Una vez alguien me dijo que yo no podía
hablar de religión porque no era
un hombre religioso. Me quedé pensando
un instante, porque en algo tenía
razón: yo soy un espíritu
religioso, pero no soy un hombre religioso
porque mi mente desconoce la seguridad.
Obviamente, se equivocaba en lo demás.
"Señor —quise contestar, no
sin timidez—, si los sacerdotes católicos
desde siempre han dado consejos matrimoniales
y ahora hasta dan clase de conducta sexual,
¿por qué no podría
un ateo enseñar teología?"
* * *
Sófocles y Esquilo compitieron
por el aplauso del pueblo griego. Shakespeare
escribía para el teatro, no para
la eternidad de la letra impresa. A
diferencia de los grandes escritores
del siglo XX, al inglés lo preocupaba,
especialmente, el juicio y la aceptación
del público de esa noche. Como
cualquier libretista de Hollywood o
de televisión. Porque hubieron
tiempos en que la profundidad y la inteligencia
tuvieron rating.
* * *
Los libros de autoayuda son los amuletos
de nuestro tiempo. En ellos descansa
toda la superstición de las creaturas
temerosas. Sin la ayuda del miedo y
la superstición moderna, estos
libros no serían best-sellers
y mucho menos serían considerados
profundos o necesarios. Podemos contar
algunas muestras de esta profundidad:
"Abrace a su mujer cuatro veces
por día" (John Gray); "Elógiate
tanto como puedas", "La crítica
es un acto inútil", "Mírate
con frecuencia al espejo y dí:
te quiero", "Haz lo que te
gusta hacer", "Tus pensamientos
pueden ayudarte a conseguir el trabajo
perfecto" (Louise L. Hay); "Control
significa ser el amo de su propio destino",
"Todos podemos hacer algo",
"Haga reír a otra persona
hoy y mañana, todos los días",
"Nadie puede engañarle sin
su consentimiento", "Recuerde
que no puede fracasar en la tarea de
ser usted mismo" (Wayne W. Dyer).
—La creatura insegura busca en los libros
de autoayuda que le digan lo que ya
sabe; pero necesita que una autoridad
(sacerdotes del éxito solitario)
se lo repita, porque ya no se cree a
sí misma. No puede creerse a
sí misma porque está habituada
a creer y aceptar la orden y el consejo
de los medios de difusión. Su
libertad es virtual o ilusoria, porque
para ser libre es necesario, por lo
menos, comenzar por creerse a sí
mismo.
* * *
No es por casualidad que la mayoría
de los jugadores de basquetbol sean
hombres altos, ni que la mayoría
de los travestis sean homosexuales.
Tampoco es casualidad de que la mayor
parte de aquellos que ostentan el poder
sea gente ambiciosa. Es decir, no es
casualidad que el mundo esté
gobernado por gente que no debería
gobernarlo.
* * *
La antigüedad de una cosa se puede
medir por la presencia de Carbono-14;
cuanto más cantidad de este elemento,
más antiguo es el objeto en cuestión.
La antigüedad de una determinada
etapa de la Era Moderna se puede medir
según la cantidad de ciencia
y tecnología involucrada en la
misma: cuanto más reciente es
el año que consideramos, más
fuerte es la presencia de la ciencia
y la tecnología en la vida de
las creaturas.
Así también el año
de una ciudad se puede deducir según
su violencia: cuanto más moderna
y evolucionada es una ciudad, más
cantidad de violencia sufre. Junto con
el decrecimiento del Carbono-14 y el
desarrollo de la inteligencia material,
ha aumentado la inseguridad de cada
creatura. Y si es cierto de que en un
pequeño pueblo existe la misma
proporción de criminales que
en una gran ciudad, también es
cierto que los habitantes de un pequeño
pueblo no temen por su vida como temían
los neandertales en el paleolítico
y como ahora temen, en nuestro mundo
civilizado, los evolucionados habitantes
de las grandes ciudades, como San Pablo,
Johannesburgo o Los Ángeles.
—La soledad y el desconocimiento mutuo
de las grandes ciudades lleva a la pérdida
de la conciencia de grupo. Cualquiera
puede ver que la violencia de las ciudades
suele estar en directa proporción
a su tamaño; pero el miedo y
la inseguridad lo están en proporción
cuadrática. Es decir, a medida
que las creaturas se amontonan se vuelven
seres aislados; a medida que aumenta
el tamaño de la civilización
aumenta el tamaño de la conducta
salvaje.
* * *
Desde hace doscientos años,
donde más se ha lucido la inteligencia
de la creatura ha sido en el ejercicio
de las ciencias y la tecnología.
Con ellas, multiplicó las posibilidades
de dos antiguas potencias características
de su naturaleza: la destrucción
y la conservación. Para la destrucción
inventó y organizó imponentes
mecanismos de muerte; para la conservación
de la vida perfeccionó la medicina
y diversos sistemas de salud. Pero,
lamentablemente, ésta no es una
relación equilibrada en sus posibilidades.
Lo que construya la medicina en diez
años puede ser borrada con un
solo golpe bélico. Se puede acabar
con una peste después de un enorme
esfuerzo mundial, pero ningún
holocausto puede ser remediado con alguna
ciencia o tecnología. Es decir
que la inteligencia hace a la creatura
cada siglo, cada día, más
peligrosa para su propia existencia.
Por ello, cada día es más
urgente la afirmación de una
conciencia ética, y una forma
de medirla es a través de la
renuncia del individuo o de un grupo
en beneficio del resto de la humanidad.
—Durante un millón de años
las creaturas expresaron su violencia
con palos y piedras. No podemos borrar
de nuestro ánimo mileños
de violencia; pero como nuestra inteligencia
es cada vez más poderosa (y eso
significa peligro), así nuestra
cultura, nuestra historia exterior,
debe estar a la misma altura. Sabemos
que un dictador o un soldado que maneja
un arma de destrucción masiva
se asemeja a un dios paleolítico,
y que por eso reclamar una mejor conciencia
parece del todo utópico. Pero
nunca podemos renunciar a un reclamo
semejante.
* * *
Todos los pueblos deberían,
de vez en cuando, volver a escribir
los diez mandamientos para observar
mejor nuestros cambios. Como nuestro
tiempo ya no es el de Moisés,
no podemos esperar la dictadura un nuevo
líder. Ahora solo hay una forma
democrática o vulgar: una encuesta
colectiva de las opiniones individuales.
Vaya entonces de paso mi propia clasificación:
I
1— No matarás, bajo ninguna
razón, porque siempre hay una
razón para matar.
2— No codiciarás la pareja de
tu prójimo. Esa es una buena
razón para obviar el primer mandamiento.
3— No dirás falso testimonio
contra tu prójimo, porque la
justicia es ciega.
4— No robarás. Si lo haces por
necesidad, procura no tener necesidades
creadas por ti mismo.
5— Ayudarás a tu prójimo
a sobrevivir y a cumplir con el resto
de los mandamientos.
II
6— Serás tolerante; porque cuando
te vuelves imbécil nunca lo sabes.
7— No te creerás dueño
de la Verdad. Si la Verdad existiera
no tendría un dueño tan
pobre.
8— No te considerarás mejor que
el resto. Solo así podrás
considerar que no eres de los peores.
9— Buscarás la verdad tanto en
la tierra como en el cielo, porque ese
es tu destino y tu condena eterna.
10— Buscarás a Dios, porque tal
vez no hay Mandamiento que valga mucho
sin Él.
El orden de las tablas se encuentra,
o suele encontrarse, invertido. En el
Decálogo bíblico, la primera
tabla se refiere a lo metafísico
(II), mientras la segunda repite antiguos
principios morales (I). Como si fuese
una paradoja tipográfica, veamos
que la escritura hebrea se desarrollaba
de derecha a izquierda, por lo que la
piedra de la segunda tabla había
sido ubicada al principio de nuestra
lectura Occidental, mientras que la
primera estaba al final. Es como si
Occidente hubiese entendido el orden
de escritura hebrea así como
los rusos copiaron el alfabeto romano
de un papel mojado.