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Redefinir
Uno de los mejores americanos fue un
inglés. El mayor incendiario, independentista,
anarquista, promotor de la desobediencia
civil y defensor de los derechos de igualdad
y libertad de pensamiento fue un hijo
del mayor imperio del momento. Su librito
más importante, Common Sense (1776),
fue la llama que prendió el hilo
de pólvora, por entonces inerte
en la mente de la mayoría de los
americanos y hasta del mismo George Washington.
La primera idea que inicia El sentido
común de Thomas Paine, no sin paradoja,
afirma que la costumbre de pensar correctamente
da la superficial idea de estar en lo
cierto, lo que garantiza la feroz defensa
de una costumbre.
En nuestros tiempos, uno de esos lugares
comunes es, por ejemplo, repetir y sostener
que los criminales son “inadaptados sociales”.
Lo que de paso sirve para calmar la conciencia
del resto de la sociedad que no anda por
ahí matando por un kilo de basura.
Pero si vemos algo del bosque, hasta el
peor asesino es un perfecto adaptado social.
No lo son sus víctimas, en todo
caso. No eran adaptados sociales ni Sócrates,
ni Jesús ni el modesto verdulero
que se puso a contar las magras ganancias
del día sin atender al asesino
que lo acuchilló.
Cuando repudiamos el horror de un crimen
en el fondo repudiamos lo que somos como
sociedad y nuestra impotencia es la negación
de ese reconocimiento, ya que si pudiésemos
matar al asesino de un amigo no lo haríamos
y si lo hiciéramos no calmaríamos
nuestro espíritu por ese acto de
fuerza absoluta.
Gobiernos permisivos
En Europa y en Estados Unidos un creciente
número de personas responsabiliza
a la inmigración por el incremento
de la violencia. Aunque podemos pensar
que la ilegalidad, la falta de goce de
derechos civiles y la desesperación
pueden llevar fácilmente a un individuo
a la delincuencia, aún así
parece que los ilegales se abstienen más
del crimen que los ciudadanos. Como los
estudios más serios demuestran
con números que las olas inmigratorias
no son las causas del incremento de la
criminalidad sino que en muchos contextos
tienen un efecto contrario, se argumenta
que si no es la cantidad por lo menos
es la calidad de los nuevos crímenes.
Es posible que los medios de difusión
jueguen un factor en la percepción
de un horror antiguo, pero podemos aceptar
que la violencia ha llegado o se mantiene
en niveles intolerables para una sensibilidad
civilizada —dejemos de lado que estos
crímenes también son un
fenómeno de la ciudad, de la civilización.
En América latina, como no se
les puede echar la culpa a los antiguos
inmigrantes, se le echa la culpa a la
permisividad de los gobiernos. Así
surge la tentación fácil
de reclamar el regreso de las viejas dictaduras
o, por lo menos, de sus viejos métodos.
Primero, considerando que todos éstos
son países republicanos, la acusación
no tiene sustento. No son los gobiernos
los que administran la justicia.
Segundo, no es casualidad que los reclamos
de “mano dura” provengan siempre de sectores
de la derecha política cuando hoy
en día, rompiendo con una tradición
centenaria, la mayoría de los gobiernos
se declaran de izquierda.
Tercero, en mi país, Uruguay,
y en muchos otros, esta acusación
además es paradójica. Quienes
cometieron crímenes en masa, violaciones
al por mayor, han obtenido grandes descuentos
cuando no el perdón oficial y,
en algún período de la reciente
historia, el perdón de la mayoría
del electorado. Entonces ¿cómo
los políticos que durante décadas
construyeron un discurso ideológico
de impunidad y de olvido ante los mayores
crímenes contra la humanidad pueden
hablar ahora de “gobiernos permisivos”?
¿Por qué habría un
país de usar mano dura con un asesino
que mata a un inocente y promover el megaolvido
y el megaperdón de una cofradía
de asesinos que secuestra, tortura, viola
y asesina a cientos y a miles? ¿Cómo
pueden estos mismos discursantes de la
moral pública levantar las cejas
de asombro ante olas de delincuentes,
como si esta verdadera “adaptación
social” hubiese sido aprendida en cuatro
cursos acelerados de Perversión
Civil?
Síntomas de una civilización
enferma
Hay, sin embargo, un factor central que
no depende de los políticos criollos
de turno, sean de derecha o de izquierda.
Tampoco vamos a pensar que nuestros caminales,
sean reos o sean ex presidentes, son los
responsables del rumbo de toda una civilización.
También ellos son colaboradores,
quizás involuntarios, de un sistema
que, si no supera el tamaño de
sus egos, al menos sí supera el
alcance de sus poderes reales.
También son ellos y somos nosotros
hijos de una cultura y de una civilización.
La civilización del músculo,
del proselitismo y de la conquista; la
cultura del materialismo y de la más
reciente fiebre del consumismo como síntoma
de éxito.
¿Por qué se llaman “países
emergentes” a Rusia, China e India? Su
“éxito” radica en parecerse algo
más a Estados Unidos al tiempo
de presentarse como “algo distinto”. Con
demasiado anticipo celebran el fin del
imperialismo americano mientras cada uno
de ellos deja la vida por convertirse
en nuevos imperios capitalistas. Copian
defectos ajenos mientras conservan los
propios. El éxito de estos países
“tan distintos” se mide y se define en
las bolsas de las capitales financieras,
en el gasto interno, en el consumo de
combustible, en el número de nuevos
millonarios, en la construcción
de nuevos centros comerciales con sus
Halloween, sus barbies rubias de ojos
rasgados. El objetivo es el éxito
y éste se mide con los mismos valores
que ya fueron definidos e impuestos por
Estados Unidos.
El especulador de Wall Street, el traficante
de drogas y el ladrón de gallinas
persiguen lo mismo, porque sus valores
son esencialmente los mismos: el éxito
económico, con o sin el éxito
del prójimo, con o sin el imperio
del la ley. (El exceso de testosterona
provoca mayor placer en la derrota del
rival que en la victoria propia.) La diferencia
radica en que unos ejercen el peso de
la ley, no porque son buenos sino porque
les conviene. Cuando la ley deja de convenirles
surgen los Bernard Madoff con sus calculadas
megaetafas. ¿Cuántos miles,
sino millones de víctimas dejan
estos criminales? Sin duda muchas más
que un horrible asesino que descarga toda
la basura de su subcultura en una pobre
víctima individual. Y el horror
se ve con la sangre, no con los hambreados
del despido ni con los muertos anónimos
bajo las bombas de los intereses corporativos.
Quizás los criminales comunes
sean la forma en que una sociedad expurga
sus propios pecados. Quien roba, asesina,
viola, trafica con drogas es un perfecto
adaptado social. Adaptado a los valores
básicos de nuestras sociedades
contemporáneas, fundadas en la
competencia, la avaricia y la desesperación
por el éxito individual. Unos ejercitamos
ese vicio a través del arte, de
las ciencias. Otros a través de
las intrigas públicas, en caso
de un político, o de las intrigas
domésticas, en caso de un pobre
diablo. Otros son más directos
y asaltan, roban y matan. Esos criminales
representan los valores más profundos
de nuestras sociedades pero carecen del
arte y de la educación de los buenos
jugadores que triunfan porque respetan
las reglas del juego. Sin importar si
se trata de un juego de damas o de la
ruleta rusa o de Abu Ghraib.
En esta cadena de violencias todas son
parte de un mismo mecanismo. Un pequeño
engranaje parece girar en sentido opuesto
a un engranaje mayor, pero éste
se mueve por aquel y aquel para éste.
Nadie puede cambiar por sí solo
el rumbo de la civilización. Ella
nos crea. Pocos pueden cambiar el destino
de millones de personas que sufren o se
benefician de sus decisiones. Casi todos
podemos hacer algo por cambiar nuestro
entorno más inmediato. Todos, sin
duda, podemos hacer mucho por cambiarnos
a nosotros mismos. El único problema
es que casi nunca queremos. Estamos demasiado
enamorados de nuestros defectos y preferimos
hablar de los defectos ajenos.
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