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de Bernardo Pérez |
I. Pasado
Jorge Majfud: Una visión
humanista considera la historia como
un producto humano, es decir, producto
de la libertad de sus individuos y de
los diversos grupos que la han realizado
e interpretado. Una visión antihumanista
afirma que, por el contrario, esos individuos
y esos grupos son el resultado de la
historia misma y su libertad es una
ilusión. Si me permitís
una limitación artificial dentro
de este posible espectro, ¿dónde
te situarías?
Eduardo Galeano: Por
lo que tengo caminado y escuchado, me
da la impresión de que nosotros
hacemos la historia que nos hace. Cuando
la historia que hacemos nos sale más
bien chueca, o es usurpada por los pocos
que entre nosotros mandan, decimos que
ella, la historia, tiene la culpa.
- En esta visión no hay
lugar para el determinismo materialista
o para algún tipo de fatalismo
religioso…
Los fatalismos son cómodos, te
permiten dormir a pata suelta, el destino
está escrito en los astros, la
historia camina sola, no te amargues,
hay que aceptar o aceptar. Los fatalismos
mienten, porque si la vida no es una
aventura de la libertad, que alguien
venga y me explique si vale la pena
vivir. Pero ojo: también mienten
los iluminados, los elegidos que se
atribuyen el poder de cambiar la realidad
tocándola con su varita mágica:
y si la realidad no me obedece, no me
merece.
- Si el tiempo de las revoluciones
modernas, es decir, de las revoluciones
abruptas y violentas ha pasado, ¿es
la progresión o la resistencia
la mejor alternativa en nuestro tiempo?
Andá a saber cuántos mundos
hay dentro del mundo, y cuántos
tiempos dentro del tiempo. La historia
camina con nuestras piernas, pero a
veces anda a paso muy lento, y a veces
parece quieta. De todos modos, cuando
los cambios vienen de abajo, desde lo
hondo, a la corta o a la larga ellos
encuentran su camino, al ritmo que quieren
o pueden. Desde abajo, digo, desde el
pie, como cantó Zitarrosa. Lo
único que se hace desde arriba
son los pozos.
- En tu último libro
Espejos realizás un esfuerzo
al mismo tiempo creativo y arqueológico
sobre un vasto espacio geográfico
y temporal. ¿Qué períodos
de la historia crees que se llevarían
el premio mayor a la crueldad y la injusticia?
Hay demasiados favoritos en ese campeonato.
- Bueno, más puntual,
¿podrías resumir la crueldad
en una imagen, en una situación
que te ha tocado vivir?
Me ocurrió hace años,
en un camión que atravesaba la
selva del alto Paraná. Salvo
yo, era toda gente de ese mapa. Nadie
hablaba. Íbamos muy apretados,
en la caja del camión, a los
tumbos. A mi lado, una mujer muy pobre,
con un bebé en brazos. El bebé
ardía de fiebre, se quejaba.
Ella sólo dijo que precisaba
un médico, que en alguna parte
tenía que haber un médico.
Y por fin llegamos a alguna parte, no
sé cuántas horas habían
pasado, hacía mucho que el bebé
no se quejaba. Ayudé a que aquella
mujer bajara del camión. Cuando
recogí el bebé, vi que
estaba muerto. El asesino que había
cometido esa crueldad era todo un sistema
de poder, que no iba preso ni viajaba
en camiones destartalados.
- Con memorias como esa deberíamos
terminar aquí. Pero el mundo
sigue girando. ¿Crees que el
pasado precolombino ha sobrevivido tantos
años de colonización y
modernización, tanto como para
definir una forma latinoamericana de
ser, de sentir y hasta de pensar?
Desde hace siglos, los dioses acuden,
quién sabe cómo, desde
el pasado americano y desde la selva
africana y desde todas partes. Muchos
de esos dioses viajan con otros nombres
y usan pasaportes falsos, porque sus
religiones se llaman supersticiones
y ellos siguen condenados a la clandestinidad.
II. Presente
- ¿Estamos presenciando
el fin del capitalismo, de un paradigma
basado en el consumismo y el éxito
financiero, o simplemente se trata de
una crisis más de la que saldrá
fortalecido el mismo sistema, la misma
cultura hegemónica?
Con frecuencia recibo convites para
asistir al entierro del capitalismo.
Bien sabemos, sin embargo, que vivirá
más de siete vidas este sistema
que privatiza sus ganancias pero tiene
la amabilidad de socializar sus pérdidas,
y por si fuera poco nos convence de
que eso es filantropía. En gran
medida, el capitalismo se nutre del
desprestigio de sus alternativas. La
palabra socialismo, por ejemplo, ha
sido vaciada de significado, por la
burocracia que la usó en nombre
del pueblo y por la socialdemocracia
que en su nombre modernizó el
look del capitalismo. Sabemos que este
sistema capitalista se las está
arreglando bastante bien para sobrevivir
a las catástrofes que desata.
No sabemos, en cambio, cuántas
vidas podrá vivir su víctima
principal, el planeta que habitamos,
exprimido hasta la última gota.
¿Adónde nos mudaremos,
cuando el planeta quede sin agua, sin
tierra, sin aire? La empresa Lunar International
ya está vendiendo lotes en la
luna. A fines del 2008, el multimillonario
ruso Roman Abramovich le regaló
un terrenito a la novia.
- Quizás presume ser
el primer hombre que le regala un pedazo
de la Luna a una mujer, lo que viene
a ser una especia de capitalismo romántico.
¿Crees que si China, por ejemplo,
tuviese una economía hegemónica
pronto se convertiría en un nuevo
imperio, avasallante y colonialista
como cualquier otro imperio?
Si yo fuera profeta profesional, me
moriría de hambre. No acierto
ni en el fútbol, que de eso sí
que algo sé. Todo lo que te puedo
decir es lo que puedo ver: China está
poniendo en práctica una exitosa
combinación de dictadura política,
al viejo estilo comunista, con una economía
que funciona al servicio del mercado
mundial capitalista. China puede proporcionar,
así, baratísima mano de
obra a empresas norteamericanas como
Wal Mart, que prohíbe los sindicatos.
- A propósito, en el
último “viernes negro”, el día
del año en que en Estados Unidos
las grandes cadenas de supermercados
venden al costo, una avalancha de compradores
no pudo esperar a que abrieran las puertas
de uno de estos Wal Marts y se llevó
por delante a un empleado. El hombre
murió aplastado… A pesar de todo
este absurdo, ¿podemos pensar
que la humanidad se encuentra en un
mayor estado de derechos individuales
y de conciencia colectiva? ¿Qué
es lo mejor de nuestro tiempo?
En el siglo veinte, la justicia fue
sacrificada en nombre de la libertad,
y la libertad fue sacrificada en nombre
de la justicia. Ya nuestro tiempo es
el siglo veintiuno, y lo mejor que tiene
es el desafío que contiene: nos
invita a luchar para ayudar al reencuentro
de la justicia y la libertad. Ellas
quieren vivir bien pegaditas, espalda
contra espalda.
- ¿Podemos comparar la
aparición Internet con la revolución
que produjo la imprenta en el siglo
XV?
No tengo ni idea, pero valga la ocasión
para recordar que la imprenta no nació
en el siglo XV. Los chinos la habían
inventado dos siglos antes. En realidad,
eran chinas las tres invenciones que
hicieron posible el Renacimiento europeo:
la imprenta, la brújula y la
pólvora. No sé si ahora
habrá mejorado la educación,
pero antes aprendíamos una historia
universal reducida a la historia de
Europa. De Medio Oriente, nada o casi
nada. Ni una palabra sobre China, nada
sobre la India. Y del África,
sólo sabíamos lo que nos
enseñaba el profesor Tarzán,
que nunca estuvo allí. Y del
pasado americano, del mundo precolombino,
alguna cosita folklórica, unas
cuantas plumas de colores… y chau.
- ¿Cuál es el
mayor peligro del progreso tecnológico
en la comunicación?
En la comunicación, y en todo
lo demás. Las máquinas
no son ningunas santas, pero no tienen
la culpa de lo que nosotros hacemos
con ellas. El mayor peligro está
en que la computadora nos programe,
como el automóvil nos maneja.
Con asombrosa facilidad, nos convertimos
en instrumentos de nuestros instrumentos.
- Como escritor y como lector,
¿qué tipo de lecturas
te ocupan mayor tiempo hoy?
Yo leo de todo, empezando por las paredes
que acompañan mis pasos por las
calles de las ciudades.
- Es la crueldad y la injusticia
el mayor provocador de la literatura
de Eduardo Galeano?
No. Si así fuera, ya me hubiera
enfermado de irremediable tristeza.
Por suerte soy preguntón, curioso
de nacimiento, y ando siempre buscando
la tercera orilla del río, ese
misterioso lugar donde se juntan el
horror y el humor.
- ¿Por qué crees
que será recordado nuestro tiempo
en los siglos por venir?
¿Será recordado? ¿Habrá
siglos por venir? Dios te oiga, y si
Dios está sordo, que te oiga
el Diablo.
III. Futuro
- ¿Eduardo, creés
que el mundo se dirigirá a un
mayor equilibrio de sus fracciones geográficas,
sociales y culturales o, por el contrario,
estamos condenados a repetir las mismas
formas de lo que hoy consideramos violencia
física y moral?
Condenados, no estamos. El destino es
un desafío, aunque a primera
vista parezca una maldición.
- ¿Una mejora de nuestro
presente radica mayormente en la profundización
de los valores humanistas de la tradición
europea o en una revalorización
de un origen perdido en los pueblos
“periféricos”?
La tradición europea no alcanza.
Los americanos somos hijos de muchas
madres. Europa sí, pero hay también
otras madres. Y no sólo los americanos.
Los humanitos todos, el mundo entero
es mucho más que lo que cree
ser. Pero el arcoiris terrestre no brillará,
en todo su lucerío, mientras
siga mutilado por el racismo, el machismo,
el militarismo, el elitismo y todos
esos ismos que nos niegan la plenitud
de nuestra diversidad. Y dicho sea de
paso, no viene mal aclarar que los valores
humanistas de la tradición europea
se desarrollaron mientras Europa exterminaba
indios en América y vendía
carne humana en África. John
Locke, el filósofo de la libertad,
era accionista de una empresa negrera.
- Sí, algo así
como las democracias imperiales, desde
la antigua Atenas hasta Estados Unidos.
¿Pero quiere decir eso que la
historia se repite siempre?
Ella no quiere repetirse, eso no le
gusta ni un poquito, pero muy frecuentemente
nosotros la obligamos. Por ponerte un
ejemplo muy actual, hay partidos que
llegan al gobierno prometiendo un programa
de izquierda, y terminan repitiendo
lo que la derecha hacía. ¿Por
qué no dejan que la derecha lo
siga haciendo, ya que tiene experiencia?
Se aburre la historia, y se desprestigia
la democracia, cuando se nos invita
a elegir entre lo mismo y lo mismo.
- ¿Qué rol cumplen
hoy en la sociedad los intelectuales
“no orgánicos”? ¿Siguen
siendo, al menos en una minoría,
una fuerza crítica y provocadora?
Yo creo que escribir no es una pasión
inútil. Pero esa generalización,
“los intelectuales”, orgánicos
o no orgánicos, no se parece
mucho al mundo real. Hay de todo en
la viña del Señor. En
mi caso, te puedo decir que trabajo
con palabras, que soy un inútil
total y eso es lo único que me
sale más o menos bien, y que
me consta, por experiencia propia y
ajena, que el acto de la lectura es
una secreta, y a veces fecunda, ceremonia
de comunión. Quien lee algo que
de veras vale la pena, no lee impunemente.
Leer un libro de esos que respiran cuando
te los ponés al oído,
no te deja intocado: te cambia, aunque
sea un poquitito, te incorpora algo,
algo que no sabías o no imaginabas,
y te invita a buscar, a preguntar. Y
más, todavía: a veces
hasta te puede ayudar a descubrir el
verdadero significado de las palabras
traicionadas por el diccionario de nuestro
tiempo. ¿Qué más
puede querer una conciencia crítica?
- Pero los escritores contemporáneos
tienden a evitar esa palabra, “intelectuales”
¿Por qué?
Te contesto por mí, no en nombre
de “los escritores”, que también
son una generalización dudosa.
Yo escribo queriendo decir y decirme
en un lenguaje sentipensante, certera
palabra que me enseñaron los
pescadores de la costa colombiana del
mar Caribe. Y por eso, justo por eso,
no me gusta nada que me llamen intelectual.
Siento que así me convierten
en una cabeza sin cuerpo, situación
por demás incómoda, y
que me están divorciando la razón
de la emoción. Se supone que
intelectual es el capaz de entender,
pero yo prefiero al capaz de comprender.
Culto no es quien acumula más
conocimientos, porque entonces no habrá
nadie más culto que una computadora.
Culto es quien sabe escuchar, escuchar
a los demás y escuchar las mil
y una voces de la naturaleza de la que
formamos parte. Para decir, escucho.
Escribo en un viaje de ida y vuelta,
recojo palabras que devuelvo, dichas
a mi modo y manera, al mundo de donde
vienen.
- A propósito, ¿cuál
es tu técnica narrativa, es decir,
tus hábitos y conductas de escritura?
No tengo horarios. No me obligo. En
Santiago de Cuba, un viejo tamborero,
que tocaba como los dioses, me lo enseñó:
“Yo toco -me dijo- cuando me pica la
mano”. Y yo le hago caso. Si no me pica,
no escribo. Nunca he firmado un contrato
que me ponga plazos para entregar un
libro. En la literatura, como en el
fútbol, cuando el placer se convierte
en deber, pasa a ser algo bastante parecido
al trabajo esclavo. Los libros me escriben,
crecen dentro de mí, y cada noche
me duermo dándoles las gracias,
porque me permiten creer que el autor
soy yo. Y dicho esto te aclaro que escribo
muchas veces cada página, que
tacho, suprimo, reescribo, rompo, vuelvo
a empezar, y todo eso es parte de la
alta alegría de sentir que lo
que digo se parece, y a veces se parece
mucho, a lo que mis páginas quieren
decir.
- Tus libros después
de las dictaduras militares de Uruguay
y Argentina, después del exilio,
cambian de estilo. O quizás profundizan
una característica: tu mirada
sigue siendo la del rebelde inconformista,
pero tu voz se vuelve más lírica.
Si mal no recuerdo, fue Jean-Paul Sartre
que dijo que la técnica de un
escritor remite a su concepción
del mundo. ¿Cómo definirías
tu etilo? ¿Refleja tu percepción
del mundo o, quizás, tus aspiraciones
sobre él o el estilo es algo
accidental, una forma de hacer las cosas
que proviene de una historia de la estética,
de una influencia de la adolescencia?
Mi estilo es el resultado de muchos
años de escribir y borrar. Juan
Rulfo me lo decía, mostrándome
un lápiz de aquellos que ahora
ya casi ni se ven: “Yo escribo con el
grafo de adelante, pero más escribo
con la parte de atrás, donde
está la goma”. Eso hago, o intento
hacer. Intento decir cada vez más
con menos.
- Un elemento común de
la literatura del compromiso, de las
utopías revolucionarias hasta
los setenta, de los años previos
a las dictaduras en América del
Sur, parece ser la alegría. Como
ejemplo ilustrativo podríamos
hacer una exposición de fotografías
de los rostros adustos de los Pinochet,
por un lado, y de los rostros sonrientes
de los Che Guevara por el otro. ¿Existe
una conexión entre la “estética
de la tristeza” de la literatura del
siglo XX y las fuerzas conservadoras
de la sociedad? ¿En qué
medida es subversiva la alegría,
el epicureísmo del que hablaba
Américo Vespucio refiriéndose
a cierta imagen de los nativos americanos?
Vuelvo a la costa colombiana, y te cuento
que allá el peor insulto es amargao.
Nada más grave te pueden decir.
Y no les falta razón, porque
al fin y al cabo, no hay nada en el
mundo que no merezca ser reído.
Si la literatura de denuncia no es,
al mismo tiempo, una literatura de la
celebración, se aleja de la vida
viva y duerme a sus lectores. Se supone
que sus lectores deben arder de indignación,
pero ellos se caen de sueño.
Con frecuencia ocurre que la literatura
que dice dirigirse al pueblo, sólo
se dirige a los convencidos. Sin riesgo
ninguno, se parece más a la masturbación
que al acto del amor, aunque según
me han dicho el acto del amor es mejor,
porque se conoce gente. La contradicción
mueve la historia, y la literatura que
de veras estimula la energía
de cambio nos ayuda a adivinar los soles
secretos que cada noche esconde, esa
humana hazaña de reír
contra toda evidencia. La herencia hebreo-cristiana,
que tanto elogia el dolor, no ayuda
mucho. Si no recuerdo mal, en toda la
Biblia no suena ni una risa. El mundo
es un valle de lágrimas, los
que más sufren son los elegidos
que suben al Cielo.
- ¿Cómo imaginás
el mundo dentro de cincuenta años?
Con la edad que tengo, me imagino que
dentro de cincuenta años ya no
estaré. Como ves, tengo una imaginación
prodigiosa.
- Alguna vez Onetti dijo que
él escribía para sí
mismo. ¿Galeano escribiría
si tuviese la poca fortuna de ser el
único sobreviviente de una catástrofe
mundial?
¿El único sobreviviente?
Uy! Me moriría de aburrimiento.
Quizá escribiría igual,
porque tengo el vicio, pero escribir
para nadie es peor que bailar con la
hermana. Onetti se enojó conmigo
cuando una noche cometí una juvenil
insolencia. Él me dijo eso, que
él escribía para él,
y yo le propuse llevarle al Correo esas
cartas para Juan Carlos Onetti, calle
Gonzalo Ramírez, Montevideo,
etc., etc. Él se cabreó.
Se cabreó porque mentía,
y bien lo sabía. Quien publica
lo que escribe, escribe para los demás.
- ¿Qué harías
diferente si tuvieses la experiencia
y la oportunidad de hacerlo de nuevo?
¿De qué se arrepiente
Eduardo Galeano hoy?
No me arrepiento de nada. Yo también
soy la suma de todas mis metidas de
pata.
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