Desde Uruguay me piden que responda
en veinte líneas la antigua y
nunca acabada pregunta ¿por qué
escribes? Reincidiendo en un viejo defecto,
en diez minutos excedí al límite
sugerido y me tardé casi una
hora tratando de comprimir y recortar
por aquí y por allá. Imagino
que otros medios que tantas veces me
han tolerado excesos peores, reciban
bien la respuesta original. Aquí
va, así era.
Cuando comenzó el Renacimiento
en Europa terminó en España.
Este detalle se pasa por alto por los
países que reivindican ser la
cuna del Renacimiento y por España
misma —o lo que quedó de España—
por su afán de negar grandes
méritos a la realidad anterior
a Fernando e Isabel, por querer negar
que la Reconquista no fue un simple
período de transición
a un estado de satisfacción política,
moral e ideológica sino una montonera
de siglos sobre los cuales se desarrolló
una cultura renacentista en su sentido
humanista, científico, multirracial,
multirreligioso, multicultural y progresista
de la palabra. Aunque ninguno de estos
méritos posmodernos llegaba al
ideal sin frecuentes contradicciones,
lo cierto es que luego fueron aniquilados
por los venerados Fernando e Isabel
y sus sucesores. Sus efectos sobrevivieron
hasta Franco. No pocos investigadores
entienden que España no tuvo
Renacimiento y que su continuación
de la Reconquista europea en la Conquista
americana fue, en realidad, la exportación
de un espíritu renacentista con
una mentalidad medieval. Pero no sólo
el hombre renacentista fue aventurero,
conquistador y dominador. También
lo fue el hombre medieval, tal como
lo prueban las cruzadas. La diferencia
radica en el rasgo secular y capitalista
del nuevo hombre renacentista. Con la
Reconquista castellana se liquida la
diversidad y la inquietud intelectual
de la España centrada en Córdoba,
en el hemisferio sur de la península,
y se instala una cultura medieval que
ya abandonaba el resto del continente.
Para inmortalizar tantas matanzas promovidas
por la nobleza, muchas veces como un
deporte en tiempos de aburrimiento y
llevada adelante por la milicia —los
“de a miles” que procedían de
las clases de campesinos y carniceros—,
aparecieron los biógrafos. Estos
escritores casi siempre vivían
del mecenazgo de la nobleza.
Un descendiente de judíos, como
Fernando del Pulgar, en 1486 alabó
a un noble viejo diciendo que el conde
Cifuentes “era ijodalgo, de limpia sangre”.
Es decir, sin abuelos judíos.
Antes, en 1450, Fernán Pérez
de Guzmán, había tenido
la lucidez de reconocer que ese oficio
de escribir estaba implícitamente
bajo la influencia del poder de los
reyes, razón por la cual se pasaban
por crónicas las exageraciones
adulatorias.
De cualquier forma este oficio de
contar sobre otros pronto se convirtió
en un oficio de contar sobre uno mismo.
Mucho antes de los aventureros en América
—quienes escribían sus relaciones
a modo de cartas como parte de su búsqueda
de fama y favores del rey— otros practicaron
la confesión literaria. Estos
escritores hablaban sobre ellos mismos
y sobre los demás, pero en gran
medida eran los árabes y judíos
que iban quedando, ya que la nobleza
no consideraba digno exponer su interioridad.
Tampoco era digno trabajar con las manos
o con el intelecto. Salvo las guerras
promovidas por príncipes, duques
y obispos, actividad eminentemente noble,
fuente inagotable de honores, casi ningún
otro trabajo era digno.
En tiempos de Cervantes la escritura
ya era un oficio y un negocio, como
lo demuestra Lope de Vega. Un buen oficio
y un mal negocio para muchos, como hoy.
En el siglo XX, en casi todo el mundo,
la exposición del yo, de la interioridad
del individuo se convirtió en
un requisito de la literatura, de casi
todo el arte. Como lo demuestran los
mass media, los reality shows, ahora
hay otras formas de exponer el yo individual.
Incluso cuando la norma es que el yo
ha dejado de ser individual —si alguna
vez lo fue— para ser una repetición
del mismo individualismo, una repetición
estandarizada de un mismo yo. El valor
ético y políticamente
correcto es “ser uno mismo”, como si
en eso hubiese algún merito y
alguna diferencia.
Ernesto Sábato también
exaltó el valor y la particularidad
del yo como materia prima, al mismo
tiempo que descubría que esa
particularidad de la ficción
moderna era lógica expresión
de la soledad del siglo. Ese yo decía
que escribía porque no era feliz;
Borges, porque era feliz, al menos mientras
escribía. Cortazar porque quería
jugar. Onetti porque quería leerse
a sí mismo.
Muchos otros escritores menores tenemos
razones igualmente diversas. Ante la
pregunta de por qué escribo quizás
tenga muchas formas de responderla y
ninguna definitiva. Podría decir,
por ejemplo: empecé a escribir
de niño para alegrar a mis abuelos
que vivían lejos en el campo
y no tenían televisión.
Seguí escribiendo para reproducir
la emoción que me provocó
el descubrimiento de la literatura fuera
del salón de clase. Después
porque quería escapar del mundo.
Hoy en día escribo porque sufro
y me apasiona la complejidad del mundo
que me rodea. Escribo porque quiero
batalla con este mundo que no me conforma
y escribo porque a veces quisiera refugiarme
en algo que no está aquí
y ahora, algo que está libre
de la contingencia del momento, algo
que se parece a un más allá
humano o sobrehumano. Pero todo lo que
escribo surge a partir de aquí
y ahora, de mi inconformidad con el
mundo, de una sospechosa necesidad de
olvidarme de mí mismo al tiempo
que, no sin reprochable contradicción,
no me niego a que difundan mis trabajos,
al tiempo que espero justificar mi vida
a través de algunos lectores
que han encontrado algo útil
en lo que hago. Uno siempre puede hacer
otra cosa, pero quien se siente escritor
de verdad, sea bueno o sea malo, no
puede dejar esto, esa obsesión
de luchar contra la muerte sin saberlo.
Pero si las razones personales son
suficientes para justificar lo que uno
hace, nunca son suficientes razones
para explicar por qué uno hace
lo que hace. Desde una perspectiva más
amplia, por ejemplo y retomando las
reflexiones iniciales, vemos que finalmente
no fue la nueva Edad Media española
la que venció en el siglo XIX
y en el XX sino el Renacimiento centroeuropeo,
con su ambiguo foco en el humanismo
y en el individualismo, en la nueva
libertad del antiguo villano, otrora
sumiso obediente, y la creciente tiranía
del capital. No fue el odio que Santa
Teresa profesaba a la libertad, su amor
a la obediencia ciega a la jerarquía
política y eclesiástica
la que venció entre los escritores
e intelectuales modernos, sino la herejía
utópica de Tomás Moro
y de humanistas como Erasmo de Róterdam.
Todos aquellos escritores que creemos
ejercer la libertad de pensamiento también
somos, casi completamente, productos
históricos, productos de esas
batallas políticas, ideológicas
y culturales. (También los más
ortodoxos reaccionarios que se creen
intérpretes de la palabra de
Dios lo son.) La libertad intelectual
está siempre en ese “casi”. Sabemos
que somos prisioneros de nuestro tiempo,
que nuestro tiempo es producto de una
larga y pesada historia. Pero la sola
sospecha funciona como una llave. A
veces esa llave no puede abrir ninguna
puerta, pero nos indica por donde mirar.
Y basta el ojo de una cerradura para
convertir esa “casi libertad” en una
de las más vertiginosas aventuras
humanas: la libertad de conocer, de
formularse preguntas que logren cuestionar,
si no desarticular, la gran prisión,
la que no debe ser obra de ningún
Dios bondadoso sino pura construcción
humana —a veces en su nombre.
Jorge Majfud, PhD
http://majfud.info
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