He descubierto que en los subsuelos
del Imperio mi nombre es maldito. Perseguir
a los que me recuerdan así sería
inútil y solo aumentaría
la triste fama que prolongará
mi sombra hasta el fin de los tiempos.
Me recordarán por un solo día,
apagado para siempre en Palestina.
Cuando comenzaron las protestas (no
contra mi gobierno ni contra el Imperio,
sino contra un solo hombre) no pensé
en la gravedad de un hecho tan insignificante.
Yo sabía que al Cesar sólo
podría importarle el orden, no
la justicia; además, el rebelde
no era romano.
Diré que yo, de alguna forma,
sabía mi destino, como alguien
que ha recibido la revelación
en un sueño absurdo que rápidamente
hecha en el olvido. Durante las protestas
pensé, una y otra vez, en la
memoria de aquel pueblo que yo gobernaba.
También sabía del caso
de un reo griego, filósofo o
charlatán de profesión,
que había sido condenado a muerte
y los eruditos lo recordaban más
a él que a Pericles. Yo aprendí
en aquella tierra, ahora lejana, que
la Eternidad depende de ese momento
confuso y fugaz que es la vida. Roma
no es eterna y un día sólo
será recuerdo de piedras y libros;
y no será lo mejor del Imperio
lo que recordará el porvenir.
Cuando todos me pedían que crucificara
al rebelde y nadie sabía por
qué, pedí consejo a otros
menos grandes que yo. A los romanos
no les importaba o se divertían,
por lo que debí recurrir, varias
veces, a Joacim de Samaria, un hombre
sabio que antes quise usar para entender
a su pueblo.
"Dime, Joacim", le pregunté
aquel día o el día antes,
"¿Qué puedo hacer
yo en estas circunstancias? Debo ser
juez y no alcanzo a distinguir el agua
clara del agua mala. ¿Es que
acaso puedo hacer algo? He oído
que el mismo rebelde ha anunciado su
muerte, así como otros de tu
pueblo anunciaron su llegada".
"El mundo está en tus manos",
dijo el anciano.
"No!", grité, "...aún
no está en mis manos. Antes seré
Emperador en Roma".
"Tal vez Roma y todas las Romas
por venir te recuerden por éste
día, mi rey".
"¿Y qué dirá
de mí?"
"¿Cómo saberlo?
Yo soy un hombre ciego", contestó
el anciano.
"Tan ciego como cualquiera. ¡Daría
mis ojos por ver el futuro!"
"Aunque tuvieses mil ojos no lo
verías, mi rey, porque el futuro
no existe para los hombres. Sólo
existe en Dios que lo abarca todo".
"Si tu dios lo sabe, ¿entonces,
el futuro existe en alguna parte",
razonó el gobernador. "Si
Dios o el rebelde pueden predecir lo
que ocurrirá, lo que está
por hacerse ya fue hecho..." concluí,
con elocuencia. Me sentí satisfecho
de aquel triunfo sobre el sabio extranjero.
Cuando el rebelde estuvo delante de
mí, el gobernador comencé
a interrogarlo, titubeante; supe que
era una forma indigna para un futuro
Cesar y casi no contuve la cólera.
"¿Así que tú
eres rey?", pregunté.
"Tú lo has dicho",
dijo aquel hombre, oscuro y sereno como
si nada le importase. "Vine a este
mundo para traer la Verdad. Y aquellos
que pueden entenderla me escucharán".
"¿Y qué es la verdad?",
me apresuré a preguntar, seguro
de que no tendría una respuesta
tan grande.
Hubo un silencio infinito por respuesta.
En seguida volvió a estallar
la multitud impaciente: "¡Que
suelten al hijo del hombre!", comenzó
a gritar la multitud, refiriéndose
a otro reo que había usado las
armas contra Roma, no las palabras.
Y los Césares siempre temerán
más a las palabras que a las
armas.
Traté de ser cauteloso. Calculé
mis posibilidades. Comprendí
que si elegía mal, Palestina
ardería en llamas. Tantos no
se podían equivocar, por lo que
la decisión debía ser
una en la mente clara de un rey.
Cuando los soldados acabaron de azotar
al rebelde, el volví a sacar
al reo y le dijo al pueblo:
"Miren, aquí está,
lo he sacado para que vean que no encuentro
en él delito alguno".
Pero el pueblo volvió a insistir:
"Mátenlo, crucifícalo...!"
"Mejor llévenlo y crucifíquenlo
ustedes mismos", fue mi respuesta.
"No, nosotros no podemos",
volvieron a gritar, casi al unísono.
A un lado, los señores de la
Ley esperaban con paciencia que la masa
enardecida reparase el orden sagrado.
Entonces, vi entrar al Rebelde y le
preguntó:
"¿De dónde eres
tú, que me pones en este cruce
de caminos?"
Pero el Rebelde no contestó
esta vez como no había contestado
la vez anterior.
"¿No piensas responderme?
¿No sabes que tengo autoridad
para crucificarte o para dejarte en
libertad?"
"No tendrías ninguna autoridad
si Dios no te la hubiera dado".
Entonces yo, el gobernador de Palestina,
finalmente cedí ante la multitud
o ante la arrogancia de aquel reo. Decidí
por el bien de la Ley farisea y por
la paz de Roma.
Entregué al peligroso rebelde
para la cruz, y como el suyo no era
un delito contra los dioses sino contra
la política del César
y de nuestros aliados, lo hice ajusticiar
junto con otros ladrones.
Los gritos de aquel día llegaron
hasta el palacio. El pueblo y sus sacerdotes
quedaron satisfechos. Menos una infame
minoría. La minoría de
siempre.
Lo crucificaron al mediodía
y, hasta la media tarde, toda la tierra
se oscureció. Un frío
profundo cubrió palacio y quizás
la ciudad entera.
"¿Qué es lo que
ocurre, mi rey?", preguntó
Joacim, desde algún rincón
oscuro.
"Tú no puedes verlo, pero
toda la Tierra se ha oscurecido y es
por el Rebelde", murmuré.
"Roma y el mundo te recordarán
por este día", dijo el ciego.
"¿Cómo puedo ser
yo el culpable? ¿Acaso no dices
tú que Dios conoce lo que pasó
y lo que vendrá? Si tu Dios sabía
que hoy me equivocaría, ¿cómo
podría yo ser libre de no hacerlo?"
"Escucha, mi rey", dijo el
ciego, "yo no puedo ver el presente
que tú ves. Tampoco puedo ver
el futuro. Sin embargo, ahora yo sé,
casi como antes lo sabía el rebelde,
que te equivocaste. Pero este conocimiento,
oh, mi rey, ¿acaso suprime algo
de la libertad que tuviste este día
para elegir?"
Quizás eso son el destino y
la libertad juntos. Ahora sólo
me queda el consuelo de que aquel puñado
de hombres y mujeres un día será
el mismo pueblo de Roma. Mi fama se
extenderá, oscura y maldita sobre
la tierra, pero yo volveré a
ser el honorable gobernador de una provincia
del imperio, decidiendo con libertad
a favor de su destino. Y volveré
a ser infamemente recordado por otro
puñado de reos, sólo por
cumplir con mi deber divino. Ahora conozco
definitivamente mis otros destinos.
Pero volveré a creer que soy
libre, investido con todo el poder de
Roma.