Por esta razón, para el paradigma
preeuropeo Quetzalcóatl es el símbolo
de la autoridad legítima que es
capaz de un orden creador en un mundo
inestable y amenazado por la inercia de
la materia. El rechazo a la codicia europea
del oro, real o simbólica, es un
principio que pasa por Tupac Amaru y llega
hasta Ernesto Che Guevara. La colonización
europea confirmará la percepción
del poder político como una fuerza
injusta y usurpadora, hasta convertir
a toda forma de autoridad, como en el
humanismo más radical, en ilegítimo.
Pero esta idea ya angustiaba al mismo
poder de Moctezuma en México tanto
como al de Atahualpa en Perú. Y
a todo usurpador de Quetzalcóatl/Viracocha,
el justiciero.
Ya en la época de Chololan,
Quetzalcóatl es reconocido como
el dios de las masas, el que es capaz
de integrar la gran estructura social.
Sólo más tarde, en la
imperial Tenotchitlán azteca
—como Jesús en la imperial Roma
de Constantino— es posible que se haya
convertido en el dios de la clase alta.
El retorno de Quetzalcóatl descubre
la atmósfera de inestabilidad
cósmica y de inferioridad cultural
que marcaron la capital azteca, Tenotchitlán,
desde su fundación.
La repetida idea de un imperio ostentando
un poder ilegítimo surge, de
forma muy particular, del poder mismo.
Para revertirla, los aztecas recurren
a la conmoción psicológica.
En una ocasión invitan a representantes
de pueblos vecinos a presenciar masacres
rituales, como forma de sostener su
poder mediante el terror de la fuerza.
Esta política contuvo pero también
potenció las energías
de una rebelión que fue aprovechada
por los españoles. Moctezuma,
consciente de la ilegitimidad histórica
de su imperio, ante la ilusoria llegada
de Quetzalcóatl (Hernán
Cortés), abandona el gran palacio
y ocupa uno menor, en espera de la verdadera
autoridad, la subyugada Tula. Con Moctezuma
se da un hecho incomprensible para la
historia de Occidente pero que nos revela
un rasgo interior de la cultura mesoamericana:
un gobernante que ostenta el poder absoluto
y renuncia a él por una conciencia
moral de ilegitimidad, por su propia
mala conciencia. Lo que nos da una idea
del significado prioritario del terror
sagrado que unía al mesoamericano
con el cosmos.
Quetzalcóatl no es el dios creador
del Universo, sino un donador de la
humanidad, como Prometeo, que da a los
hombres y mujeres las artes, el conocimiento
y los alimentos. Es decir, un reparador
del caos o un servidor ante la necesidad
natural del mundo. No es un dios que
castiga a su creación, sino un
dios limitado y frágil que lucha
ante la adversidad en beneficio de una
humanidad que ha sido castigada de antemano
por fuerzas superiores. Pero es también
un hombre concreto, la autoridad legítima,
una autoridad máxima capaz de
ordenar, regular y dar prosperidad a
un pueblo permanentemente amenazado
por el cosmos y por la violencia imperial
de los dioses guerreros.
Si el mito o la voluntad de Prometeo
es una herencia de la cultura ilustrada
de Europa que se opuso o criticó
la empresa Europea de conquista y colonización,
el mito o la voluntad de Quetzalcóatl-Viracocha
es la herencia de las masas populares
que resistieron, se impusieron y dieron
forma a la mentalidad de un continente
que comparte más que un idioma.
Según Carlos Fuentes, en El espejo
enterrado (1992), Quetzalcóatl
se convirtió en un héroe
moral, como Prometeo; ambos se sacrificaron
por la humanidad, les dieron a los mortales
las artes y la educación. Ambos
representaron la liberación,
aún cuando ésta fue pagada
con el sacrificio del héroe.
El mismo Carlos Fuentes advierte este
equivalente en dos pinturas del muralista
mexicano José Clemente Orozco,
una en Pomona Collage en Claremont,
California y la otra en Baker Library
en Dartmouth Collage, en Hanover. En
la primera Prometeo simboliza el trágico
destino de la humanidad y en la segunda
Quetzalcóatl, el inventor de
la humanidad que es exiliado al descubrir
su rostro y deducir de él su
destino humano, es decir, de alegría
y dolor. Orozco sintetiza las dos figuras
en un solo hombre pereciendo en la hoguera
de su propia creación, en el
Hospital Cabañas de Guadalajara.
También Jesús, como muchos
otros, es dios-hecho-hombre. Pero a
diferencia de Prometeo y Quetzalcóatl,
Jesús es el único sobreviviente
como protagonista de una religión
viva. Los otros dos —ésta es
una de las tesis centrales que ya desarrollamos
en el espacio de libro— permanecerán
en el inconsciente o en la cultura con
la misma actitud, encarnada en los escritores
comprometidos de la Guerra Fría
o las revoluciones poscolonialistas,
desde Ernesto Che Guevara hasta los
teólogos de la liberación.
Para estos últimos, fundadores
de un movimiento teológico profundamente
latinoamericano, el Jesús reivindicado
no es el institucionalizado por la tradición
imperial sino el Jesús ejecutado
por el poder político, el (hijo
de) Dios que se hizo hombre para ayudar
a la humanidad oprimida por la religión
y el imperio de la época, el
Dios-hecho-hombre que desciende a la
humanidad para impregnarla del conocimiento
que la rescatará de la esclavitud.
Según el códice Vaticano,
"y así Tonacatecutli —o
Citinatonali— envió a su hijo
para salvar al mundo…" Esta salvación
es una penitencia y un autosacrificio.
También para la tradición
cristiana, Jesús es el único
gobernante legítimo que, como
Prometeo y Quetzalcóatl, es cruelmente
derrotado como individuo y como circunstancia,
pero esta derrota significa la promesa
de un regreso y el establecimiento de
una nueva era de justicia, precedida
por el caos final, por la distopía.
Si en el ciclo de la liberación
humanista la conciencia precede al compromiso
(I) y ésta a la acción
(II), en Quetzalcóatl la conciencia
es posterior a la creación de
la nueva sociedad (III) y del Hombre
nuevo (IV). Tanto Prometeo como Quetzalcóatl
son hombres-dioses derrotados, porque
su rasgo humano impone un grado de imperfección
y de injusticia por parte de los dioses
superiores (Zeus, Mictlantecuhtli, Tezcatlipoca).
En ambos, como en Jesús, el simbolismo
de la sangre es central, porque es el
elemento más humano entre los
elementos del universo —como el oro
lo es del mundo material, desacralizado—
contra los cuales debe luchar permanentemente
para sobrevivir, para ascender a un
orden superior o para evitar el caos,
la destrucción final.
Pero si los humanismos de Prometeo
y de Quetzalcóatl tienen elementos
en común, también se oponen,
reproduciendo la cosmología mesoamericana
de los opuestos en lucha que crean y
destruyen: Prometeo desafía la
máxima autoridad para beneficiar
a la humanidad. La historia del humanismo,
como vimos, a partir del siglo XIII
europeo integra una conciencia histórica
de progresión, igualdad y libertad
en el individuo-sociedad que se opondrá
de forma radical al tradicional paradigma
religioso basado en la autoridad y la
decadencia de la historia según
los cinco metales. El humanismo de Quetzalcóatl,
si bien significa un desafío
a los dioses superiores e inferiores
en beneficio de la humanidad, su destino
está marcado por la fatalidad
de los ciclos y por su propia dualidad,
por la acción heroica y la renuncia
del exilio. Las autoridades destructivas
son reemplazadas por otra autoridad,
el hombre-dios que periódicamente
es derrotado y sacrificado por fuerzas
superiores. Como Ernesto Che Guevara.
(Continúa)
*Adelanto adaptado
del libro del mismo nombre (Jorge Majfud,
2009)