El domingo 28 de junio por la mañana,
los militares de Honduras rodearon al
presidente y, mientras lo apuntaban con
sus armas le preguntaron por qué
no había obedecido las órdenes
del general Romeo Vásquez. Como
el presidente pensaba que él debía
dar las órdenes a sus subordinados,
éstos lo invitaron a retirarse
de la casa de gobierno. De ahí
a un auto y luego a un avión de
la fuerza aérea hasta Costa Rica.
Al mismo tiempo, todos los medios de
comunicación del país fueron
copados y se les sugirió por la
fuerza no transmitir información
que no fuera controlada directamente por
el proceso democrático que se estaba
llevando a cabo. Apenas pudimos escuchar
las declaraciones del presidente depuesto
al arribar a Costa Rica, unos pocos periodistas
que “ilegalmente” informaron al mundo
de lo que estaba pasando y unos cuantos
hondureños que nos mantuvieron
informados vía electrónica.
Según las fuerzas armadas de Honduras,
todo este proceso fue en defensa de la
legalidad y la constitución. Los
militares se justificaron diciendo que
recibían órdenes de la Corte
Suprema. A pesar de que la constitución
hondureña no prevé este
mecanismo para saltearse la autoridad
de un presidente legal y legítimo,
era necesaria una excusa para tontos.
La declaración sólo demuestra
que en Honduras se llevó a cabo
un golpe de estado con todas sus letras;
en nombre de la “legalidad” militares
y jueces se pasaron por encima la misma
constitución.
Si en el pasado este trabajo de gorilas
era propio de los altos jefes militares,
ahora vemos que la misma ilegalidad está
apoyada, promovida y justificada por el
poder judicial de un país. La complicidad
del parlamento confirma esta práctica:
las leyes se respetan siempre y cuando
sirvan a los intereses de los sectores
más poderosos de una sociedad.
Cualquier constitución de cualquier
país decente y democrático
prevé la destitución de
un presidente. Pero este proceso tiene
determinadas condiciones y un número
específico de etapas legales que
garantizan su validez. Que yo recuerde,
en ninguna constitución democrática
se prevé que el presidente puede
ser tomado por la fuerza militar, secuestrado
y expulsado de su propio país.
Menos en nombre de la legalidad. Menos
por orden de un puñado de jueces.
Menos con la complicidad del jefe de un
parlamento que además es el opositor
político del presidente.
Todo lo cual demuestra hasta qué
profundidad la cultura golpista sobrevive
aún en las clases dirigentes de
Honduras. Y no sólo de Honduras,
lo que de paso sirve para estar alertas
ante las viejas sobras de la historia
latinoamericana.
Hoy defender al presidente Zelaya no
es defender sus políticas ni mucho
menos a su persona. Hoy defenderlo, aún
contra las instituciones (secuestradas)
de Honduras significa defender la democracia
y cualquier estado de derecho en cualquier
parte del mundo basado en el respeto a
las leyes y la constitución no
sólo cuando conviene. Porque en
una democracia las leyes y la constitución
no se corrigen rompiéndolas sino
cambiándolas. Algo que precisamente
pretendía hacer el presidente secuestrado.
Lamentablemente
debo terminar esta breve nota de profundo
repudio con las últimas líneas
con que terminé la nota anterior
al golpe:
Hoy Honduras se debate ante el desafío
latinoamericano de enfrentar cualquier
cambio político hacia la igual-libertad,
hacia su destino de independencia y dignidad,
o volver a los miserables tiempos en que
nuestros países eran definidos
como republiquetas o repúblicas
bananeras.
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