Nicolás Maquiavelo y Tomas
Moro
Podemos decir que el año 68
significó el clímax de
los sesenta y a la vez el inicio de
su caída abrupta. Pero esta aparente
derrota a corto plazo, que se extendió
por décadas, fue en realidad
un éxito más del humanismo
utópico.
Si consideramos la Edad Media y el
Renacimiento de las conquistas geográficas
y de la consolidación del cupiditas
capitalista —avaricia, ambición;
el principal atributo del demonio, según
la olvidada teología medieval—
como valor moral del "espíritu
de superación", podemos
observar que los valores exaltados en
los sesenta y en todos los movimientos
sociales y comunitarios que hicieron
y siguen hoy haciendo historia, no son
otros que la continuación de
los valores de la revolución
humanista de los inicios del mismo Renacimiento
que, lenta y casi clandestinamente,
se ha ido imponiendo a lo largo de la
historia y de las geografías
del mundo.
Creo que podemos ilustrar esta ambivalencia
histórica con dos libros clásicos:
por un lado El Príncipe (1513)
de Nicolás Maquiavelo y por el
otro Utopía (1515) de Tomás
Moro, donde la ambición por el
oro, como lo será en los posteriores
conquistadores de America y lo dejará
explicito Guaman Poma de Ayala cien
años después en sus
Cronicas, no era un signo de progreso
sino de retardo mental, de primitivismo
social. Por el otro lado, el maquiavelismo
es más lógico y necesario
en un sistema democrático-representativo
que en un sistema absolutista, como
lo era el de muchos príncipes
de la época.
Las Américas, especialmente,
fueron desde entonces campos de batalla
de estas dos formas de ver y de construir
o destruir el mundo: el pragmatismo
de la política en el poder y
la utopia de los revolucionarios; la
practica y la imaginación; el
ejercicio de la manipulación
del lenguaje para adaptarlo a la realidad
y el ejercicio del lenguaje como instrumento
de concientización para cambiar
la realidad; la creencia de que vivimos
en el mejor de los mundos posibles y
la protesta y el desafío practico
e intelectual de que otro mundo es posible,
etc.
Poco a poco esa humanidad ha ido tomando
conciencia de sus derechos a ser protagonista
de su historia y conciencia de su fuerza
real para serlo. Pero el inicio o por
lo menos la centenaria maduración
de esa conciencia que alguna vez fue
hereje, radical y subversiva fue responsabilidad
de una elite de disidentes. Aquellos
hombres de letras que comenzaron por
las humanidades y siguieron por las
ciencias, aquellos estudiosos de la
historia y críticos de la autoridad
política, moral y religiosa,
fueron el resultado también de
la convergencia de múltiples
tradiciones. Pero fueron siempre minorías
por fuera del poder de los césares
de turno, quienes en principio persiguieron
y condenaron a los disidentes y en ultima
instancia se apoderaron de sus discursos
para legitimarse ante una realidad que
los invadía como una marea. Y
así, por ejemplo, destruyeron
el humanismo, la utopia del fraternalismo
universal del primer cristianismo y
siguieron persiguiendo o tratando de
integrar a sus filas a los peligrosos
disidentes que veían en cada
ser humano y en toda la diversidad de
las culturas, de las disciplinas y de
la historia, al mismo ser humano pugnando
por su derecho natural de igual-libertad.
El siglo XX significó un violento
choque entre ambas corrientes, el maquiavelismo
y el cesarismo por un lado y la rebelión
de la utopia por el otro. Solo que no
siempre estaba claro ni coincidían
las retóricas y las declaraciones
de intención con la practica,
y así más de una utopía
se convirtió en cruda realidad
de los cesares y los fariseos de turno.
Pero la experiencia humanista que reclamó
con los hechos el valor de la igual-libertad
continuó adelante, tropezando,
cayendo como un Cristo en su via crucis.
Detrás del simbólico,
real y maldecido 1968 había al
menos siete siglos de reflexión
y de sangrientas luchas. Su abrupta
caída revela que fue víctima
de una poderosa fuerza conservadora.
Su lenta e inexorable persistencia revela
que no fue simplemente una moda sino
una estación más de un
largo viaje que ya lleva siglos.
Valores e intereses
Ahora, basado en estas observaciones
nos queda una reflexión, que
menos que teoría es una hipótesis.
Hoy en día ni el más radical
antimarxista —digamos un investigador,
que no sea un político o un predicador—
podría negar la fuerte conexión
que existe entre la economía,
los procesos de producción —y
de consumo— con las morales en curso.
Por ejemplo, siglos antes de la abolición
de la esclavitud en América ya
existía la crítica radical
de humanistas seculares, ateos y religiosos
que rechazaban esta práctica
y su correspondiente justificación
moral. Pero no fue hasta que la Revolución
industrial hizo innecesario y hasta
inconveniente la existencia de esclavos
en lugar de obreros asalariados que
se impuso la moral antiesclavista. Lo
mismo podemos observar de la educación
universal y de los derechos de la mujer.
Cada vez que un político y alguno
de sus religiosos seguidores repiten
que lo que importa en política
son "los valores", los valores
del político y los valores morales
del partido, lo que hacen es confirmar
lo contrario. Estos valores son los
valores de Maquiavelo, sentimientos
morales estratégicamente establecidos
por una práctica de dominación
a veces imperial, a veces solo domestica.
La expresión de "un hombre
de valores conservadores" hasta
no hace mucho conmovía hasta
las lágrimas a la mayoría
de la población norteamericana.
Tanto que nadie podía contestar
a esa fanática convicción
"del centro", que en la práctica
significaba mandar ejércitos
a invadir países para mantener
"nuestro estilo de vida" imponiéndole
a los bárbaros de la periferia,
por las malas cuando no por las buenas,
"nuestro humanismo democrático".
Sin embargo, por otro lado, si vemos
desde el punto de vista histórico,
podemos destilar un factor común.
Hay valores que sobreviven a los imperios,
que se sobreponen y sobrepasan cualquier
sistema económico, político
y militar. Son valores de liberación
pero también son valores de opresión.
Es decir, esos valores no dependen de
la circunstancia y de los intereses
del momento. Con el tiempo el mismo
poder hegemónico debe manipularlos
ante su propia incapacidad de contradecirlos.
Es decir, el lobo debe vestirse de cordero
ya que no puede convencer a los corderos
de que es bueno. La expresión
del poder es en última instancia
siempre directa —una invasión,
por ejemplo— pero en estado normal siempre
recurre a la legitimación moral.
El poder siempre se oculta, el poder
siempre se viste de lo que no es y esa
es su principal estrategia de perpetración.
Podemos decir, entonces, que los valores
morales están fuertemente condicionados
por un sistema de producción
y al mismo tiempo sirven para justificarlos
y reproducirlos. Pero al mismo tiempo
no, pueden trascenderlo. El mismo sistema
capitalista ha pasado por diversas etapas,
como la era industrial y la postindustrial,
la era de consumo, la era digital, etc.
y, sin embargo, los valores que llamamos
humanistas continúan su marcha
inexorable. Con frecuentes rebeliones,
con más frecuentes reacciones,
pero inexorable al fin.
Sé que mi viejo maestro Ernesto
Sábato dirá lo contrario;
que, como en el paradigma religioso,
todo tiempo pasado fue mejor; que desde
el Renacimiento el hombre se ha cosificado,
corrompido, deshumanizado. Pero no es
del todo verdad. Basta echar una mirada
a la historia y también veremos
opresiones, esclavitud, violaciones,
violencia física y lo que es
peor, violencia moral, ignorancia del
derecho a la igual-libertad, pueblos
reventados, individuos sobreviviendo
a duras penas hasta los cuarenta años.
Críticos como él también
son parte de una conciencia humanista
y su pesimismo se debe a las altas expectativas
de su sensibilidad intelectual, más
que a los retrocesos de la historia.
Para llegar a los logros que podemos
contar hoy en día, sean pocos
o muchos, hubo que pasar por muchos
mayos del 68, revelándose contra
el dolor o contra la autoridad arbitraria,
alzándose por el derecho a la
vida individual y colectiva, reclamando,
siempre reclamando hasta la última
gota el derecho a la desobediencia y
a la vida en toda su plenitud, a la
igual-libertad.
Jorge Majfud, PhD
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