Casi un año atrás el gobierno
norteamericano había enviado jugosos
cheques a cada uno de sus consumidores
para que los invirtieran en consumir,
pero a alguno se le ocurrió la
mala idea de ahorrarlo o prefirió
pagar alguna que otra deuda. Hasta los
programas de la farándula —que
son los principales programas de educación
popular—, como El Gordo y la Flaca
de Miami parecen haber hecho causa heroica
sobre la obligación de consumir
para impulsar el desarrollo, por lo cual
irse de shopping pasa a ser un valiente
acto de altruismo. Una vez más
los pobres y hambrientos del mundo tienen
más motivos para agradecer a los
ricos despilfarrantes.
Hace unos cuatro años le dije
a un amigo brasileño que defendía
la costumbre de la gente en Estados
Unidos de comprar y tirar sin necesidad,
que un progreso que se base en este
consumo desorbitado no me convencía
en su lógica interna. Mi amigo
me replicó que si no fuera por
todo lo que se tira y desperdicia en
Estados Unidos no habría tantas
industrias en África y en América
latina ni países socialistas
como Venezuela venderían tanto
petróleo a precios tan altos.
Hasta cierto punto tenía razón,
pero visto en su globalidad afirmar que
cada vez que uno tira a la basura media
pizza, un televisor o una silla fuera
de moda, en realidad le está haciendo
un favor a un pobre en alguna parte del
mundo es una lógica que falla por
algún lado. Hasta cierto punto
es comprensible que si los yanquis no
consumen la basura que produce China,
los otros países productores de
materias primas, países en vías
de consumo, pierden más mercados,
empezando por el mercado del petróleo.
Pero como entre los drogadictos, las inyecciones
de dinero dulce se han repetido con menor
efecto cada vez. A largo plazo, basar
el progreso en el mero consumo sigue siendo
un absurdo que tendrá que cambiar
algún día. Un absurdo del
que todos formamos parte de una forma
o de otra.
Ahora, ¿cómo es posible
mantener viva esta superstición
por tanto tiempo?
Miénteme muy lentamente
Pese a todo, la narrativa macroeconómica
ha sido, increíblemente sincera:
el objetivo de los consumidores —antes
ciudadanos, gente, personas— es consumir.
O las crisis vuelven sinceros a sus
actores o el trabajo sucio lo sigue
haciendo la narratura social. Veamos.
Un comercial de Best Buy muestra
a una joven empleada hablando en spanglish.
La joven narra cómo recientemente
atendió a dos niños que
querían hacerle un regalo a su
madre y sólo tenían unas
cuantas monedas. Ella los ayudó
a conseguir un modesto disco de música
para que los niños tuviesen algo
qué regalar. Al final, la joven
concluye con una moraleja al estilo
de los Exemplos del Conde Lucanor
en el siglo XIV: “no importa el
valor del regalo sino que éste
sea hecho con el corazón”.
En otro comercial casi simultáneo,
Wal*Mart aconseja a los consumidores
que ahorren dinero en tiempos de crisis
económica. Claro, para ahorrar,
deben ir a consumir a Wal*Mart.
El primer sentido y objetivo de la empresa
y del comercial —los beneficios económicos
producidos por la venta, grande o modesta—
es oculto detrás de una narración
que apela a la emoción y a un
discurso tradicional y políticamente
correcto. El explícito “no importa
el valor monetario sino el valor emocional”
sustituye el verdadero sentido de la
narración, que es el contrario
implícito: “no nos importa
el amor sino que los niños compraron,
consumieron, y detrás de ellos
y en su propio futuro está la
continuidad de estas ganancias”.
Ahora, si la lógica del beneficio
no es mala ni para un socialista que
vive en un mundo capitalista, ¿por
qué ocultarla?
Quizás porque uno sólo
puede tener una fe ciega en aquello
que no se ve. La narración de
la ideología hegemónica
hace invisible su objetivo central presentando
una visualización contraria de
esa narración, es decir, creando
la máscara de la historia real.
De la misma forma, el mundo secular
del capitalismo se enmascara con la
narración religiosa que predomina
en sociedades como Estados Unidos.
La narratura social —narrativa
que sutura las contradicciones sociales—
disocia la realidad del discurso poniendo
el discurso por encima de una determinada
realidad que cubre como un manto. Se
confía que el público
no atenderá a esa realidad sino
al discurso. El discurso, al ser políticamente
correcto y repetitivo, es ingerido como
ideoléxico, como el espacio moral
que es compartido por diferentes grupos
sociales, políticos, religiosos,
raciales, generacionales, and so on.
Hace unos años en Estados Unidos
existían eslóganes de
clínicas privadas que rezaban
“Your health is our passion
(Su salud es nuestra pasión)”.
Tal vez porque este slogan no era del
todo verosímil, para re-suturar
esta contradicción, los comerciales
comenzaron a incluir cápsulas
dialécticas de este tipo: “your
health is our business, but it is also
our passion” (Su salud es nuestro
negocio, pero también es nuestra
pasión)”. Mientras tanto, para
que una persona logre obtener un seguro
de salud primero debe demostrar que
no está enfermo. Es lógico,
desde la perspectiva del mercado: si
las compañías aseguradoras
asegurasen enfermos perderían
dinero. Y cuál es el objetivo
de una compañía que vende
derechos de salud? La salud? Sí,
la salud de la compañía.
La aseguradora se asegura que el asegurado
no necesita un seguro antes de vendérselo.
Si una compañía de seguros
de salud sospecha que el aplicante puede
enfermarse seriamente en los próximos
años, le denegará la aplicación.
Está en su derecho de proteger
sus beneficios. Si de todas formas usted
quiere comprar un plan de salud deberá
ir a una clínica y gastarse sus
ahorros para que un médico le
asegure a la aseguradora que usted está
perfectamente sano. Si logra hacerlo,
tendrá un servicio de primera:
la mejor medicina con la mejor tecnología;
y si es hospitalizado tendrá
el mejor menú en las salas más
amplias y más confortables del
mundo. Porque eso es buen servicio.
Si no puede, mejor declárese
indigente, porque el Estado tiene buenos
programas en estos casos. Pero recuerde,
usted debe ser gente o indigente, ese
es el negocio.
“No importa el dinero sino comprar con
el corazón”; “Su salud es nuestro
negocio, pero también es nuestra
pasión”. La verdad y la mentira
llegaron a un acuerdo: iban a caminar
juntas pero cada una seguiría
disfrazada de la otra, para que el trabajo
de distinguirlas sea aún más
dificultoso. Ambas también acordaron
hablar un idioma común y el uso
de la narratura social como género
literario predominante de cada nueva
cultura hegemónica. Así,
iban a buscar cada día nuevas
estrategias para negar lo que se dice
y decir lo que se niega y, al mismo
tiempo, lograr que quienes deban sufrir
la violencia de una determinada realidad
sean ellos mismos quienes repitan la
narratura que la provoca y la sostiene.
Violencia dulce, pero dulce al fin.
Y cuando alguien se atreva a dudar de
cuál es cual, si quien habla
es la verdad o la mentira, será
crucificado o exiliado por la misma
turba en nombre de la coherencia práctica
y de la paz mundial.
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