Recientemente el senador uruguayo Fernández
Huidobro contribuyó a esta polémica
afirmando que "no quiero una sociedad
en la que todos estén armados,
pero estamos viviendo una situación
excepcional". ¿Por qué
estamos viviendo una situación
excepcional? ¿Por el último
terremoto que golpeó Chile o
Afganistán? ¿Por los ciclos
solares o por la crisis financiera en
Estados Unidos y Japón? Los opositores
al gobierno que integra el mismo Huidobro
dirán que todo se debe a la mano
blanda de la izquierda en el poder.
Pero podemos ampliar aun más
la pregunta: ¿realmente estamos
viviendo una situación excepcional?
Quizás Uruguay se consideraría
un oasis de paz si por un día
tuviese dentro de sus fronteras los
problemas que tiene México, por
ejemplo. No obstante, la violencia civil
en Uruguay, Brasil, Estados Unidos o
España tiene muchas variaciones
pero en el fondo es algo natural, consustancial
de cualquier sociedad y particularmente
lógico y consecuente con nuestras
sociedades del último capitalismo.
Desde antes de la Segunda Guerra, en
Estados Unidos la violencia social que
produce el capitalismo se contrarresta
con el minucioso trabajo de las iglesias
y, sobre todo, con agresivos programas
socialistas que llevan otros nombres,
de la misma forma que en los países
socialistas la violencia política
se neutraliza con el comercio capitalista.
La delincuencia ilegal puede crecer
o decrecer periódicamente, no
por una fatalidad del destino sino porque
una sociedad aplica alguno de los dos
métodos conocidos desde el Renacimiento:
(1) aumenta la represión del
Estado o (2) disminuye su violencia
estructural, es decir, económica,
social, racial, domestica, ideológica,
religiosa y moral. La violencia moral
es normalmente contenida por la represión
ideológica o por la contención
de la religión y del espectáculo
mediático. Es violencia ideológica
cuando el senador José Mujica
elogia a un universitario por no parecer
universitario, lo cual tiene muchas
lecturas y entre ellas está el
desprecio por los meritos intelectuales.
Este tipo de violencia es aún
menor y menos tradicional que la asumida
por la vieja oligarquía que,
además de vivir del sudor de
los trabajadores (por algo "trabajador"
ha sido siempre un meritorio eufemismo
de "pobre") se encargó
de organizar con sutileza su humillación
que frecuentemente incluía ideoléxicos
como "vago", "vulgar"
o "naco".
El senador Huidobro agregó:
"la delincuencia de hoy no tiene
códigos, no cuentan con una ética".
Se asume que la delincuencia de ayer
sí tenía códigos
y ética. De hecho todo grupo,
incluido los criminales, se organiza
según unos códigos y una
ética. Pero asumimos que no son
estos tipos de códigos y éticas
los que una sociedad está dispuesta
a promover; ni siquiera los mismos delincuentes,
que perderían competitividad
y clientes en una sociedad sin trabajadores
honestos. Según el senador Fernández
Huidobro, "el colmo es que ni los
presos pueden hoy vivir en paz porque
nos han copado hasta las mismísimas
cárceles". Lo cual no es
absurdo sino parte de la misma lógica:
muchos de los que están presos
son delincuentes. Es como observar que
los niños están copando
las guarderías y los kindergartens
y no paran de provocar problemas con
sus llantos y gritos.
Huidobro no mejora su posición
dialéctica cuando insiste en
que "la delincuencia de hoy pertenece
a una civilización desconocida,
nueva, que se autoexcluye y que no es
la nuestra, la que siempre conocimos".
Más tarde, según el diario
La Republica de Montevideo, el mismo
senador confiesa "no saber en qué
momento comenzó a generarse este
grado de violencia en la sociedad, esta
'nueva civilización', aunque
'el fenómeno de las llamadas
barras bravas es un invento relativamente
nuevo'" (21-11-208). Todo lo cual
es un problema menor de diagnostico
(no hay ninguna civilización
nueva) y de percepción, ya que
si hay algo antiguo en el mundo son
las turbas y las organizaciones criminales.
Lo que debería preocuparnos
es que en lugar de progresar como sociedades
seguimos estancados. No hay nada nuevo:
tenemos la misma enfermedad que hace
un siglo pero agravada por la cultura
y las condiciones materiales del siglo
XXI.
Una juventud donde mandan los
viejos
Cuando en el siglo XIX en América
latina se discutía quiénes
tenían derecho al voto, la mayoría
de los políticos e intelectuales
de la época estaban de acuerdo
que el derecho debía ser reservado
a quienes tenían propiedades.
Algunos, incluso, fijaron el monto de
la riqueza de cada persona para mantener
este novedoso derecho. El argumento
radicaba en que quien era propietario
era más responsable que quien
no lo era. Lógico: alguien tiende
a ser responsable cuando cuida sus propios
intereses. Pero estos intereses implicaban
una injusticia en la privación
de un derecho civil de aquellos que
no tenían ni siquiera el beneficio
de la estabilidad económica.
Es decir, la violencia económica
se reproducía a sí misma
a través de la violencia ideológica
y moral.
El fenómeno de la violencia
civil es una consecuencia lógica,
no una contradicción, de cualquier
sociedad consumista. Más en los
países pobres. Aparentemente
los linchamientos como en Mozambique
o los más recientes de Bolivia
tienen un efecto de corto plazo en la
contención de la delincuencia
y un efecto de largo plazo en la creación
de sociedades aterrorizadas y reprimidas,
sin contar con la injusticia que estos
juicios irracionales suelen traer. Es
difícil que una sociedad madura,
o que pretende madurar más allá
de un estado cavernícola pueda
proponer métodos tan precarios
que pudieron funcionar a la escala de
una tribu pero resultaría el
Apocalipsis si se la instaurase a la
escala de sociedades numerosas y mucho
más complejas como las nuestras.
El debate sobre el uso legal de armas
nunca tendrá una conclusión
definitiva porque ambos tienen parte
de razón: si los delincuentes
atacan el resto de los individuos, éstos
tienen derecho a defenderse. Pero si
quienes se sienten amenazados comienzan
a comprar más armas pronto tendremos
(o seguiremos teniendo) sociedades que,
en el mejor de los casos, serán
sociedades asentadas en el inestable
equilibrio de las armas.
Pero la violencia legal —estatal o
privada— nunca es suficiente para contener
y mucho menos eliminar la violencia
ilegal. En casos, cuando es el único
recurso, la represión no legaliza
pero legitimiza la violencia ilegal.
A largo plazo, la forma de evitar la
violencia ilegal radica en eliminar
de forma progresiva la violencia legal.
Con violencia legal me refiero no solo
a un estado policíaco o militarizado
sino, sobre todo, a la violencia que
deriva de las propias contradicciones
de una sociedad. Entre estas contradicciones
la más clásica es la que
deriva de la misma lógica del
consumismo: la promoción del
deseo y la represión del placer,
ley que afecta con más crueldad
a los niños y adolescentes de
los países pobres.
Esta lógica del capitalismo
consumista suele agravar la violencia
cuando a una cultura enferma sumamos
una educación insuficiente. El
narcotráfico, por ejemplo, no
existiría sin el consumo de drogas;
víctima y victimario son partes
inseparables de la misma lógica
social y cultural. La seudo-solución
más común es aumentar
la represión, lo que también
produce la idea de que el sistema X
no es el culpable de lo que produce
sino imperfecto por culpa de lo que
reprime.
En mi opinión, no existe solución
a corto plazo. Menos cuando, ante un
estado de insatisfacción social,
las soluciones sobre el mejor azul consisten
en elegir entre el blanco o el negro.
El Estado poco o nada puede hacer para
cambiar una cultura pero aún
puede hacer mucho para reparar una educación
que contenga la violencia social y convierta
este desperdicio de energía física
e intelectual en proyectos creativos.
Para ello existen muchas otras instituciones
subalternas, como el deporte, el arte,
las ciencias y el comercio. El paso
más inmediato consiste en una
prioritaria inversión en programas
de socialización de la infancia
y la adolescencia. Entre éstos,
los programas más importantes
consisten en priorizar la educación
física a través de una
mayor variedad de deportes y de espacios
para la cultura artística y científica.
A estas viejas intenciones, nunca materializadas
seriamente, se debe agregar una política
radical: la organización debe
estar basada en la gestión asistida
de los mismos niños y adolescentes.
Es decir, se debe implicar en la toma
de responsabilidades y en el goce de
sus frutos a uno de los sectores sociales
más marginados por un prejuicio
etario, en lugar de presentar al Estado
como un gendarme con el cual se debe
cumplir sin recibir nada inmediato a
cambio. En otras palabras, bajar la
minoridad en la gerencia de la sociedad.
Dejen de tratar a los niños
como si fuesen ángeles o demonios.
Devuelvan más poder social y
doméstico a los adolescentes
y tendremos sociedades más maduras.