No hace muchos días alguien
hacía la siguiente reflexión
por la radio pública de Estados
Unidos: “Siempre hemos dicho que Dios
estaba de nuestra parte. ¿No
será tiempo de preguntarnos qué
hacemos nosotros por estar de parte
de Dios?” Una luz verde y el río
de autos que retomaban la marcha me
impidieron distinguir el nombre del
autor de estas apalabras. Unas horas
más de camino se acuchaba la
voz aguda de Sarah Palin, casi a los
gritos ante una multitud de seguidores.
La candidata a la vicepresidencia recordaba
la teoría —o habrá que
decir, “el hecho”, porque muchos conservadores
odian las teorías— de la excepcionalidad
de este país elegido por Dios.
La idea de que “Dios está de
nuestra parte” implica siempre que el
sujeto activo somos nosotros; luego
Dios decide apoyarnos en nuestros planes.
También en el refrán castellano,
según el cual “hombre propone
y Dios dispone”, permanece implícita
la idea de que es el hombre el que ejerce
la imaginación creadora del mundo.
Sin embargo, estos lugares comunes de
la narrativa social de la generación
anterior ya no funcionan o han caído
entre comillas. Lo significativo es
que, siendo un fenómeno que se
expresa desde un recambio generacional
en Estados Unidos, se haya manifestado
de forma tan abrupta, apenas en un año,
como una cuerda que revienta ante el
exceso de tensión acumulada.
Ken Mehlman, ex presidente del Comité
Nacional Republicano, comentó
en The New York Times que cuando George
Bush ganó las elecciones en el
2004 el partido Republicano se encontraba
en la posición más fuerte
desde la Gran Depresión de los
treinta. Pero aún antes de la
crisis financiera del 2008, el presidente
Bush ya había cosechado el rechazo
a su gestión de más del
setenta por ciento de la población,
uno de los más altos de la historia
de este país. En el 2006, los
demócratas habían recuperado
la mayoría de las cámaras
baja y alta, lo que significa que el
punto de inflexión y la vertiginosa
caída comenzó por lo menos
en el 2005. Ese es el año de
Katrina.
Cuando este huracán azotó
Nueva Orleans y la costa sur de Estados
Unidos, varios líderes religiosos
que habían apoyado al partido
de gobierno manifestaron que Katrina
había sido un soplo de Dios para
castigar la ciudad del pecado. Pat Robertson,
fundador del poderoso The 700 Club,
de la Coalición Cristiana de
América y ex candidato presidencial
por el partido republicano, afirmó
que el huracán había sido
enviado por Dios para persuadir a algunos
jueces para que votasen a en contra
del aborto. Para evitar el asesinato
de los por-nacer, según los pro-vida,
Dios había decidido ahogar en
el Diluvio a miles de ya-nacidos. Según
Hal Lindsey, en cambio, Katrina era
la prueba de que el juicio de América
había comenzado, lo que significaba
que estábamos próximos
al “renacimiento de un Imperio Romano
en Europa para dominar el mundo”. Michael
Marcavage, director de Repent America
afirmó que Dios había
destruido esta ciudad viciosa por haber
permitido la celebración de un
festival gay durante cincuenta años.
En cambio para Stan Goodenough el fenómeno
había sido el castigo de Dios
al pueblo estadounidense por poner en
peligro la tierra y el pueblo de Israel
(“What America is about to experience
is the lifting of God’s hand of protection
[…] the nation most responsible for
endangering the land and people of Israel”).
Charles Colson, ex consejero de Richard
Nixon y actual comentador radial y colaborador
de Christianity Today dijo que Dios
había permitido que ocurriese
la tragedia de Katrina para recordar
a la nación de la importancia
de ganar la guerra contra el terrorismo.
La idea de un dios bondadoso que no
acomete el dolor pero lo permite es
un clásico de la teología,
tanto como vincular un fenómeno
climático con la ira interior
de algunos individuos es un clásico
del romanticismo.
Quizás Katrina fue un error de
interpretación teológica,
lo que demuestra la falibilidad de la
ira interpretativa de los más
importantes arengadores políticos
en cada sociedad. Si Dios tiene por
política actuar de formas tan
indirectas, los hechos a largo plazo
demuestran que en Katrina fue sólo
el inicio del castigo divino a los administradores
de su palabra, a sus ministros y voceros
oficiales.
Uno de los pilares centrales del ascenso
de los conservadores radicales en las
últimas décadas fue el
rechazo y la demonización del
mundo exterior, especialmente del mundo
socialista. El pilar central de los
últimos años fue el rechazo
y la demonización del mundo islámico,
tanto como lo es para los islamistas
más conservadores la demonización
de Occidente. Aunque Obama no es socialista
ni es musulmán sino cristiano
y liberal, la estrategia republicana
de las últimas semanas antes
de las elecciones del 2008 se centró
en repetir que Barak Hussein Obama es
socialista, teólogo de la liberación,
musulmán o tolerante del islam
y amigo de terroristas. Cuatro años
atrás esta estrategia hubiese
demolido al más blanco de los
cristianos capitalistas. Lo significativo
es que, como resultado electoral, no
haya provocado ningún efecto.
O, como lo sugiere un estudio sobre
las últimas encuestas, el efecto
ha sido el contrario. Obama ha ampliado
la ventaja en las intenciones de voto
sobre su rival republicano, en casos
ha alcanzado una inusual diferencia
de dos dígitos.
Ya no sólo es una novedad y una
rareza en el mapa político que
un afrodescendiente sea el nominado
por un partido tradicional sino que,
además, llegue a la Casa Blanca.
Es casi un misterio que ese hombre negro,
o medio negro (lo que es peor, porque
su madre era una antropóloga
liberal y su padre un musulmán
africano), sea un hombre de una cultura
tradicional inaudita en un presidente
y a ello sume el hecho de haber vivido
hasta su adolescencia en un país
musulmán, Indonesia, en un momento
en que dominaba una dictadura militar
apoyada por Estados Unidos. Y para peor,
con ese nombre que el presidente Bush
repitió tantas veces como el
enemigo número uno de la nación.
¿Hubiese imaginado el presidente
que metió a su país en
Irak que al final de su segunda presidencia
un Hussein lo sustituiría? Un
Hussein que se opuso a la guerra desde
el inicio y que ganará las elecciones
en pocos días más, repitiendo
que, como el Nazareno, también
es posible dialogar con los enemigos.
Un Obama que es votado con entusiasmo
por millones de norteamericanos que
tampoco les importa que su apellido
suene similar al nombre del enemigo
número uno, porque han visto
algo más allá de las apariencias
según las cuales estaban acostumbrado
a pensar y a votar.
Los cambios más radicales de
Obama —y en esto no cabe esperar demasiados
cambios radicales— vendrán en
el término de su segunda presidencia,
porque primero debe ganarla. Claro que
también ésta es la fórmula
perfecta para una tragedia nacional.
Pero no vamos a especular con lo negativo
ahora. Pero Barak Hussein Obama lo sabe.
En una curva veo una estación
de servicio con la gasolina muy barata
y me desvío para recargar. A
mi lado, un hombre de gorra de los NY
espera de pie que se llene su tanque.
Está pensativo y algo inclinado
sobre el dispensador, como si rezara
ante un altar. Lo que me recuerda la
recomendación de la gobernadora
Palin de rezar en las gasolineras para
bajar el precio del combustible. Aparentemente
ha dado resultado, pero de la forma
más imprevista. La crisis económica,
que ha traído deflación
de los precios, también ha asegurado
la derrota de los oradores.