Las teorías de la evolución
después de Darwin asumen una
dinámica de divergencias. Dos
especies pueden derivar de una en común;
cada tanto, estas variaciones pueden
desaparecer de forma gradual o abrupta,
pero nunca dos especies terminan confluyendo
en una. No existe mestizaje sino dentro
de la misma especie. A la larga, una
gallina y un hombre son parientes lejanos,
descendientes de algún reptil
y cada uno significa una respuesta exitosa
de la vida en su lucha por la sobrevivencia.
Es decir, la diversidad es la forma
en que la vida se expande y se adapta
a los diversos medios y condiciones.
Diversidad y vida son sinónimos
para la biósfera. Los procesos
vitales tienden a la diversidad pero
al mismo tiempo son la expresión
de una unidad, la biósfera, Gaia,
la exuberancia de la vida en lucha permanente
por sobrevivir a su propio milagro en
ambientes hostiles.
Por la misma razón la diversidad
cultural es una condición para
la vida de la humanidad. Es decir, y
aunque podría ser una razón
suficiente, la diversidad no se limita
sólo a evitarnos el aburrimiento
de la monotonía sino que, además,
es parte de nuestra sobrevivencia vital
como humanidad.
No obstante, hemos sido los humanos
la única especie que ha sustituido
la natural y discreta pérdida
de especies por una artificial y amenazante
exterminación, por la depredación
industrial y por la contaminación
del consumismo. Aquellos que sostenemos
un posible aunque no inevitable “progreso
de la historia” basado en el conocimiento
y el ejercicio de la igual-libertad,
podemos ver que la humanidad, tantas
veces puesta en peligro de extinción
por sí misma, ha logrado algunos
avances que le ha permitido sobrevivir
y convivir con su creciente fuerza muscular.
Y aún así, nada bueno
hemos agregado al resto de la naturaleza.
En muchos aspectos, quizás en
ese natural proceso de prueba y error,
hemos retrocedido o nuestros errores
se han vuelto exponencialmente peligrosos.
El consumismo es uno de esos errores.
Ese apetito insaciable nada o poco tiene
que ver con el progreso hacia una posible
y todavía improbable era sin-hambre,
post-escasez, sino con la más
primitiva era de la gula y la codicia.
No digamos con un instinto animal, porque
ni los leones monopolizan la sabana
ni practican el exterminio sistemático
de sus victimas, y porque hasta los
cerdos se sacian alguna vez.
La cultura del consumismo ha errado
en varios aspectos. Primero, ha contradicho
la condición antes señalada,
pasando por encima de las diversidades
culturales, sustituyéndolas por
sus baratijas universales o creando
una pseudo diversidad donde un obrero
japonés o una oficinista alemana
pueden disfrutar dos días de
una artesanía peruana hecha en
China o cinco días de las más
hermosas cortinas venecianas importadas
de Taiwán antes que se rompan
por el uso. Segundo, porque también
ha amenazado el equilibrio ecológico
con sus extracciones ilimitadas y sus
devoluciones en forma de basuras inmortales.
Ejemplos concretos podemos observarlos
a nuestro alrededor. Podríamos
decir que es una suerte que un obrero
pueda disfrutar de las comodidades que
antes les estaban reservadas sólo
a las clases altas, las clases improductivas,
las clases consumidoras. No obstante,
ese consumo —inducido por la presión
cultural e ideológica— se ha
convertido muchas veces en la finalidad
del trabajador y en un instrumento de
la economía. Lo que por lógica
significa que el individuo-herramienta
se ha convertido en un medio de la economía
como individuo-consumidor.
En casi todos los países desarrollados
o en vías de ese “modelo de desarrollo”,
los muebles que invaden los mercados
están pensados para durar pocos
años. O pocos meses. Son bonitos,
tienen buena vista como casi todo en
la cultura del consumo, pero si los
miramos fijamente se rayan, pierden
un tornillo o quedan en falsa escuadra.
Ahora resulta un exotismo aquella preocupación
de mi familia de carpinteros por mejorar
el diseño de una silla para que
durase cien años. Pero los nuevos
muebles descartables no nos preocupan
mayormente porque sabemos que han costado
poco dinero y que, en dos o tres años
vamos a comprar otros nuevos, lo que
de paso da más interés
y variación en la decoración
de nuestras casas y oficinas y sobre
todo estimulan la economía del
mundo. Según la teoría
en curso, lo que tiramos aquí
ayuda al desarrollo industrial en algún
país pobre. Por eso somos buenos,
porque somos consumidores.
No obstante, esos muebles, aún
los más baratos, han consumido
árboles, han quemado combustible
en su largo viaje desde China o desde
Malasia. La lógica de “tírelo
después de usar”, que es lo más
razonable para una jeringa de plástico,
se convierte en una ley necesaria para
estimular la economía y mantener
el PBI en perpetuo crecimiento, con
sus respectivas crisis y fobias cuando
su caída provoca una recesión
del dos por ciento. Para salir de ella
hay que aumentar la droga. Sólo
Estados Unidos, por ejemplo, destina
billones de dólares para que
sus habitantes vuelvan a consumir, a
gastar, para salir de la locura de la
recesión y así el mundo
pueda seguir girando, consumiendo y
desechando.
Pero esos desechos, por baratos que
sean —el consumismo está basado
en mercaderías baratas, desechables,
que hace casi inaccesible el reciclaje
de productos duraderos— poseen trozos
de madera, plástico, baterías,
caños de hierro, tornillos, vidrio
y más plástico. En Estados
Unidos todo eso y algo más va
a la basura —aún en este tiempo
llamado “de gran crisis” por razones
equívocas— y en los países
pobres, los pobres van en busca de esa
basura. A la larga, quien termina consumiendo
toda la basura es la naturaleza mientras
la humanidad sigue poniendo en suspenso
sus cambios de hábitos para salir
de la recesión primero y para
sostener el crecimiento de la economía
después.
Pero ¿qué significa “crecimiento
de la economía”, ese dos o tres
por ciento que obsesiona al mundo entero,
de Norte a Sur y de Este a Oeste?
El mundo está convencido de
que se encuentra en una terrible crisis.
Pero el mundo siempre estuvo en crisis.
Ahora es definida como crisis mundial
porque (1) procede y afecta la economía
de los más ricos; (2) el paradigma
simplificado del desarrollo ha irradiado
su histeria al resto del mundo, restándole
legitimidad. Pero en Estados Unidos
las personas siguen inundando las tiendas
y los restaurantes y sus recortes no
llegan nunca al hambre, aun en la gravedad
de millones de trabajadores sin trabajo.
En nuestros países periféricos
una crisis significa niños en
la calle pidiendo limosna. En Estados
Unidos suele significar consumidores
consumiendo un poco menos mientras esperan
el próximo cheque del gobierno.
Para salir de esa “crisis”, los especialistas
se exprimen el cerebro y la solución
es siempre la misma: aumentar el consumo.
Irónicamente, aumentar el consumo
prestándole a la gente común
su propio dinero a través de
los grandes bancos privados que reciben
la ayuda salvadora del gobierno. No
se trata solo de salvar algunos bancos,
sino, sobre todo, de salvar una ideología
y una cultura que no sobreviven por
sí solas sino en base a frecuentes
inyecciones ad hoc: estímulos
financieros, guerras que impulsan la
industria y controlan la participación
popular, drogas y diversiones que estimulan,
tranquilizan y anestesian en nombre
del bien común.
¿Realmente habremos salido de
la crisis cuando el mundo retome un
crecimiento del cinco por ciento mediante
el estímulo del consumo en los
países ricos? No estaremos preparando
la próxima crisis, una crisis
real —humana y ecológica— y no
una crisis artificial como la que tenemos
hoy? ¿Realmente nos daremos cuenta
que ésta no es realmente una
crisis sino sólo una advertencia,
es decir, una oportunidad para cambiar
nuestros hábitos?
Cada día es una crisis porque
cada día elegimos un camino.
Pero hay crisis que son una larga una
via crusis y otras que son críticas
porque, tanto para oprimidos como para
opresores significa una doble posibilidad:
la confirmación de un sistema
o su aniquilación. Hasta ahora
ha sido lo primero por faltas de alternativas
a lo segundo. Pero nunca hay que subestimar
a la historia. Nadie hubiese previsto
jamás una alternativa al feudalismo
medieval o al sistema de esclavitud.
O casi nadie. La historia de los últimos
milenios demuestra que los utópicos
solían preverlo con exagerada
precisión. Pero como hoy, los
utópicos siempre han tenido mala
fama. Porque es la burla y el desprestigio
la forma que cada sistema dominante
ha tenido siempre para evitar la proliferación
de gente con demasiada imaginación.
Jorge Majfud, PhD
http://majfud.info
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