En el mundo, McDonald’s es un símbolo
del imperio Americano pero en el imperio
es el restaurante de los obreros. En
uno de ellos, perdido en un pequeño
pueblo al lado de la ruta, escucho de
alguna radio su voz. Una anciana de
ojos azules y pelo blanco sin tonos
ni matices toma un café como
el mío y lee el mismo diario.
Su mirada es serena, perdida. En una
página la foto de la candidata
a la vicepresidencia Sarah Palin. Su
jefe, el senador McCain, justifica el
gasto de ciento cincuenta mil dólares
en ropa que la Miss Alaska se gastó
para vestirse. Era dinero del partido.
Según McCain, Sarah necesitaba
la ropa para la campaña política
pero aclaró que luego sería
donada para obras de caridad. Más
abajo Sarah aparece hermosa y bien vestida
en un discurso contra el socialista,
el musulmán Hussein, el antipatriota
negro que quiere llegar a la Casa Blanca.
En la otra página, una fotografía
muestra a Ashley Todd, una joven (blanca)
de Pittsburg con un ojo morado. Según
Ashley, un negro de cuatro pies (de
alto) la asaltó y al ver que
ella era voluntaria del partido del
gobierno le marcó una “B” en
el rostro. Luego confesó que
todo había sido ficción.
B es él, el que aparece sonriendo
en la otra página, con toda su
juventud, confiado, mirando a lo lejos.
B es la voz de la radio, esa voz de
afro, voluminosa, con algo del ritmo
de los negros americanos que golpean
con la última palabra de cada
frase, (pero) claro, nítido y
sofisticado como los mejores de Harvard
o de Columbia. Muchos critican esa calma
al hablar o al debatir. Esa rara habilidad
dialéctica y esa inaudita cultura
para alguien de su condición.
Es demasiado frío, dicen. En
realidad es un hombre oscuro nacido
en la periferia, hijo huérfano
de una unión diabólica
entre un negro y una blanca, según
la ideología de los militantes
por la supremacía blanca.
Hace poco menos de cincuenta años,
grupos que se definían como cristianos
conservadores desfilaban por las calles
portando carteles que decían “Race
Mixing is Communism” (“La integración
racial es el comunismo”, Little Rock,
1959). Él era todavía un
niño cuando en su país los
negros debían levantarse para dejar
sus asientos libres a los blancos que
se dignaban a ocupar el lugar todavía
caliente de una de estas bestias inhumanas.
Era un niño mitad blanco y mitad
negro pero negro entero para los ojos
de una cultura que define como negro todo
lo que tiene algo de negro y como blanco
todo lo que es puro, sin mezcla de algo.
Dentro de unas semanas esa voz será
elegida presidente de Estados Unidos.
Dentro de veinte años será
el símbolo de una época
dramática; uno de esos momentos
de la historia que son recordados por
siglos. También, dentro de pocos
años, será motivo de desilusión
y desesperación por parte de aquellos
que no tenemos paciencia con la injusta
lentitud de la historia y menos aun con
su narrativa, hecha para consumo de todos
pero para beneficio de unos pocos. Entonces,
como el Beethoven que confundió
a Napoleón con la continuación
de la Revolución Francesa, deberemos
cambiar el himno festivo al héroe
en una marcha fúnebre.
La historia es el principal género
de ficción, ya que ella misma
se nutre de las fantasías de
los pueblos, del delirio de los Césares
y de ella surgen otros subgéneros,
como la novela realista y la ciencia
ficción, las series de televisión,
los comics de superhéroes y la
narración política. Pero
la realidad también existe. Es
probable que (1) exista un “coeficiente
variable de progresión de la
historia”. Cuando los cambios históricos
han ido más rápido de
lo que permitían las condiciones
económicas y culturales, los
resultados han sido los inversos y siempre
ha vencido la reacción conservadora.
Cuando los cambios han sido demasiado
lentos la historia se ha estancado para
beneficio y gratitud de los mismos.
Por esta razón, en pocos momentos
de la historia —como en breves períodos
de la vertiginosa industrialización
de Europa (XVIII-XIX) o las descolonizaciones
políticas e ideológicas
del siglo XX en los países del
Sur— las revoluciones han sido más
efectivas que las progresiones. (2)
Aquí “progresión de la
historia” no se refiere a la idea metafísica
de la Era Moderna sino al juicio que
podemos hacer según la escala
de valores del humanismo renacentista,
que son los valores más universales
y más violados de nuestro tiempo.
Entre estos valores, combatidos por
siglos como heréticos, demoníacos
o simplemente suprimidos en la práctica
por inconvenientes, están: (1)
los valores de igualdad civil entre
los individuos y las naciones; (2) el
valor positivo de la diversidad entre
individuos y culturas, (3) la libertad
sólo limitada por los derechos
ajenos que son los míos propios;
(4) la moral progresiva como un conjunto
de valores no prefijados por nuestros
antepasados sino vinculados a la historia;
(5) la razón crítica,
y no el dictado de una revelación
institucional, como uno de los principales
instrumentos de búsqueda de la
verdad, (6) el derecho a la desobediencia,
etc.
Ya nos detuvimos en otro momento sobre
la falsa oposición entre libertad
e igualdad; la historia demuestra que
cada vez que se ha expandido la libertad
ha progresado también la igualdad
entre la diversidad humana. Es decir,
la igual-libertad, no la libertad de
oprimir. La supervivencia de la humanidad
ya no depende de suprimir a las otras
tribus sino de respetarlas. Esto nos
lleva a la idea de que la Unidad de
la humanidad, implícita en todo
el pensamiento del humanismo se compone
no sólo por el paradigma de la
igualdad sino también por los
paradigmas históricamente combatidos
de la diversidad y la libertad. Es decir,
no es la unidad por exclusión,
propia del pensamiento y la práctica
del fascismo, sino la unidad por inclusión,
propia del derecho humanista. Esta inclusión
solo excluye a quienes, por odio y por
su propia fiebre de exclusión,
no quieren ser incluidos.
Entonces, medido nuestro presente desde
esta escala de valores, podemos decir
que, a pesar de los inevitables retrocesos,
han habido varias formas de progresos
en la historia reciente.
Cuando escucho esa voz repitiendo lugares
comunes, clichés de la política
norteamericana, lo pongo en estos términos:
los intelectuales no sólo pueden
sino que además deben ser radicales,
lo más intelectualmente radicales
que les sea posible, si lo que pretenden
es ir a la raíz del problema.
Sin embargo un político no puede
ser radical si lo que pretende es promover
un cambio. Excepto si se trata de uno
de esos breves y raros momentos de la
historia en donde los cambios caen de
golpe con una revolución violenta.
Pero un político en un periodo
histórico de progresión
o regresión no puede darse aquel
lujo del intelectual o de revolucionario
moderno. Por el contrario, debe calcular,
ser estratégico. Si no alcanza
el poder no alcanzará ningún
cambio. A esa virtud del político
maquiavélico debe sumar la mayor
virtud del profeta humanista. Cuando
el viento sopla a favor es fácil
ver la dirección de la nave.
Pero en ocasiones la fragata tiene todo
el viento en contra y para avanzar hacia
el Norte o hacia el Sur debe zigzaguear
de Este a Oeste. La sabiduría
no radica en vaticinar, como un político
de segunda, que la nave se dirige al
Este o al Oeste mirando la estela que
deja detrás. La sabiduría
está en el análisis de
la historia de ruta y en la capacidad
de ver la dirección de la nave
a largo plazo. Aunque la nave va hacia
el Este y hacia el Oeste, en realidad
se dirige al Norte o al Sur. La historia
no es un péndulo; como un reloj
antiguo, sólo se vale de un movimiento
pendular para avanzar.
La sociedad norteamericana ha cambiado
algo o bastante desde los ajusticiamientos
públicos y privados de negros.
Ha cambiado algo o bastante desde el
asesinato del doctor Martin Luther King
Jr. Está lejos de haber cambiado
lo suficiente desde que los oprimidos
piden justicia y liberación.
Pero como decía Reinhard, un
amigo alemán con el cual trabajé
en África, refiriéndose
al exceso de expectativas de las obras,
“no debemos organizar nuestra propia
frustración”.
También los racistas han cambiado
algo o bastante para sobrevivir a tantos
cambios. No son ellos quienes tienen
ahora el poder sino simplemente un instrumento
más del poder de Exterminador.
No ha cambiado su odio prehistórico
sino la forma de organizarlo. En algún
rincón de Pensilvania o del profundo
Sur un grupo de hombres y mujeres leen
el mismo diario y miran el calendario.
Toman el mismo café mientras
ajustan detalles. Ellos también
esperan el momento para hacer historia,
para callar esa voz.
Antes de irme veo a través del
amplio cristal nubes que amenazan con
una tormenta de otoño. La M amarilla
de McDonald’s se interpone en un brillo
subliminal. ¿Nevará? Todavía
no. Todavía falta para el invierno.
Falta aún más para la
primavera. Alguien apaga la radio. El
silencio es interrumpido por una silla
que cae, un grito de miedo y una risa
histérica.