La imposición
de Heather por llegar a X es relativa.
"Recalculating…" Antes de
salir de casa yo mismo le di la orden.
En realidad X era mi objetivo inicial.
¿Pero qué pasaría
si X fuese un objetivo erróneo
o un objetivo decidido por la costumbre
o por una falsa obligación? O
peor: ¿qué ocurriría
si desconozco cuál es mi destino
final, que fue definido previamente
por alguien más y, ante mi propia
ignorancia o ceguera o simple incertidumbre
decido obedecer a Heather, por miedo
a perderme, por la casi siempre inútil
y hasta perversa ansiedad de no perder
tiempo, por miedo a romper un orden,
por miedo al caos?
Nuestro presente
está mucho más definido
por nuestro futuro —por nuestra imprecisa
visión del futuro— que por nuestro
pasado. Pero no sabemos con certeza
cuál es nuestro destino X al
cual creemos dirigirnos. Nos movemos
en varios niveles de conciencia por
lo cual nunca podemos decir que estamos
completamente despiertos. Para mantener
la ilusión de que somos consientes
de nuestra dirección hacia X,
nos mantenemos dentro del marco de los
mitos fundadores: como la voz robótica
de Heather, el navegador, el mito fundador
nos indica, con insistencia y precisión
el camino a X.
La mañana
siguiente al triunfo electoral de Barack
Obama, vi por los pasillos de las oficinas
un pequeño grupo de gente que
se abrazaba y decía "estoy
soñando"; "esto es
realmente un sueño". Los
diarios del mundo relacionaron el famoso
"Yo tengo un sueño"
de Martin Luther King cuarenta años
atrás con el "sueño
realizado" de Obama. Como nunca
antes en la historia de las elecciones
de Estados Unidos, una apreciable proporción
del mundo se alegró del resultado.
Todos esperamos cambios del nuevo presidente;
aunque no muchos ni radicales, cambios
que no acentúen la pesadilla,
cambios que no agraven nuestras decepciones
por venir.
En otros ensayos
anotamos que el reciente cambio político
en Estados Unidos, así como el
cambio geopolítico del mundo
en los últimos años, aparentemente
apuntaban a la misma dirección
y sentido trazado por la revolución
del pensamiento humanista del Renacimiento.
Las reacciones contrarias de las últimas
décadas, en gran medida representadas
por las ideologías conservadoras
del imperialismo postcolonial del último
tercio del siglo XX habrían sido
un "desvío" en esa
hoja de ruta, una violenta ralentización
de la historia, una confirmación
de que la verdad es una permanente reconstrucción
del poder ideológico-militar
del momento, de que la fuerza de la
razón no tiene ninguna posibilidad
ante la razón de la fuerza, que
el único poder procede del músculo,
no de la sabiduría ni mucho menos
de la justicia, tal como puede entenderla
un humanista. ¿Pero cómo
saber si un desvío que dura décadas
y un objetivo X que aparece como inalcanzable,
pueden ser ralamente considerados desvío
uno y objetivo el otro?
Hay una diferencia
radical. El navegador GPS es sólo
un instrumento de nuestros propósitos.
Para los mitos sociales, en cambio,
somos nosotros los instrumentos de sus
propósitos. Los mitos sociales
pueden funcionar como un obsesivo navegador
que, sin importar el inesperado rumbo
de nuestro camino, permanentemente están
buscando un nuevo camino para llegar
al mismo punto y tienen la fuerza de
imponerlo. Justificar una masacre en
nombre de la libertad y poner todo el
tradicional aparataje mediático
para hacerlo creíble, sino incuestionable
al menos posible, es sólo un
mínimo ejemplo. Llamar terrorista
a un asesino que mata niños y
a otro que hace el mismo trabajo honrarlo
como héroe, aquél porque
calcula sus barbaridades y éste
porque calcula sus errores inevitables,
es sólo parte de la narratura
social que consolida el mismo mito.
Esta idea enquistada en el inconsciente
colectivo, a veces estimulada por el
miedo o la autocomplacencia, fue observada
ya por el español Ángel
Gavinet hace 101 años:
"Un ejército
que lucha con armas de mucho alcance,
con ametralladoras de tiro rápido
y con cañones de grueso calibre,
aunque deja el campo sembrado de cadáveres,
es un ejército glorioso; y si
los cadáveres son de raza negra,
entonces se dice que no hay tales cadáveres.
Un soldado que lucha cuerpo a cuerpo
y que mata a su enemigo de un bayonetazo,
empieza a parecernos brutal; un hombre
vestido de paisano, que lucha y mata,
nos parece un asesino. No nos fijamos
en el hecho. Nos fijamos en la apariencia"
(Idearium, 1897).
Pero esta percepción
no es producto de una mera "naturaleza
psicológica" sino del laborioso
trabajo del poder social a lo largo
de los siglos.
Los mitos fundadores
preexisten a cualquier cambio político,
a cualquier decisión individual
e incluso colectiva. De ahí las
eternas frustraciones ante los cambios
políticos. Sin embargo, si echamos
una mirada general a la historia, podemos
sospechar que hay algo más fuerte
que cualquier mito social: los grandes
movimientos de la historia —los más
imperceptibles—, las ideas sobre la
justicia y el poder, sobre la libertad
y la esclavitud, sobre la rebelión
de los pueblos y la fuerza arrogante
de los césares, persisten o se
radicalizan.
Hay un cambio sensible
en nuestra época que es congruente
con ese movimiento general de la historia
de los últimos siglos, que significa
la continuación de los valores
humanistas que, si bien no han sido
los valores dominantes, sí han
sido los más persistentes y aquellos
que más se han legitimado desde
la caída intelectual de las teocracias
europeas de la Edad Media. En nuestro
tiempo ese signo es la progresiva separación
de las creencias populares de los poderes
imperiales. Si a mediados del siglo
XX "imperio" seguía
siendo una palabra que llenaba de orgullo
a quien lo representaba —por ejemplo,
el imperio británico, brutal
como cualquier otro— desde los sesenta
ya se ha confirmado como signo de agresión
y opresión injustificable. Si
a mediados del mismo siglo la narratura
social todavía estaba en manos
de una minoría propietaria de
los medios de comunicación y
entretenimiento —dos ideoléxicos
paradójicos— hoy en día
la voz mayoritaria de quienes no tienen
nada de ese poder han descubierto un
nuevo poder.
Esa voz ha probado
ser todavía inmadura e irresponsable.
Esa nueva conciencia todavía
no es consciente de su poder o lo usa
para distraerse e, incluso, para la
autodestrucción. Podemos conjeturar,
no sin un alto riesgo de equivocarnos,
que gran parte de la antigua masa —esa
que despreciaba Ortega y Gasset— aún
no ha dejado de ser rebaño y
todavía se guía por los
antiguos mitos sociales que la oprimen.
Pero esa gente, esa humanidad, está
creando poco a poco una nueva cultura,
una nueva conciencia y una silenciosa
pero imparable rebeldía ante
la histórica agresión
de los césares, de los negreros,
de los antiguos dueños del mundo.
O quizás confundimos deseo con
realidad.
"Recalculating…
Take ramp ahead".