Diferente, entre los pueblos amerindios
—como en Che Guevara, en contra de la
lógica marxista—, subsistía
la idea de que el poder no es mera cuestión
de fuerza sino de moral. Tanto Atahualpa
como Moctezuma sufren de la mala conciencia
de sus poderes ilegítimos y por
eso son fácilmente derrotados
por un puñado de ambiciosos aventureros
de la nueva Europa. En lo que sigue
de la colonización, para Amerindia
la codicia del mundo material será
uno de los valores contrarios a la moral
y, por ende, al poder legítimo.
Creo que podemos resumir más
de cinco siglos de historia latinoamericana
con esta dinámica cósmica
o semiótica: el elemento principal
de la codicia, de la ilegitimidad, del
mal del mundo disfrazado de belleza,
es el oro; el elemento opuesto, la sangre.
Si la sangre mueve el mundo, el oro
lo destruye desacralizando la sangre,
que es el espíritu del Cosmos.
La idea que equipara el oro al favoritismo
de Dios será propia de la ética
calvinista y en casos de la práctica
católica, aunque no de su teología.
Los incas y otros pueblos sometidos
por los españoles, comenzaron
a comprender que los hombres-dioses
no podían ser Quetzalcóatl
ni Viracocha, ya que carecían
de las virtudes morales del gobernante
legítimo. Su mayor defecto, la
ambición de riquezas. Huamán
Poma de Ayala describe a los europeos
como bestias codiciosas: "Cada
día no se hacía nada,
cino todo era pensar en oro y plata
y riquezas de las indias del Piru. Estaban
como un hombre desesperado, tonto, loco,
perdidos el juicio con la codicia del
oro y la plata. A veces no comía
con el pensamiento de oro y plata. A
veces tenían gran fiesta, pareciendo
que todo oro y plata tenían dentro
de las manos". Eduardo Galeano
recuerda una anécdota de Humboldt
que, en 1802 demostraba la persistencia
del oro-pecado entre la población
indígena. Astorpilco, un descendiente
de incas, "mientras caminaba le
hablaba de los fabulosos tesoros escondidos
bajo el polvo y las cenizas. '¿No
sentís a veces el antojo de cavar
en busca de los tesoros para satisfacer
vuestras necesidades?', le preguntó
Humboldt. Y el joven contestó:
'Tal antojo no nos viene. Mi padre dice
que sería pecaminoso. Si tuviésemos
las ramas doradas con todos los frutos
de oro, los vecinos blancos nos odiarían
y nos harían daño'"
(Venas, 1971). Otra historia popular
cuenta, según Carlos Fuentes,
que José Gabriel Condorcanqui
—Tupac Amaru— en 1780 se rebeló
contra la autoridad española,
capturó al gobernador y "puesto
que los españoles habían
demostrado semejante sed de oro, Tupac
Amaru […] lo ejecutó obligándole
a beber oro derretido" (Espejo,
1992). Abusando del mismo simbolismo,
en 1781 los españoles diseñaron
al rebelde una muerte ejemplar, cortándole
la lengua primero —quitándole
la palabra—, tratando luego de despedazarlo
tirando en vano de sus extremidades
por cuatro caballos, hasta que decidieron
degollarlo. Luego cortaron manos y pies
debajo de una horca inútil. Juan
Gelman, en Exilio (1984), entiende que
"Europa es la cuna del capitalismo
y al niño ese, en la cuna, lo
alimentaron con oro y plata del Perú,
de México, Bolivia, Millones
de indios americanos tuvieron que morir
para engordar al niño".
El pecado nace de la sangre del indio
y crece, como los dioses españoles
llegados del mar, comiendo oro y plata.
Una de las tesis centrales de Las venas
abiertas de América Latina (1971)
—la referencia al oro y la sangre es
implícita desde el título—
puede resumirse en una frase que establece
una continuidad del ritual profano que
produce el sangrado: "Cuánto
más codiciado por el mercado
mundial, mayor es la desgracia que un
producto trae consigo al pueblo latinoamericano
que, con su sacrificio, lo crea".
En 1957, en Colombia, "el baño
de sangre coincidió con un período
de euforia económica para la
clase dominante: ¿es lícito
confundir la prosperidad de una clase
con el bienestar de un país?"
(Venas).
Para América Latina, la profanación
principal, subyacente en la tradición
narrativa, escrita y oral, ha sido la
venta de sangre, la desacralización
del sacrificio por la explotación
materialista. Quienes entienden al beneficio
económico como objetivo y principal
motor de cualquier empresa, no podrán
comprender aquello que llamarán
irracionalidad de un pueblo salvaje.
Por otra parte, este pueblo no ha articulado
aún un pensamiento propio que
considere este factor interior, reemplazándolo
históricamente con ideas europeas,
como el liberalismo en el siglo XIX
y el marxismo o el neoliberalismo en
el siglo XX. En 1968, Mario Benedetti
entendía que "el desarrollo
no es en sí mismo una calidad
moral. […] el mundo del subdesarrollo
(que es a su vez víctima y dividendo
del mundo desarrollado) no sólo
debe crear su ética en rebeldía,
su moral de justicia, sino también
proponer una autointerpretación
de su historia" (Revolución).
En el siglo XX, la desacralización
del mundo material, la explotación
de la tierra, la fiebre del oro, estarán
resumidos en la cultura popular que
se produce en el centro del capitalismo
mundial.
El análisis de Ariel Dorfman
sobre El pato Donald de Walt Disney,
además de apuntar a los valores
ideológicos de la historieta,
revela el punto de vista histórico
latinoamericano: el mundo colonialista
de Disney no sólo cumple con
una función opresora, sino que
además representa la desacralización
del cosmos: la ambición del oro,
representada hasta su extremo en Tío
Rico, que trivializa la vida humana
y hace de la naturaleza un mero objeto
de explotación. Se excluye el
amor, observan Ariel Dorfman y Armand
Matterlart. La concepción de
la existencia está basada en
la desacralización y la trivialización,
resumida en el siguiente diálogo.
"'¡Bah, el talento, la fama
y la fortuna no lo son todo en la vida'"
—dice Donald—. '¿No? ¿Qué
otra cosa queda?', preguntan Hugo, Paco
y Luis al unísono. Y Donald no
encuentra nada que decir, sino: 'Er…
Humm… A ver… Oh-h'" (Donald).
En su libro Persona non grata (1973)
el chileno Jorge Edward recuerda a Fidel
Castro en la Universidad de Priceton
y más tarde el ofrecimiento de
un millón de dólares por
parte de un productor de Hollywood por
la odisea del Granma y de Sierra Maestra.
Fidel rechazó diciendo que no
le interesaba el dinero. Eso revela,
dice el autor, la actitud norteamericana
ante la Revolución cubana. Para
quienes defendieron la Revolución,
la anécdota revela la actitud
revolucionaria ante la cultura materialista
del mercado. Se decía que Ernesto
Guevara firmaba los nuevos billetes
cubanos simplemente "Che",
como una forma de desdén al valor
material del dinero. De forma explícita
lo puso en un discurso: la sociedad
revolucionaria todavía no había
alcanzado el estado de liberación
del salario y el orden derivado de la
circulación del dinero (Obra,
1967).
De la misma forma que la impronta de
moros y judíos sobrevive la limpieza
étnica y cultural desde Fernando
e Isabel, de igual forma los ritos,
el arte y los mitos más profundos
de la América precolombina sobrevivirán
en el continente mestizo.
En la cosmología amerindia,
la muerte del mártir se convierte
en victoria moral y, por lo tanto, en
memoria y ejemplo contra el poder ilegítimo
por la codicia. Incluso un emperador
originalmente cuestionado como Atahualpa
se convertirá en ejemplo de resistencia,
como más tarde, una vez derrotado
el ambicioso imperio español
en el contexto mundial, "lo hispánico"
resurgirá como la fuerza contraria
al materialismo norteamericano. El oro,
otra vez, al ser desacralizado se convierte
en el símbolo del mayor pecado.
La sangre de América Latina se
convierte en mercancía y, por
lo tanto, en el mayor sacrilegio, en
el defecto moral de oprimidos y opresores.
Resistir este pecado es un mandato moral
y se mide con un sacrificio que a veces
llega al ofrecimiento de la sangre propia.
Un poeta cuya militancia lo llevó
a la muerte, como Francisco Urondo,
había revelado este sentimiento
en sus versos: "nada / nos hará
retroceder: le tenemos más miedo
al éxito que al / fracaso"
(continúa).
*Adelanto adaptado
del libro del mismo nombre (Jorge Majfud,
2009)