Aceptemos la razón de que la
literatura es emoción. Pero ¿qué
valor la diferenciaría de un
sueño cualquiera? ¿Por
qué los libros de filosofía
deben pensar y las novelas deben sentir?
¿No es este fenómeno otra
dislocación, otra alineación
típica de la Era Moderna que
separó ética de estética,
política de religión,
arte de ciencia, hechos de ficción,
verdad de imaginación, individuo
de sociedad, hombre de naturaleza?
Aceptemos la razón de que la
literatura es la expresión subjetiva
del individuo contra la objetividad
de la razón. Pero si fuese solo
eso ¿qué valor la diferenciaría
de la guía telefónica?
También la guía telefónica
de nuestro pueblo está llena
de personajes, unos reales, otros ficticios,
unos amados y otros insoportables, calles,
nombres y números que representan
muchas emociones para cada uno de nosotros.
Sin embargo no nos referimos a la guía
telefónica cuando hablamos de
literatura.
Claro, alguien dirá que la concepción
que estamos a punto de proponer considera
a la literatura como algo por lo menos
sagrado, un castillo en las nubes desde
el cual se puede ver la realidad, una
trinchera política donde se puede
sufrirla. Y sí. Si este fuese
un ensayo teológico comenzaría
diciendo que la literatura es el medio
que los dioses más importantes
han elegido como medio de expresión
a lo largo de la historia. Para liberar
y para oprimir. En el siglo XX hubo
muchos intentos de usar la televisión
para el mismo propósito pero
con tan pobres resultados que tarde
o temprano terminaban recurriendo a
la palabra, a la literatura. A mala
literatura, pero a literatura al fin.
Sin embargo no se trata de un ensayo
teológico sino apenas un bosquejo
sobre el valor de la literatura más
allá de las distintas etapas
de la historia y, sobre todo, más
allá de los distintos usos y
los mismos lugares que el mercado le
ha asignado (ahora, muy sugestivamente
se dice "nichos"; no capillas,
ni bastiones, ni estante, ni vitrina,
ni puestos de feria sino "nichos").
Así como a los pueblos colonizados
se les ha dado desde siempre la libertad
de hacer lo que quieran dentro de unos
limites específicos, es decir,
se le ha dado libertades de guetos,
de quilombos y de reservas, también
ha habido una cruzada contra la literatura
que cae mas allá de los limites
del gueto ideológico del mercado,
del consumismo y de la diversión,
todos ejercicios de consolación,
de domesticación y de obediencia
social, no pocas veces en nombre de
la rebeldía y la liberación.
Porque si hay un recurso efectivo para
la mansedumbre y la neutralización
del oprimido es hacerle creer que es
un rebelde. Un rebelde de gueto. Y de
ahí la literatura de la complacencia.
Toda ficción, por fantástica
que sea o pretenda ser, forma parte
del mundo real, desde el momento en
que, en lo más profundo, habla
más de la realidad general del
presente y la historia que de la fantasía
particular de su autor. ¿De qué
hablan inocentes fantasías llamadas
Tarzán de los monos o King Kong
sino de los valores racistas e imperialistas
del mundo anglosajón de principios
del siglo XX? Estas ficciones reproducen
y confirman una realidad negándola
con la máscara de la supuesta
libertad creadora de su autor y, sobre
todo, de la inocencia de la diversión.
Por ello son etiquetadas como "historias
fantásticas". Otras ficciones,
por el contrario, tienen la voluntad
de mirar esa realidad a través
de la no menos realista perspectiva
de la ficción. ¿Qué
son La metamorfosis de Kafka o Modern
Times de Chaplin —una a través
de la angustia y la otra a través
del humor— sino dos agudísimas
miradas sobre sus propios tiempos?
También así el periodismo
de las grandes casas más tiene
de ficción que narra la voz del
poder internacional que de objetividad
de una realidad concreta e independiente
de ese poder. Y así como también
hay un espacio —siempre minoritario,
a veces microscópico— para el
periodismo de denuncia y la crítica
radical, también ha de haber
un lugar para una literatura que no
se conforme con la complacencia y la
diversión.
Pero nuestra cultura del consumismo
ha hecho de "la plena satisfacción
del consumidor por un buen producto"
un valor moral, ya sea cuando se trata
de elegir presidentes, literatura, guerras
lejanas, dietas, informativos, religiones
o destapadores de botellas. Por si fuera
poco, parte del consumo incluye la idea
de la plena libertad del consumidor.
Cuando el consumidor no queda complacido,
tiene el derecho de cambiar de canal
o de devolver el producto —excepto si
son presidentes— y exigir el retorno
del dinero.
Una vez alguien escribió un
artículo exaltando la superioridad
del sistema socialista sobre el capitalista
en la producción industrial.
Ernesto Che Guevara le contestó
que los argumentos carecían de
fundamento objetivo, que el propósito
del Hombre Nuevo no consistía
en competir en esa área de la
pura producción de bienes materiales
y que, sobre todo, no había que
confundir deseo con realidad. Podemos
observar que esta idea —hay un mundo
real y otro ficticio— es cierta para
los débiles. Cuando los débiles
confunden deseo con realidad son derrotados.
Cuando los fuertes confunden deseo con
realidad la realidad es derrotada. De
igual forma, la idea de que la historia
es una narración basada en hechos
y la ficción carece de ese fundamento,
se comete una doble imprecisión.
Primero, porque gran parte de la historia
se basa en ficciones que proceden del
poder; tanto la realidad como las percepciones
sobre la realidad en gran medida son
sus propias creaciones. Segundo, porque
toda ficción basa su fenómeno
en una realidad concreta, sea una realidad
económica o una realidad virtual
creada por el poder que deriva de esa
economía o —en una visión
no marxista, si se quiere—, una realidad
creada por una tradición espiritual
establecida en un momento critico de
la historia, como puede serlo un libro
sagrado, una constitución mítica
como la de Estados Unidos o una variada
plétora de mitos fundadores.
La literatura no escapa a nada de eso.
Es ficción que forma parte de
una realidad y, quiera o no, la expresa
y la modifica. ¿Qué es
El Quijote sino una parodia de una tradición
literaria moribunda —la literatura de
caballería— que expresa mejor
que cualquier libro de historia la realidad
de su época? Y como los seres
humanos cambiamos, pensamos diferente,
vemos el mundo de diversas formas y
aun así somos los mismos seres
humanos, más allá de las
culturas y de los periodos de la historia,
resulta casi inevitable que una obra
como El Quijote, que haya ido tan lejos
en la expresión de la razón
y la locura humana, hable también
de hombres y mujeres que no vivieron
en su tiempo. Sí, El Quijote,
a diferencia de otras novelas que han
resistido la erosión de la historia,
fue un éxito de ventas. Pero
a diferencia de muchos otros éxitos
de ventas de la época solo El
Quijote es El Quijote. Porque hay algo
más que pura diversión.
Algo más. Ese algo más
no puede ser formulado en las oficinas
de marketing; ni siquiera es agotado
por los mejores críticos. Y la
historia paga ese algo más rescatando
de vez en cuando una obra, más
tarde o más temprano, del olvido.
De acuerdo, tampoco tenemos derecho
nosotros a levantar a un obrero deslomado
de un sillón confortable para
decirle que esa película de acción,
esa revista de Caras, esa novela con
su happy ending, son instrumentos ideológicos,
analgésicos que lo ayudan a olvidar
su propia realidad, en lugar de exigirle
recordar quién es y dónde
está. No, dejen a ese pobre hombre,
a esa pobre mujer que descanse. Pero
no que descase en paz.
Un derecho similar tienen aquellos
que reaccionan contra el prostíbulo
que estratégicamente se llama
"válvula de escape".
¿Por qué los escritores
deberían ser meros consoladores,
renunciando al más noble compromiso
de incomodar con interrogantes radicales?
¿Es divertida la televisión
que consume el pueblo? Aparentemente
sí, de otra forma programas tan
vacíos sobre la farándula
no tendrían tanta audiencia.
Esta excitación es el mayor anestésico
colectivo. Como un músculo que
se lo golpea varias veces para insensibilizarlo
antes de vacunar la carne. ¿Qué
ese gusto no es un producto biológico
sino un gusto creado por la industria
de la diversión? Sí. ¿Que
ese producto inocente es lo menos inocente
que existe en el mundo, como una dulce
droga cuyos efectos son ocultos por
la misma droga? También.
Al menos que por algún camino
y en algún momento se haya perdido
la inocencia. Entonces ya no basta el
bombardeo de símbolos a los que
diariamente es expuesta una población
entera para volver a la época
de la inocencia. Y es en esta ruptura,
en esa perdida de la inocencia que la
crítica radical tiene un rol
decisivo.
Jorge Majfud, PhD
http://majfud.info
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