Con su inconfundible estilo de afro
sin blanquear, Cornel West, el autor
de Race Matters (1993), levanta a la
gente por donde pasa. No usa peluca
ni se alisa el pelo. No se ha dejado
engordar. Es un provocador de la talla
de Noam Chomsky pero cuando habla desborda
energía física: es un
trueno que habla con todo su cuerpo.
Suele vestir un austero traje negro
que acomoda por detrás del cuello
con un tic que anuncia una conclusión
en forma de pregunta.
A diferencia de Noam Chomsky, West
combina el ritmo y la pasión
proselitista del pastor norteamericano
con la protesta aguda del activista.
Es lo que se conoce como “profesor estrella”,
género casi desconocido en America
latina y que en las populosas clases
universitarias de Europa y Estados Unidos
le hacen sombra a las estrellas de Hollywood
o de la NBA. Frantz Fanon fue otro filósofo
negro que dejó una huella indeleble
en el pensamiento de la segunda mitad
del siglo XX, reconocido por Jean-Paul
Sartre y practicado por Ernesto Che
Guevara y Paulo Freire en América
Latina. Pero el psiquiatra caribeño-argelino,
autor del precoz ensayo postcolonialista
Peau noire, masques blancs (1952) no
recibió en vida el crédito
que hoy la academia norteamericana le
reconoce sino persecución, descrédito
y, por momentos, injusto olvido. Cuando
no la burla propagandística de
la derecha latinoamericana.
Como Friedrich Nietzsche, Cornel West
es un profesor y filosofo de combate.
Como Nietzsche, combina en sus intereses
y convicciones el pensamiento y la música.
Pero West es un rebelde cristiano. Si
en Nietzsche la palabra es poder, en
West es justicia, “la forma que toma
el amor en público”. Lejos de
la definición nietzscheana del
cristianismo tradicional y lejos también
de la teología de humillación
de la tradición europea, en West
el cristianismo retoma los valores que
debió tener antes de Constantino.
En su último libro, Hope On
a Tightrope (La esperanza en la cuerda
floja), West vuelve en un estilo poco
académico. Pero este estilo de
lectura fácil, elegante, más
próximo a Kahlil Gibran que a
Edward Said, sin conceptos complejos,
tiene la virtud de la comunicación
popular. Casi no hay personaje histórico
que no sea fácilmente reconocido
por lectores no especializados. Entre
sus páginas Napoleón y
tantos otros dejan de ser grandes sin
el criterio militar que escribió
la historia para los textos de educación
primaria. “Occidente llama grande a
Churchill —anota West—. Él creía
que los negros eran subhumanos. Estaba
con Mussolini. Fue grande resistiendo
a los nazis para el imperio británico.
Puedo reconocérselo. […] Pero
no piense usted que solo porque su sufrimiento
está en el centro de su discusión
por eso puede pasar por alto el mío”
(167).
Su perfil de cristiano vuelto intelectual
critico y radical se resume en la frase
que nos recuerda, literalmente pero
sin Dios, a Che Guevara: “Cualquier
resistencia a la injusticia, sea en
Estados Unidos, en Egipto, en Cuba,
en Arabia Saudita, es una actividad
dirigida por Dios, porque la indignación
contra el trato cruel de cualquier grupo
de personas es un eco de la voz divina
para todos aquellos de nosotros que
consideramos la cruz con seriedad” (169).
Luego: “MLK lo dijo claramente cuando
dijo que ‘la matanza criminal de los
vietnamitas, especialmente los niños,
es un signo de la brutalidad americana”
(169). Tres días antes de su
asesinato, MLK había preparado
un discurso llamado “Por qué
America se puede ir al infierno” (170).
Pero la desmemoria histórica
es un instrumento de gran utilidad.
“En 1969 los Panteras Negras solían
leer en público algunos fragmentos
de la declaración de independencia.
Y eso molestaba a la gente. Yo escuché
a Huey Newton leer esto cuando salió
de prisión. La gente decía,
‘¿Qué doctrina revolucionaria
nos está leyendo ahora?’ Era
la Declaración de Independencia
de Jefferson” (173).
Refiriéndose al jazz, el blues
y el hip-hop como formas de expresión,
escape y reivindicación de las
clases negras oprimidas, hoy adoptados
mundialmente, West entiende que “ninguna
otra clase social en Estados Unidos
puede considerarse creadora de la más
importante fuerza cultural en el planeta”
(179). Lo cual es erróneo si
consideramos que, precisamente Hollywood
y otras industrias culturales, diseñadas
para consolidar la supremacía
que se critica, la supremacía
imperial, ha sido de hecho la fuerza
cultural más importante del mundo,
creado por la clase dominante norteamericana.
Con respecto a las Américas
del Sur, West recuerda por donde va
que “Estados Unidos ha intervenido militarmente
en América latina más
de cien veces en los últimos
162 años. Es muy difícil
para un gobierno luchar contra el terrorismo
con la democracia, cuando ha institucionalizado
políticas militaristas que con
frecuencia han apoyado regimenes antidemocráticos
cuando no ha derribado regimenes democráticos.
La ‘seguridad nacional’ se ha vuelto
más que un término elástico.
Ahora justifica la agresión imperial
estadounidense e invasiones preventivas
y guerras en nombre de la democracia.
Pero la tiranía nunca puede ser
promovida como democracia” (179).
Otros aforismos breves, simples, anotaciones
al margen acompañan el último
libro de West que alude al título
y a la muletilla más conocida
de uno de los amigos del autor, el presidente
Barack Obama (The Audacity of Hope,
2006/La audacia de la esperanza). Pero
cuando habla, West no es condescendiente
con su “hermano” Obama. Todo lo contrario.
Pocos días atrás, en la
capilla de Lincoln University definió
el problema de una forma simple: no
hay que mirar si hay un negro en la
cúpula sino cuantos negros hay
todavía en el sótano.
Quizás los académicos
se aburran leyendo frases como “solo
más democracia puede mejorar
la suerte de las victimas de la democracia
americana”.
Pero el West oral es bastante más
persuasivo que el West escrito, lo que
ya es demasiado. Cierta vez, en una
mesa redonda sobre Setiembre 11, Bill
Maher le preguntó si creía
en las teorías de la conspiración.
West respondió con un estilo
que refleja su filosa inteligencia:
“No. Yo sé que el mundo es un
lugar misterioso. Sé que suelen
tomarse decisiones en secreto. Pero
no creo en ninguna conspiración”.
Cuando un estudiante le preguntó
por qué enseñaba en la
elitista Princeton University, Cornel
West confirmó: todos podemos
hacer algo desde cualquier lugar donde
estemos. Sin duda, esa voz se escucha
más fuerte desde Princeton. Por
lo menos para las masas, se escucha
más fuerte que valiente y también
lúcida voz de Frantz Fanon, por
un tiempo apagada entre el polvo de
Argelia, reverberando como un susurro
entre los anaqueles de las faraónicas
bibliotecas norteamericanas.
Jorge Majfud, PhD
http://majfud.info
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