centers, el aumento del consumo a través
del consumismo, etc. Hasta la adopción
de las sectas religiosas procedentes
de Estados Unidos es consecuente con
esta imposición de una forma
de ser, de pensar, de sentir y de medirse
a sí mismo.
Si a Estados Unidos e Inglaterra los
unían los intereses económicos
e imperiales, también los unía
una cultura en común y sociedades
muy parecidas. Poco y nada une a los
BRICs. Es decir, estamos ante una asociación
muy útil que dará resultados
interesantes a corto plazo. Pero se
partirá apenas un mínimo
interés entre en conflicto,
apenas Estados Unidos, el socioenemigo
en común, mengue su poder relativo
sobre el planeta; apenas se reemplace
al dólar, que empezando por
China pocos tienen interés en
reemplazar por un papel nuevo. O antes.
Todas las proyecciones se realizan
considerando un escenario presente
y sosteniéndolo. Sin embargo,
el sostenimiento de un escenario genera
condiciones que acumuladas suelen producir
resultados imprevistos. Es decir, mantener
significa postergar una crisis. En
los años 60 se preveía
el fin del petróleo para el
2000. Pero siempre hay alguien inventando
algo nuevo que cambia cualquier escenario.
Un escenario que nadie considera en
cada uno de estos modelos de desarrollo
es la alta posibilidad de una gran
crisis en China. Es difícil
sostener un indefinido incremento anual
del 12 por ciento del PBI, realizar
una industrialización en la
era post industrial en un país
mayoritariamente rural sin un profundo
cambio en la educación y en
la cultura. Inevitablemente la nueva
sociedad china reclamará una
progresiva democratización del
sistema político. Una democratización
al estilo de las viejas democracias
representativas que antes de la mitad
de este siglo se revelarán obsoletas
ante una masa mundial que reclamará una
participación más directa.
Y esa crisis político-económica
quizás llegue cuando el mundo
alcance un límite de saturación
entre el exceso de gasto de recursos
naturales y la incapacidad de seguir
absorbiendo tantas toneladas de baratijas
y basura de exportación.
En el caso de Brasil es difícil
reprocharle a Lula no haber hecho las
cosas bien. Por lo menos no lo hizo
mal. Si bien su slogan preelectoral
de “fome zero” está muy lejos
de ser algo parecido a la realidad,
no son pocos los brasileños
han pasado de una pobreza crónica
a una clase media con mayores posibilidades.
No obstante, mientras la economía
de China sigue creciendo un exagerado
8 por ciento anual en plena recensión
mundial, Brasil apenas sale de su recensión.
Cuando Lula escribe en El País
de Madrid que “hoy generamos el 65%
del crecimiento mundial”, refiriéndose
al BRIC, omite que el BRIC al día
de hoy representa solo el 15 % de la
economía mundial (la mitad de
EEUU) y que solo China produce lo que
producen los otros tres países
juntos. A pesar de los progresos realizados,
el crecimiento del PBI brasileño
ha estado muy por debajo de muchos
otros países emergentes con
menos visibilidad. Sin mencionar que,
si excluimos este último año
de recesiones, México no ha
estado lejos de Brasil en crecimiento
porcentual y absoluto. Es más,
con la mitad de población, con
menos recursos naturales y con un territorio
mucho menor, su PBI es algo más
de un trillón de dólares,
mientras que el de Brasil es 1.5 trillones.
Lula omite también que en el último
año solo el 2 % del comercio
de China fue con su vecino, Rusia.
Pero más allá de las
distintas percepciones sobre estos
datos declarados y omitidos, se sigue
confundiendo riqueza con desarrollo.
Y lo que es peor, se termina de liquidar
cualquier otra opción para imaginar
un mundo que no se mida exclusivamente
en términos de fuerza y de éxito,
de capital y de “investment grade”,
de consumo y de competencia. Todo eso
que nos hace tan parecido a las vacas
que pastan todo el día en el
campo y rumian mientras descansan.
Vacas consumidoras, vacas para la exportación
de carne; ni siquiera vacas sagradas.
De justicia social, de igual-libertad,
de infancia desviolentada, de pueblos
desoprimidos, de trabajo desesclavizado,
de países y de ciudades desamuradas…
hablamos el siglo que viene.
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