En este escenario es comprensible que
todo un continente esperase su regreso
del hombre-dios, el justiciero Quetzalcóatl/Viracocha
para poner fin a la furia del cosmos.
Pero Cortés no era Quetzalcóatl
y los amerindios tardaron poco en descubrirlo.
El falso Mesías era otro azote
del Cosmos que recibieron con resignación
y sacrificio, siempre a la espera del
regreso del verdadero. Esta memoria
del fuego fue combatida durante siglos
con el fuego del conquistador. No desapareció
sino que se refugió en las profundidades
del inconsciente colectivo. En su lugar,
como sobre los cimientos de los templos
antiguos, se levantaron las iglesias,
se levantó la conciencia intelectual
de la América criolla: el ritual
católico de la colonia y el humanismo
ilustrado de los inventores de las nuevas
repúblicas. El peruano José
Mariátegui observó que
"los dominicos se instalaron en
el templo del Sol, acaso por cierta
predestinación de orden tomista,
maestra en el arte escolástico
de reconciliar el cristianismo con la
tradición pagana" (7 ensayos,
1928). Será en el siglo XX cuando
Prometeo y Quetzalcóatl, en una
dualidad creadora y destructora, aparecerán
enmascarados en la cultura ilustrada,
en la literatura de los escritores comprometidos.
Las tres divinidades descendidas en
la naturaleza humana prometen el regreso.
Prometeo engaña a Zeus, el dios
que ejerce su poder como un tirano arbitrario.
Jesús es traicionado. Quetzalcóatl
es traicionado por los otros dioses
que le revelaron su rostro humano. Jesús,
como Quetzalcóatl, es sustituido
por falsos mesías. La usurpación
de Hernán Cortés es doble:
arrasa aldeas enteras en nombre de Jesús
mientras es visto como Quetzalcóatl
que regresa. El sexo no representa la
unión sino la violencia del conquistador.
"Por la justicia no se asimiló
el español las razas conquistadas,
sino por el sexo ineludible" (José
Martí, 1893). Como los dioses
que engendran a Quetzalcóatl,
este encuentro sexual incluye la guerra
pero no el amor, de donde nace otra
vez la nueva humanidad. Esta vez no
es Quetzalcóatl que regresa,
sino un impostor. La autoridad y la
realidad son así doblemente ilegítimos.
Sólo el regreso del verdadero
dios-hombre y su sacrificio podrán
remediarlo. (Otros personajes míticos
de la cultura mesoamericana comparten
las características de Quetzalcóatl.
Kukulcán, por ejemplo, domina
la vida cultural en Chichén-Itzá
en el siglo X y desaparece más
tarde como Quetzalcóatl.)
Si vamos más lejos aún,
al otro gran imperio americano, el inca,
encontraremos a Viracocha, dios que
poseía múltiples representaciones
y, probablemente, múltiples formas
de ser. Pero la dualidad es común
y se puede resumir, al igual que el
dios mesoamericano, en (1) un dios superior,
creador del Cosmos y (2) un dios humano,
un dios ordenador del caos del mundo.
Como Quetzalcóatl, Viracocha
abandona a su pueblo marchándose
hacia el océano, pero no hacia
el Oriente sino hacia Occidente con
la promesa de volver. Viracocha no es
un dios único y creador sino
"el que señala el lugar
adecuado para cada cosa y el momento
en que cada uno lo debe ocupar"
(Manuel Burga, 1988), es decir, una
suerte de gran arquitecto y, al mismo
tiempo, el gobernante legítimo.
Por su parte, Viracocha en Perú
aparece con la misma dualidad de Quetzalcóatl,
siendo al mismo tiempo creador del mundo
(salido del lago Titicaca) y "héroe
cultural". Como en la cosmogonía
mesoamericana, la creación no
es única sino que está
precedida de intentos fallidos. Después
que Wira-Kocha crea el mundo y "ciertas
gentes", en una segunda aparición
convierte a esta gente en piedras. Crea
el Sol, la Luna y un arquetipo de seres
humanos en diferentes lugares de la
tierra. Luego se retira hacia el océano
y desaparece. Como en Mesoamérica,
el mundo antiguo del Perú se
construía y destruía por
la oposición de dos fuerzas en
lucha.
Las tragedias de Moctezuma y la de
Atahualpa también son paralelas,
aunque los separen miles de quilómetros
y diez años. Los une una cosmogonía
similar, el sentimiento de la ilegitimidad
de sus poderes y, como consecuencia,
la misma historia de derrota.
Al morir Huayna Cápac, el imperio
inca quedó dividió en
dos hermanos: al norte en Quito, en
manos de Atahualpa, y al sur en Cuzco,
en las de Huáscar. Pero Atahualpa
entra en guerra con su hermano y lo
derrota. Como los aztecas en México,
los incas formaron un imperio sobre
distintos pueblos andinos. Cuando Pizarro
llega a Perú, el imperio estaba
dividido por luchas fratricidas. Esta
misma idea del poder cuestionado por
el oprimido pero también por
quien lo ejerce, se acentúa con
la disputa de Atahualpa sobre su hermano,
ante él y ante los habitantes
de la gran capital, Cuzco.
Poco hacía que Atahualpa se
había convertido en la autoridad
máxima cuando comenzaron a llegar
signos inquietantes. Cada uno, como
el paso de un cometa, eran anuncios
para Atahualpa de una catástrofe.
Coincidentemente, los mensajeros del
imperio comienzan a llegar con noticias
de Viracocha, que regresa por el mar.
"Huamán Poma indica, lo
que ha podido ser una idea consensual
en las creencias campesinas de su época,
que a la muerte de Huayna Cápac
y durante sus funerales en el Cusco
se descifró la profecía
que había sido mantenida en secreto
durante muchas generaciones: unos hombres
vendrían del mar (cocha) a conquistar
el imperio" (Burga). Eduardo Galeano,
en Las venas abiertas de América
Latina (1971) recuerda y de alguna forma
confirma la profecía popular
según la cual los mismos incas
que quisieron aprovecharse de la plata
de Potosí se encontraron con
una advertencia quechua: "no es
para ustedes; Dios reserva esas riquezas
para los que vienen de más allá".
El 5 de enero de 1533 un soldado analfabeto,
Hernando Pizarro, llega a la "mezquita"
de Pachacámac y profana públicamente
el santuario. Enterado del regreso de
Viracocha, Atahualpa espera a los hombres-dioses
en Cajamarca y los recibe. Los españoles
no encontraron ninguna resistencia militar
sino lo contrario: al igual que en México,
fueron recibidos como enviados divinos.
En un atardecer, en una confusión
que no duró más de media
hora, Pizarro y sus hombres atacan la
plaza central y capturan a Atahualpa.
Poco después deciden ejecutarlo
en el garrote, el 26 de julio de 1533,
con la excusa de castigar al asesino
de Huáscar, el legítimo
emperador, y prometen devolver el poder
a la antigua nobleza. Pizarro designa
sucesor a Tupac Huallpa. Luego a Manco
Inca, descendientes de Huayna Cápac.
Más tarde hace correr el rumor
de que el cuerpo de Atahualpa había
sido incinerado. De esa manera los españoles
procuraban desterrar las esperanzas
mesiánicas que parecían
despertarse entre los nativos en contra
de los intereses de la nobleza indígena
y la soldadesca invasora.
El indio Huamán Poma de Ayala
se declara cristiano pero insiste en
marcar la diferencia moral basada en
la codicia (del naciente capitalismo
europeo), como defecto principal, que
lleva a la destrucción del mundo.
Dirigiéndose a los lectores españoles,
escribe: "ves aquí en toda
la ley cristiana no he hallado que sean
tan codiciosos en oro y en plata los
indios, ni he hallado quien deba cien
pesos ni mentiroso, ni jugador, ni perezoso,
ni puta ni puto […] y vosotros tenéis
ídolos en vuestra hacienda, y
plata en todo el mundo" (1615).
En esta cosmovisión amerindia
(como en los escritos de Ernesto Che
Guevara, el último Quetzalcóatl)
subsiste la idea de que el poder no
es mera cuestión de fuerza muscular
sino de fuerza moral, aunque sea una
moral discutible por otros pueblos y
otras mentalidades. Tanto Atahualpa
como Moctezuma sufren de la mala conciencia
de su poder ilegítimo y por eso
son derrotados.
La motivación de riquezas rápidas
en el Nuevo Mundo nunca deja de ser
una prioridad en las acciones de los
conquistadores. Las repetidas invocaciones
a la evangelización aparecen
en primer lugar, pero pueden leerse
como justificaciones morales de objetivos
entendidos como pecados capitales por
la tradición cristiana. Tanto
Cortés como Pizarro, resuelven
su mala conciencia —basada en la codicia
y la necesidad de fama— con la adaptación
de la religión a sus acciones,
no de sus acciones a la religión
o a su conciencia, como lo muestra Cortés
en sus años de madurez. Es decir,
aunque motivados por la religión,
quizás como atenuante moral,
no son creyentes en el grado que lo
eran los pueblos amerindios que actuaron
y se dejaron derrotar por sus cosmovisiones.
Y también se revelaron según
esta tradición de Quetzalcoátl,
aunque nunca con la suficiente fuerza
como para inaugurar una nueva era. (Continúa)
*Adelanto adaptado
del libro del mismo nombre (Jorge Majfud,
2009)