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Me preguntan si creo en Dios y me advierten
que necesitan sólo una frase.
Dos a lo sumo. Es fácil, sí o
no.
Lo siento, pero ¿por qué insiste
usted en someterme a la tiranía
de semejante pregunta? Si de verdad les
interesa mi respuesta, tendrán
que escucharme. Si no, buenas tardes.
Nada se pierde.
La pregunta, como tantas otras, es tramposa.
Me exige un claro si o un claro no. Tendría
una de esas respuestas bien claras si
el dios por el que se me pregunta estuviese
tan claro y definido. ¿Le gusta
usted Santiago? Perdone, ¿cuál
Santiago? ¿Santiago de Compostela
o Santiago de Chile? ¿Santiago
del Estero o Santiago Matamoros?
Bueno, mire usted, mi mayor deseo es
que Dios exista. Es lo único que
le pido. Pero no cualquier dios. Parece
que casi todos están de acuerdo
en que Dios es uno solo, pero si es verdad
habrá que reconocer que es un
dios de múltiples personalidades,
de múltiples religiones y de mutuos
odios.
La verdad es que no puedo creer en un
dios que calienta los corazones para
la guerra y que infunde tanto temor que
nadie es capaz de mover una coma. Por
lo cual morir y matar por esa mentira
es una práctica común;
cuestionarlo una rara herejía.
No puedo creer y menos puedo apoyar un
dios que ordena masacrar pueblos, que
está hecho a la medida y conveniencia
de unas naciones sobre otras, de unas
clases sociales sobre otras, de unos
géneros sobre otros, de unas razas
sobre otras. Un dios que para su diversión
ha creado a unos hombres condenados desde
el nacimiento y otros elegidos hasta
la muerte y que, al mismo tiempo, se
ufana de su universalidad y de su amor
infinito.
¿Cómo creer en un dios
tan egoísta, tan mezquino? Un
dios criminal que condena la avaricia
y la acumulación del dinero y
premia a sus avaros elegidos con más
riquezas materiales. ¿Cómo
creer en un dios de corbata los domingos,
que grita y se hincha las venas condenando
a quienes no creen en semejantes aparato
de guerra y dominación? ¿Cómo
creer en un dios que en lugar de liberar
somete, castiga y condena? ¿Cómo
creer en un dios mezquino que necesita
la política menor de algunos fieles
para ganar votos? ¿Cómo
creer en un dios mediocre que debe usar
la burocracia en la tierra para administrar
sus asuntos en el cielo? ¿Cómo
creer en un dios que se deja manipular
como un niño asustado en la noche
y sirve cada día los intereses
más repudiables sobre la tierra? ¿Cómo
creer en un dios que dibuja misteriosas
imágenes en las paredes húmedas
para anunciar a la humanidad que estamos
viviendo un tiempo de odios y de guerras? ¿Cómo
creer en un dios que se comunica a través
de charlatanes de esquina que prometen
el cielo y amenazan con el infierno al
que pasa, como si fuesen corredores de
bienes raíces?
¿De qué dios estamos hablando
cuando hablamos de Dios Único
y Todopoderoso? ¿Es el mismo Dios
que manda fanáticos a inmolarse
en un mercado el mismo Dios que manda
sus aviones a descargar el infierno sobre
niños e inocentes en su nombre?
Tal vez sí. Entonces, yo no creo
en ese dios. Mejor dicho, no quiero creer
que semejante criminal sea una fuerza
sobrenatural. Porque bastante tenemos
con nuestra propia maldad humana. Solo
que la maldad humana no sería
tan hipócrita si se dedicara a
oprimir y a matar en su propio nombre
y no en nombre de un dios creador y bondadoso.
Un Dios que permite que sus manipuladores,
que no tienen paz en sus corazones hablen
de la paz infinita de Dios mientras van
condenando a quienes no tienen fe. A
quines no tienen fe en esa trágica
locura que le atribuyen cada día
a Dios. Hombres y mujeres sin paz que
se dicen elegidos por Dios y van proclamándolo
por ahí porque no les resulta
suficiente que Dios los haya elegido
por su dudosas virtudes. Esos terroristas
del alma que van amenazando con el infierno,
con voces suaves o a los gritos a quienes
se atreven a dudar de tanta locura.
Un Dios creador del Universo que debe
acomodarse entre las estrechas paredes
de casas consagradas y edificios sin
maleficios levantados por el hombre,
no para que Dios tenga un lugar en el
mundo sino para tenerlo a Dios en un
lugar. En un lugar propio, es decir,
privatizado, controlado, circunscripto
a unas ideas, a unos párrafos
y al servicio de una secta de autoelegidos.
Luego la acusación clásica
para todo aquel que dude de los reales
atributos de Dios establecidos por la
tradición es la de soberbia. Los
furiosos predicadores, en cambio, no
se detienen un instante a reflexionar
sobre su infinita soberbia de pertenecer
y hasta de guiar y administrar el selecto
club de los elegidos del Creador.
Lo único que le pido a Dios es
que exista. Pero cada vez que veo estas
hordas celestiales me acuerdo de la historia,
cierta o ficticia, del cacique Hatuey,
condenado a la hoguera por el gobernador
de Cuba, Diago Velásquez. Según
el padre Bartolomé de las Casas,
un sacerdote lo asistió en sus últimas
horas tratando de ganarlo para el cielo
si se convertía al cristianismo.
El cacique le preguntó si se encontraría
allí con los hombres blancos.
“Si —respondió el cura—, porque
ellos creen en Dios”. Lo que fue razón
suficiente para que el rebelde desistiera
de aceptar la nueva verdad.
Entonces, si Dios es ese ser que camina
detrás de sus seguidores en trance,
la verdad, no puedo creer en él. ¿Para
qué habría el Creador de
conferir razón crítica
a sus creaturas y luego exigirles obediencia
ciega, temblores alucinados, odios incontrolables? ¿Por
qué habría Dios de preferir
los creyentes a los pensantes? ¿Por
qué la iluminación habría
de ser la pérdida de la conciencia? ¿No
será que la inocencia y la obediencia
se llevan bien?
¿Y todo esto quiere decir que
Dios no existe? No. ¿Quién
soy yo para dar semejante respuesta?
Solo me preguntaba si el creador del
Universo realmente cabe en la cáscara
de una nuez, en la cabeza de un misil.
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