Gracias a este ensayo he recibido ataques
anónimos que van desde recuerdos
sobre mis antepasados —factor que explicaría
mis razonamientos— hasta advertencias
de los dueños del mundo sobre
los peligros de discurrir por carriles
no oficiales.
Hace pocos días un amigo me
envió por correo la crítica
de un lector y me pidió que respondiera
a sus observaciones. En síntesis,
el lector, asumiéndose como estadounidense,
se preguntaba si realmente yo me sentía
tan incómodo con nuestra cultura
y nuestros valores ("our culture
and values"), por qué no
me iba a vivir a esos países
que tanto admiraba. Al final agregaba:
"no importa si Majfud está
en lo cierto sobre Occidente. Se trata
de coherencia. Lo menos que se le puede
pedir a un intelectual es coherencia".
La verdad es que admiro la filosofía
griega de los siglos V y IV, la poesía
de Omar Kayyam, la física de
Albert Einstein, pero creo innecesario
y quizás imposible irme a vivir
a la Grecia de Pericles, a la antigua
Persia o la Alemania nazi de los años
veinte. De hecho, la mayor parte de
los intelectuales alemanes que se exiliaron
en Estados Unidos durante el nazismo
no pasaron a ser, por esa razón,
acríticos complacientes del nuevo
orden —sin duda preferible al que abandonaban—
sino que continuaron coherentes con
su pensamiento anterior: el poder no
necesita defensores; suficientes aduladores
tiene.
Es parte de un pensamiento fascista
confundir a todo un país con
la ideología de quienes dominan
sus esferas de poder: si alguien critica
a la ideología dominante X —muchas
veces articulada por intelectuales funcionales
al poder militar y económico
del momento—, estaría atacando
a todo el país donde domina X,
ergo alguien debe irse a vivir a otra
parte y dejar a X expandirse libremente
hasta el último rincón
de la conciencia humana.
Está claro que este lector no
terminó de leer el ensayo, urgido
por una reacción epidérmica,
propia de las primeras etapas de la
nueva cultura digital. Si mencioné
que los holocaustos, las inquisiciones
y la vasta practica de la tortura también
eran productos bien occidentales, no
fue para demostrar la inferioridad de
Occidente sino, por el contrario, para
ejercitar una costumbre también
occidental según la cual ha sido
la crítica y no la adulación
la que ha prevenido algunas veces contra
nuestros propios defectos. Entre éstos,
contemos la soberbia y la pureza de
la ignorancia, según la cual
todo fue inventado por Europa o por
Estados Unidos hace cien años,
desde el alfabeto fenicio, los números
arábigos, la teología
africana y hebrea, los fundamentos de
las ciencias y el vasto legado de las
artes y el pensamiento.
A lo largo de la historia ha existido
este tipo de pensamiento, pero en determinados
periodos ha dominado la mayoría
de una sociedad y en ocasiones ha regido
las leyes de un gobierno y de un Estado.
En el siglo XX se llamó fascismo
pero hay ejemplos anteriores, como el
de la España del siglo XV y XVI.
A pesar de que la península ibérica
tenía una de las culturas más
antiguas y más ricas en diversidad
cultural, racial, religiosa y lingüística,
hubo un movimiento político que
definió cuál era "nuestra
cultura" y decidió que ser
español era ser católico,
hablar castellano, tener la piel blanca
y la sangre libre de la contaminación
de moros y judíos. Este gran
país se desangró por siglos
tratando de superar la cultura del garrote
ideológico y policial hasta que
en el siglo XX el generalísimo
Francisco Franco rescató el mito
fascista: hay una sola forma de ser
español, de ser hombre, de hablar,
de pensar y de publicar, de merecer
la vida o de merecer pisar la tierra
limitada por unos límites políticos,
generalmente arbitrarios.
Este ejemplo de uno de los países
que más quiero sobre el planeta
después de mi propio país
es apenas un ejemplo clásico.
No tendría espacio para recordar
que esta misma idea fascista de unidad
y pureza por exclusión hizo estragos
en todas las dictaduras de América
Latina como en África, en Oriente
y en cualquier rincón del planeta
por donde miremos. Incluido, está
de más decir, mi país
de origen, a quien quiero sin razones
y sin justificar mis emociones diciendo
que es el mejor país del mundo
ni que allí está la gente
más buena y más bonita,
lo cual además de arbitrario
demuestra un nacionalismo con retardo
agudo, cuando el país no es una
potencia mundial, y un nacionalismo
peligroso, cuando lo es.
Afortunadamente en Estados Unidos viven
millones de personas que no piensan
como mi inquisidor. Millones de personas
no creen que este país heterogéneo,
compuesto de muchos estados y de muchos
otros grupos disidentes del poder político,
se defina por una única cultura
y unos valores únicos, imprecisamente
definidos pero claramente declarados
por algunos grupos fascistas que ni
siquiera conocen la historia del país
donde nacieron pero se arrogan el derecho
de excluir de la moral a todos aquellos
que no caen dentro de su estrecho círculo
mental. En esto son tan coherentes como
puede serlo una mula que, al poseer
una sola idea para todo, no puede nunca
entrar en contradicciones. También
los señores que azotaban a los
negros esclavos en el siglo XIX —o los
apaleaban y arrastraban con sus camionetas
en el siglo XX— y los esclavos compartían
los mismos valores y la misma cultura.
Otros hombres y mujeres, libres y esclavos,
despreciaron estos valores y esta cultura
dominante y no fueron precisamente los
peores norteamericanos.
Debería comenzar respondiendo
que vivo en Estados Unidos porque no
vivo solo, porque no soy yo el dictador
que decide donde debe vivir mi familia,
según sus deseos y necesidades.
Vivo en Estados Unidos porque es aquí
donde tengo mi trabajo. Estas deberían
ser dos razones suficientes, pero nunca
debemos subestimar la simplicidad del
fascismo.
Cuando vivía en mi país
(mi país de origen, no de mi
propiedad) y publicaba duras críticas
contra su gobierno y contra algunas
de nuestras costumbres, no faltó
el fascista que me acusara de antipatriota,
lo que también sugería
que para ser patriota es necesario un
alto grado de acrítica (hipo-critica).
Cuando la crisis económica azotó
la clase media y baja en mi país,
me vi en la definitiva necesidad de
emigrar, aceptando una invitación
de un profesor norteamericano para continuar
mi carrera aquí. Los ricos y
acomodados en el poder de turno no emigran.
Mueven sus capitales o salen de vacaciones
y luego se inflaman el pecho con su
patriotismo. "El señor X
sirvió toda la vida a su patria",
repiten luego, para disimular el hecho
de que su patria le sirvió toda
la vida.
Es decir, vivo en Estados Unidos porque
ejerzo el derecho a trabajar donde considero
que hay una mejor oportunidad de trabajo,
como cualquier otra persona, y eso no
significa que deba hacer un ojo ciego
a todos los defectos y barbaridades
que veo en el país donde vivo.
También muchos norteamericanos
viven y trabajan en Irak y en muchos
otros países, al tiempo que critican
o desprecian esas mismas culturas. Y
no por eso se van de allí. También
muchos norteamericanos tienen grandes
negocios en casi todos los países
del mundo, trabajan y viven en ellos
y no es amor por los valores y la cultura
de esos países lo que los mantiene
donde están.
No es mi caso. Yo no desprecio el país
de mi hijo. Vivo en Estados Unidos porque
todavía creo que este país
no está compuesto de trescientos
millones de McCarthys sino también
de unos cuantos Carl Sagan, Norman Mailer,
Ernest Hemingway, Toni Morrison, Charles
Bukowski, Paul Auster, Truman Capote,
Noam Chomsky y outsiders como Edward
Said, Albert Einstein y muchos más
que en su momento fueron acusados de
ser elementos peligrosos, sólo
porque se atrevieron a ejercer la crítica
radical —radical, como toda critica
que va a las raíces de un problema—
porque aun creían en la humanidad.
Vivo en Estados Unidos porque también
admiro algo de este país —me
dan risa los que afirman alegremente
que aquí no hay cultura—, no
por la basura que es consumida como
deliciosos manjares sino por sus exquisitas
mentes que son despreciadas como basura.
Es decir que también vivo en
Estados Unidos porque, para un escritor
acostumbrado a la lucha dialéctica,
nada mejor que vivir, como decía
José Martí con alguna
imprecisión, "en las entrañas
del monstruo".
Vivo en Estados Unidos porque no creo
que un país o una cultura tengan
dueños ideológicos ni
dueños legales. Vivo en Estados
Unidos como podría vivir en cualquier
otro lugar del mundo, porque me puede
mover la necesidad laboral y profesional,
pero no me amedrentan aquellos que no
solo se creen dueños del Planeta
sino que además pretenden expandir
sus dominios exigiendo que los críticos
terminen por ceder, amablemente y de
forma voluntaria, los últimos
espacios que todavía quedan para
la disidencia o, simplemente, para el
análisis crítico.