En inglés, el pecado de la soberbia
es definido con la misma palabra que
en español significa orgullo
y dignidad: pride. Esto último
no es un simple problema de contacto
entre dos lenguas. Una de las virtudes
entre los religiosos de habla española
consistió siempre en definirse
a sí mismo como “ser vil e indigno”.
Como Sor Juana, “la peor de todas”.
En Alemania primero y en el mundo anglosajón
después, gracias a Lutero, no
quedaron dudas sobre las virtudes de
la teología de la humillación,
la cual liberaba al individuo de la
tiranía eclesiástica del
antiguo orden para someterlo a las nuevas
tiranías del naciente capitalismo.
¿Por qué este terror
cósmico al pecado del orgullo
o de la soberbia?
Probablemente Martin Luther King, el
pastor rebelde, fue el inventor de una
metáfora a todas luces inquietante,
adolescente del pecado capital: sólo
se puede saltar sobre los hombros de
un hombre agachado. Quizás debió
relativizar su metáfora agregando
el siempre inevitable “casi”. Casi nadie
puede subir, saltar, humillar, explotar
a un hombre o a una mujer o a un pueblo
sin su colaboración. Y esta colaboración,
esta moral del esclavo, históricamente
se ha construido siglo sobre siglo con
paciente práctica y persistente
narración. Mientras se siga cumpliendo
el precepto de que la moral dominante
de una sociedad es la moral de las clases
y de las naciones dominantes siempre
habrá opresores y oprimidos;
nunca una sociedad, nunca un mundo libre.
La misma narración que descalifica
esta visión como pasada de moda
es parte de la misma narración
que pretende la anulación por
decreto de opresores y oprimidos sin
la eliminación de opresores y
oprimidos.
Esa maquinaria que cubre con un manto
de narrativa ideológica la realidad
moral y material que ella misma produce
es la misma que definió por decreto
que el orgullo, la dignidad, era el
mayor de los pecados concebibles, un
atributo del demonio, como fue definida
muchas veces la democracia y todo disentimiento.
Para el poder absoluto, autoflajelarse,
extirparse óranos, abrirse la
espalda con cadenas y clavos, castigar,
destruir y humillar sin límites
el único templo reconocido por
Jesús —el cuerpo humano— es una
admirable demostración de humildad.
Una demostración antigua y emocionante,
ya que confirma que el opresor ha entrado
en el oprimido para liberarlo del demonio.
Para liberar sometiendo. Es la virtud
ciega de la ciega sumisión a
través de la humildad autoflajelante,
de la autohumillación luterana,
como predicaron conservadores y protestantes,
apocalípticos medievales y posmodernos
televangelistas. Entonces la tradición,
la maquina social de narrar celebra
y difunde la emoción del autocastigo,
de la neutralización, de la obediencia,
porque es un sacrificio que consolida
el orden heredado, confirma la autoridad
dominante y, sobre todo, ejemplifica.
La búsqueda de la humildad a
través de la autohumillación
es tan poderosa que aún la pedofilia
de un sacerdote puede ser perdonada,
porque en la vergüenza social está
el más poderoso aniquilador de
cualquier orgullo personal. Y el orgullo
personal es, como hemos visto, el peor
de los pecados, incluso peor que la
opresión física y la destrucción
moral del prójimo.
A este punto no sólo llegamos
por el camino de la dialéctica.
Si miramos los resultados prácticos,
veremos que muchos teólogos de
la liberación han sido excomulgados
por soberbia y ningún sacerdote
pedófilo ha sido expulsado con
la misma urgencia. En Estados Unidos,
por ejemplo, la iglesia católica
todavía paga millonarias indulgencias,
como en el siglo XV, por el silencio
de los abogados y de la prensa. En America
Latina ni siquiera es necesario el uso
del vil metal. Basta con la amistad,
como lo demuestra el confesor de papas
Marcial Maciel Degollado. (Ratzinger:
“no se podía procesar a un amigo
tan cercano y confesor del Papa, como
Maciel”. El País de Madrid, 5
de abril de 2009). Todo sin importar
que la mayoría honesta de los
sacerdotes que integran la misma institución
puedan ser salpicados injustamente con
la sospecha.
Entonces, entre los siete pecados capitales
sólo uno, la soberbia, puede
llegar a romper con la cadena de obediencia
religiosa, política e ideológica.
Sólo la soberbia puede llagara
a cuestionar al poder. Razón
de más para extirparla desde
la raíz identificándola,
desde la infancia, con la aterradora
posibilidad de ser uno servidor del
demonio.
Así, cualquier individuo que
usara su propia razón crítica
era —y es, ahora de forma subliminal—
soberbio, un agente del demonio. Soberbio
son quienes declararon los derechos
del hombre, soberbias son las mujeres
que reclamaron los derechos de las mujeres,
soberbios son los negros que se cansaron
de ser inferiores por su color y sus
costumbres, soberbios son los trabajadores
que reclamaron los derechos de su clase,
soberbio hemos sido todos los que no
creemos a priori cada cuento sin preguntar
de dónde viene, a quién
sirve, cómo se prueba y por qué
debo aceptarlo. Soberbio somos todos
aquellos que creemos en la igual-libertad
de todos los seres humanos.
La tradición cristiana predica
la imitación de Jesús,
pero el orgullo del Hijo de Dios se
condena por inconveniente. ¿O
el imperio y el establishment religioso
de la época no condenaron al
Nazareno por su peligrosa y desobediente
dignidad, por su serena soberbia ante
Pilatos, ante los jueces y ante el ejército
más poderoso del mundo? El orgullo,
la dignidad del oprimido es una amenaza
al poder y, por lo tanto, se debe crucificar
a quien porta este pecado moral, demoníaco.
La moral humanista prescribió
orgullo en la tierra y humildad en el
cielo. La institucionalidad religiosa,
sin revelar su prioridad por el poder
social, prescribe humildad en la tierra
y orgullo en el cielo. Para los primeros,
esta soberbia metafísica es un
instrumento para la moral del oprimido.
Para los segundos aquella soberbia terrenal
es un instrumento del demonio.
Jorge Majfud, PhD
http://majfud.info
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Lincoln University
School of Humanities
Department of Foreign Languages and
Literatures